Domingo, 03 May 2026
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Francisco Pomares

  • Lancelot Digital

Hace ya una década, el filósofo Byung-Chul Han publicó La sociedad de la transparencia’ un librito en el que el autor comenzó a desarrollar sus ideas sobre sobre el cansancio autoprovocado y la transparencia como mecanismo de control. Recuerdo haberlo leído con fascinación: aún no había explotado la cultura de la exposición constante y el ‘todo visible’ que nos ha traído la masificación de las redes. Han centra su opúsculo en la obsesión contemporánea por la transparencia. Sostiene que no es un valor inocente ni positivo, sino un mecanismo de control. Cree que vivimos en una sociedad que exige que todo sea visible, accesible y expuesto: la política, la economía, las instituciones… pero también la vida privada. Todo debe mostrarse, compartirse, hacerse público. Sin embargo, esa transparencia no genera más verdad ni libertad. Al contrario, elimina espacios esenciales como la intimidad, la distancia y el secreto, y con ellos, desaparecen también la complejidad y la confianza. Han liga la transparencia a la lógica del rendimiento, una de sus grandes obsesiones:

lo que no se muestra, no existe, lo que no se expone, no cuenta. Eso nos hace exhibirnos constantemente, convirtiendo la vida en un escaparate permanente. La comunicación altera su sentido para volverse inmediata, superficial y cuantificable. La transparencia elimina lo negativo: lo ambiguo, lo oculto o contradictorio. Todo debe ser claro, rápido, digerible por las mayorías, aceptable y comprensible. Pero esa simplificación empobrece la realidad y destruye el pensamiento crítico. El resultado es una sociedad visual e hiperinformada, pero más controlada, menos libre.

Reconozco que me apabulló la contundente clarividencia con la que aquél hombre adelantó una hipótesis que luego se ha convertido en norma. Recuerdo que me prometí conocer mejor la obra de Han, pero yo soy un lector desordenado. Y no me quejo: creo que ese desorden me resulta útil para entender mejor el mundo. La cosa es que cuando Han publicó un par de años después ‘La sociedad del cansancio’, quizá su texto más importante, se me pasó leerlo.

El miércoles pasado, haciendo tiempo para una cita, recalé en la librería de viejo del mercado, y el librero lo estaba leyendo. Le comenté más o menos lo mismo que ahora les he contado a ustedes, y él me respondió que fuera a mi reunión y al salir pasara de vuelta, que ya lo habría acabado. Le creí. La verdad, es que es un libro muy pequeño, y eso hice, volví por la librería, lo compré y me lo metí en el bolsillo. Empecé a leerlo esa noche al llegar a casa y me encontré con un breve ensayo filosófico en el que el coreano analiza cómo ha cambiado la forma en que el poder actúa sobre los individuos en la sociedad contemporánea. Su tesis es que hemos pasado de una sociedad disciplinaria, basada en la prohibición, el control y la obediencia- a una sociedad del rendimiento, basada en la autoexigencia y la aparente libertad. En el modelo previo, el individuo era explotado por otros: el patrón, la autoridad, o el sistema. Ahora el individuo se explota a sí mismo. Ya no hay un “no puedes”, sino un constante “tú puedes”, que se convierte en obligación. Esa positividad -la idea de que todo es posible si uno se esfuerza- termina siendo una presión permanente. El resultado de este cambio es la aparición de nuevas patologías. La sociedad generaba antes enfermedades inmunológicas (relacionadas con el conflicto entre lo propio y lo ajeno), y ahora produce enfermedades psíquicas y neuronales: depresión, ansiedad, déficit de atención, achicharramiento…

Han sostiene que el sujeto moderno vive saturado de sí mismo. Se exige constantemente ser productivo, eficiente, exitoso en todos los ámbitos: trabajo, relaciones, cuerpo, ocio. Esta hiperactividad no genera realización, sino agotamiento. El individuo ya no es reprimido, sino que vive agotado. Aun así, el individuo cree que es libre, pero en realidad está sometido a una presión interior más eficaz que cualquier control externo, es “amo y esclavo al mismo tiempo”. Han critica la desaparición del “otro” como elemento de resistencia, y que en la sociedad actual, dominada por la positividad y la uniformidad, se pierde la confrontación real, lo que debilita nuestra capacidad crítica. Todo tiende a volverse homogéneo, transparente y previsible. La receta de Han para resolver ese cansancio vital es recuperar el descanso real, el aburrimiento, la contemplación y una forma de vida menos orientada al rendimiento.

Me quedé dormido en la página 97 de 118 y por la mañana volví a meterme el libro en el bolsillo y me fui a la radio. Daswani me preguntó en directo por el libro, que seguía ojeando cuando empezó la tertulia, y en un par de minutos expliqué torpemente a los oyentes lo que ya había leído.

Antes de salir de la radio ya estaba recibiendo mensajes uno tras otro. Les cuento esto sorprendido, porque nunca antes de este jueves tanta gente me ha preguntado por algo que haya dicho en público. Y me ha hecho pensar. Supongo que Han tiene razón y es verdad que estamos todos muy cansados de producir con furia y pensar y sentir al unísono lo que se espera que sintamos, porque es lo correcto. Quizá nos haga falta parar en seco y volver a pensar y a pensarnos. Regalarnos un poco de descanso. O un poco de filosofía. O incluso ambas cosas.


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