Un periodista de guerrilla

Por Guillermo Uruñuela
Hace dos décadas, sin saber muy bien qué hacer con mi vida, decidí matricularme en Ciencias de la Información principalmente por tres motivos. El primero de ellos, porque en esa visión idealizada del mundo, quería viajar por esos lugares que no aparecen en las guías de viaje. Y pensaba que el periodismo me podía ayudar a cumplir ese sueño juvenil. Este deseo inocente se entremezclaba con el segundo. La zona de confort nunca me ha generado confort. Diría que todo lo contrario. Por eso, basado en ese espíritu aventurero, quería cubrir conflictos bélicos para meterme en sitios que otros no querían ni imaginar. El tercero, era mucho más cercano. Antes de comenzar la facultad, me gustaba escribir; sin más.
Por todo ello empecé la carrera y la terminé, transitando un largo sendero que tenía poco de proeza y mucho formalismo intrascendente. Pero había que llegar al final del camino ya una vez metidos en faena.
Fueron pasando los años y diría que esos tres motivos que me llevaron hasta aquellas aulas se fueron diluyendo hasta casi desaparecer. Llegaron los hijos y las cargas familiares y las guerras con las que soñaba de adolescente se convirtieron en una guerrilla de trincheras con cierto aroma a Apiretal. Los viajes se quedaron en un cajón, difíciles de encajar en la logística de una familia numerosa. El acto de escribir en sí es mínimamente algo que me queda. Incluso éste, que aparentemente era un objetivo más fácil de abordar, se está esfumando porque en mi día a día hago mucho de casi todo y poco de lo que me gustaría; sentarme ante un folio en blanco para contar una historia. En los medios no hay tiempo para la elaboración pausada de un texto porque la actualidad y la velocidad de las redes nos han comido a los profesionales de la información y la palabra. Además, nos guste más o menos, la gente no lee, con lo que es más rentable para mi empresa que haga un vídeo para subir en TikTok que dedique mi tiempo en redactar unas palabras. Los medios de comunicación saben que el vídeo viral lo verán cientos de miles de personas mientras que el artículo, en el mejor de los casos, sólo unos pocos atrevidos. De hecho, me ocurre frecuentemente que la gente me reconoce por salir en la tele o por aparecer en un vídeo de Instagram o Youtube. Pero pocos me han parado para decirme: “Oye, tú eres el que escribes artículos en el periódico”.
Supongo que a muchos de ustedes les habrá pasado lo mismo en sus respectivos campos. Y también sostengo que quizá sea el recorrido habitual en el proceso de madurez.
Sin embargo, pese a todo ello, aún permanece en mí algo de aquel joven universitario que como el maestro Sabina no quiere domingos por la tarde con recibos y escena del sofá. Y creo que esa es la clave para seguir adelante, porque en la rutina diaria cada uno de nosotros podemos buscar nuestras propias aventuras y vivirlas con cierto entusiasmo.