Miércoles, 01 Abril 2026
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Francisco Pomares

 

La Iglesia Católica es, probablemente, la más exitosa de todas las instituciones religiosas en lo que se refiere a su capacidad de adaptación al entorno. Su vocación universal le ha permitido a lo largo de los siglos adoptar como propios mecanismos, tradiciones o principios de cualquier cultura. En su inmensa sabiduría, la Iglesia ha logrado sobrevivir a crisis y vicisitudes no solo por su capacidad de acercarse al espíritu de los tiempos, sino también por su proverbial habilidad para no perder nunca de vista el bolsillo.

 

Es maestra en el arte delicado de conjugar lo eterno con lo contable. Porque —aunque nadie dijo nunca que no se puedan mezclar— una cosa son los asuntos del alma… y otra, bastante distinta, las cosas del dinero.

 

No se trata de un reproche, sino de una constatación histórica. Desde las bulas hasta las indulgencias, desde el diezmo hasta las colectas, la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los siglos un sofisticado sistema de recaudación que le ha permitido sostener templos, pagar a los obispos, mandar misioneros… y también sostener su propio poder. Nada particularmente escandaloso si se asume que cualquier organización —por espiritual que sea— necesita recursos materiales para existir.

 

Lo que sí resulta, como mínimo, interesante es la evolución reciente de esa tradición: hemos pasado de financiar la salvación del alma… a, aparentemente, financiar la proximidad al pontífice. Siempre, eso sí, para quienes pueden permitírselo.

 

La noticia de que la Conferencia Episcopal ha elaborado un dossier para captar financiación empresarial con motivo de la próxima visita del Papa a España —con parada en Canarias— no tendría nada de extraordinario si no fuera por un detalle: la estructura de aportaciones y sus correspondientes contraprestaciones. Desde mil euros para ser considerado ‘amigo’ de la Iglesia, hasta un millón para convertirse en ‘gran benefactor’. Y, en ese último escalón, la posibilidad de un encuentro con el Papa.

 

Uno entiende que haya patrocinadores, donantes, incluso categorías. Es el lenguaje habitual de los grandes eventos contemporáneos. Pero cuando ese lenguaje se traslada sin matices al ámbito religioso —y, más concretamente, a la figura del Papa— lo que emerge es una imagen difícil de encajar: la de que el acceso a la máxima autoridad espiritual puede organizarse, al menos en parte, bajo una lógica de mercado.

 

Una lógica en la que la cercanía no depende de la fe, ni del compromiso, ni siquiera de la relevancia institucional… sino de la cuantía de la aportación.b

 

Habrá quien matice que ese encuentro es apenas protocolario, una foto, un gesto simbólico sin mayor trascendencia. Puede ser. Pero incluso en ese caso, la propia formulación del sistema —la asociación explícita entre aportación y acceso— introduce una incomodidad difícil de disipar.

 

Porque la Iglesia no es una fundación cultural ni un festival de música. O no debería parecerlo.

 

La Iglesia ha dedicado siglos a construir una autoridad basada en la universalidad, en la idea de que todos los fieles son iguales ante Dios, en la noción de que lo espiritual no puede medirse en términos materiales. Y, sin embargo, propuestas como esta corren el riesgo de dinamitar ese relato, introduciendo una jerarquía implícita basada en algo mucho más prosaico: la capacidad de pago.

 

Es verdad que no estamos ante la venta de indulgencias. Nadie está comprando la salvación del alma ni el perdón de los pecados. Pero la analogía, aunque imperfecta, resulta inevitable. En ambos casos aparece la misma tensión de fondo: la dificultad de separar completamente lo espiritual de lo económico. Y esa es una frontera especialmente delicada para una institución que ha hecho de esa separación uno de los pilares de su legitimidad.

 

La cuestión no es si la Iglesia debe financiarse —que debe— ni si puede recurrir a la colaboración privada —que puede—, sino cómo lo hace, qué lenguaje utiliza y qué imagen proyecta. Porque, en el mundo actual, no solo importa la intención con la que se hacen las cosas, sino también su apariencia.

 

A ver: no soy quien para dar consejos a la Iglesia Católica. Es, al fin y al cabo, un club privado con millones de socios en todo el mundo, y quienes no formamos parte de él haríamos bien en no inmiscuirnos en sus decisiones. Pero este modelo tiene un origen bastante reconocible. No viene de Roma, ni de la tradición europea, sino de las campañas de recaudación electoral en Estados Unidos. Allí es perfectamente normal pagar por asistir a una cena con un candidato, por sentarse cerca de él o por acceder a un encuentro más reducido.

 

Trasladar ese esquema al ámbito religioso —y hacerlo, precisamente, en torno a la figura del Papa— introduce un cambio de registro que no es menor: el pontífice deja de ser solo el líder espiritual de millones de fieles para convertirse, en la percepción pública, en algo más parecido a un dirigente global cuyo acceso puede gestionarse como un activo. Casi como si fuera un influencer.

 

Y entonces la ironía se vuelve inevitable: uno no puede evitar preguntarse en qué momento hemos pasado de las homilías a los patrocinios, de la liturgia a la segmentación por niveles de aportación, de la comunidad de fieles a la cartera de clientes.

 

Quizá la clave esté en el propio perfil del Papa León. Quizá, como dice la canción, estamos ante un “papa americano”. Y entonces ya no hay bula que valga.


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