Un pueblo de película
Por Alex Solar
En 1989 el director español José Luis Cuerda rodó en la Sierra de Molina de Segura, Albacete, una película que es una “rara avis” por su surrealismo absurdo con fondo rural. “Amanece que no es poco” se ha convertido con el tiempo en una obra cinematográfica de culto y así parecen haberlo entendido los habitantes de Molinicos, una de las localidades donde tuvieron lugar las escenas en las que aparecían actores tan populares como Sazatornil, “Saza”, que hacía de esperpéntico guardia civil con tricornio y pistola en mano, Antonio Resines, Luis Ciges, Manuel Alexandre y el actor cómico Cassen, entre muchas otras caras muy conocidas de la pantalla patria.
Tuve la fortuna de ser invitado, este fin de agosto pasado, por unos amigos que pasan vacaciones en su pueblo de origen, que es precisamente este Molinicos. Un lugar recóndito, aislado del mundanal ruido excepto por el bullicio de las fiestas del verano que nunca faltan y los encierros taurinos. Según las estadísticas demográficas, 863 vecinos repartidos en 16 villorrios viven en este bucólico paraje de Castilla La Mancha y que abarca un parque natural , Calares del Río Mundo y de la Sierra. El nombre de Molinicos le viene de los molinos harineros del pasado que bordeaban arroyos como el Morote, antiguo nombre de esta aldea. En la actualidad, la actividad agrícola ha sido desplazada por el sector de servicios y se comienzan a advertir brotes de un turismo nacional y extranjero en busca de parajes naturales y vestigios culturales arqueológicos, atalayas y castillos. Por supuesto, el rodaje de la famosa película es un atractivo más y se recuerda a cada paso, en murales y paneles en las callejuelas estrechas, con sus escaleras imposibles, donde solo trepan ágilmente los hermosos gatos de campo que las pueblan.

En Molinicos las puertas de todas las casas están abiertas y algunas con la llave puesta ostensiblemente en la cerradura de la puerta principal. No muy lejos, en otro pueblo castellano, nuestro anfitrión dejó olvidado su bolso de mano en el respaldo de su silla, en una terraza donde paramos a cenar higadillos y patatas bravas. Cuando regresamos, al cabo de una hora, allí seguía intacto.
Paseando por Molinicos nos cruzamos con los típicos ancianos de la España profunda, con sus boinas y ropas raídas, bolsa o morral al hombro con algunas hortalizas y hierbas para amenizar una dieta que adivinamos bien escasa. Nos saludaban amablemente, como si nos conocieran de toda la vida y hasta se detenían para entablar una breve y amigable conversación, algo ininteligible, eso sí. El pueblo se va quedando vacío y hay que aprovechar la compañía de los viajeros, parecen decirnos.
La experiencia de visitar estos lugares donde el tiempo parece desaparecer como en las ecuaciones de los físicos cosmológicos, resulta gratificante, deliciosa, para los urbanitas que han olvidado lo que significa estar en contacto no solo con la naturaleza física, sino con la humana más sencilla y “buen salvaje”, que diría Rousseau. Caminando entre senderos junto al sonoro y cristalino río recordé una película de la misma época de la de Cuerda, Los sueños de AkiraKurosawa. En uno de sus episodios, un forastero, mochila a la espalda, llega a la Aldea de los Molinos de Agua, un lugar de ensueño donde un viejo centenario le cuenta que viven felices con lo poco que tienen y que allí hasta la muerte es una fiesta donde se celebra el milagro de la vida. Molinicos es , todavía, un lugar incontaminado como esa aldea japonesa de ficción, aunque me temo que le queda poco tiempo para perder esa maravillosa y pura inocencia que hizo que un tipo loco y genial la plasmara en celuloide.