Un país a dos velocidades

Francisco Pomares
España va mejor que nunca -nos dice Sánchez- cuando lo que ha ocurrido es que se ha creado una España de dos velocidades. La España de los ricos, los negocios, los privilegios de oro macizo, que dispara sus beneficios estratosféricamente, como nunca jamás había ocurrido antes; y la España de la pobreza severa, los sin techo, los jóvenes sin futuro, los ancianos abandonados a su suerte y la dificultad de millones de ciudadanos para vivir con dignidad. El problema de este país y sus regiones no está en lo que crece, sino en a quién beneficia ese crecimiento. Porque lo que se consolida no es una nación más próspera, sino una partida en dos, separada por una brecha cada día más amplia y profunda, una España de ricos y pobres.
Avanza la España que vuela, la de los balances empresariales, los grandes negocios, los beneficios récord y la euforia bursátil. El año 2025 ha sido extraordinario para los mercados financieros. El IBEX 35 ha liderado las bolsas europeas con una revalorización histórica, situándose entre los índices más rentables del mundo desarrollado. La banca ha actuado como auténtico motor de este rally, los dos grandes bancos españoles, BBVA y Banco Santander, han más que duplicado el valor de sus acciones en un solo ejercicio, según los datos de cierre de 2025: beneficios históricos, márgenes disparados gracias a los tipos de interés, morosidad contenida y una confianza casi ciega de los mercados. Es la España que accede al capital, que convierte cada coyuntura en oportunidad y que celebra un crecimiento que no recuerda precedentes recientes. Es la España de los grandes accionistas, los fondos de inversión, los altos ejecutivos y esa parte del tejido empresarial que ha sabido surfear la inflación y la incertidumbre. Es la España que sale reforzada de las crisis, la que siempre encuentra red, colchón o atajo. La España que gana, la que accede al capital, la que aprovecha el gasto público y los fondos europeos para afianzar patrimonios y fortunas.
Frente a ella, crece sin remedio su reverso oscuro, otra España que no aparece en las celebraciones oficiales y las ruedas de prensa de un presidente obsesionado por una visión distorsionada del éxito. Es la España que refleja la encuesta de condiciones de vida del INI, una nación desesperada de más de doce millones de personas que se mantienen desde hace años en riesgo de pobreza severa o exclusión social. Son más que el año 2024, aunque esa realidad quiera ocultarse con datos de la tasa Arope, que apenas se ha reducido unas décimas. Su levísima mejoría no alcanza a quienes viven en situaciones extremas, cuya pobreza se cronifica. La Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social advierte de millones de personas atrapadas durante años en ingresos insuficientes, sin posibilidades de salir adelante, incapaces de calentar sus casas, afrontar un imprevisto o pagarse un sitio en el que vivir. Es la España de los sin techo, cada vez más visibles, la de decenas de miles de jóvenes que trabajan, pero no pueden emanciparse, la de mayores y familias que viven al día.
El contraste entre ambas no es solo económico. Es también moral y político. Mientras una parte del país celebra beneficios históricos, otra permanece estancada o retrocede. Y esa divergencia no es neutral ni inevitable, sino el resultado de decisiones políticas concretas y de prioridades muy claras. Porque crecer no basta. Importa cómo se reparte ese crecimiento. Y ahí es donde el relato oficial chirria. Un Gobierno que se define como progresista debería medir su éxito no por el PIB o el comportamiento de la bolsa, sino por su capacidad para reducir la brecha social. Su misión no es presumir de que los ricos sean ahora más ricos, sino evitar que los pobres queden definitivamente atrás. No es amplificar las diferencias, sino amortiguarlas.
Sin embargo, lo que estamos viendo es justo lo contrario. Bajo un discurso impostado sobre la justicia social y protección al vulnerable, la distancia entre quienes tienen y quienes no tienen se ensancha, y la España que gana lo hace cada vez más rápido. Dos velocidades, dos países superpuestos, dos realidades que conviven sin tocarse.
El Gobierno puede seguir repitiendo que este país va mejor que nunca. Puede seguir señalando gráficos ascendentes y récords históricos. Pero mientras millones de ciudadanos no puedan vivir con dignidad, mientras la pobreza severa se normalice y la precariedad se herede, ese relato será incompleto y falso. Un Gobierno de izquierdas no debería celebrar complacientemente que los ricos sean más ricos, sino evitar que millones de ciudadanos cada vez más pobres sigan retrocediendo. Porque la misión de un gobierno progresista no es gobernar para ampliar la brecha social, sino hacerlo para reducirla.
Este Gobierno no solo no lo ha conseguido, sino que aplaude su evidente fracaso. Sánchez preside, con un discurso triunfalista de fondo, la consolidación de una España de dos velocidades, cada día más separadas, cada día más difíciles de reconciliar.