Jueves, 29 Enero 2026
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Francisco Pomares

 

La visita de María Corina Machado a la Casa Blanca ha sido, antes que cualquier otra cosa, la escenificación del desprecio con el que el matón -antes amigo americano– puede tratar a la gente. Nada de alfombras ni honores con uniformes emplumados: acceso lateral a la casa del poder, identificación con pasaporte en la garita de entrada, trato de mindundi a una mujer valiente y ejemplar. Un recibimiento burocrático, frío, vejatorio, impropio de ser aplicado a una persona galardonada con el Premio Nobel, y líder de una coalición opositora que ganó unas elecciones reconocidas por la comunidad internacional. Hay gestos que explican mejor que mil discursos la naturaleza del poder, y humillaciones tan cuidadosamente diseñadas que revelan, con una crudeza salvaje, cómo entiende las relaciones humanas y políticas quien hoy manda en el mundo.

En este caso, la humillación en la puerta de acceso incorpora un mensaje inequívoco, netamente trumpiano: aquí no vienes como igual; vienes a pedir. Frente a la humillación previa, la respuesta de Machado fue de una elegancia poco frecuente hoy en el mundo de la política. Entregar la medalla del Nobel a Trump, un tipo que ha mostrado reiteradamente su resentimiento por no haberla recibido, es un gesto que nos habla tanto de la generosidad de Maria Corina como del carácter de Trumo, alguien capaz de sentirse satisfecho tras apropiarse simbólicamente de un reconocimiento ajeno, sin sentir el mínimo pudor, convencido de que todo lo que brilla debe acabar en sus manos.

Trump aceptó el obsequio encantado. Lo celebró en su red social, pero omitió cuidadosamente cualquier referencia al contenido político de la conversación. Ni transición, ni liderazgo opositor, ni legitimidad democrática. Un silencio atronador que contrasta con los elogios, apenas horas antes, a Delcy Rodríguez, heredera funcional del chavismo. A ella la llamó “fantástica”. A Machado, “agradable”. En el lenguaje tabernario del actual Potus, la diferencia es abismal.

El contraste entre ambas actitudes —la elegancia contenida de quien se juega el futuro de su país y la zafiedad satisfecha de quien colecciona trofeos— sirve como arranque para entender el fondo del asunto. Porque el contraste no es solo moral o estético, es político, estratégico y profundamente inquietante. Trump no disimula -nunca lo ha hecho- que su concepto el mundo es estrictamente transaccional. Democracia, derechos humanos, legalidad internacional: todo eso es decorado. Lo que importa son los dólares, los recursos, el control y la capacidad de imponer condiciones. Venezuela, para Trump, no es un país sometido a una dictadura, una sociedad devastada por años de corrupción. Venezuela es un yacimiento, un pozo de petróleo mal gestionado que algún capataz dócil debe poner a producir en condiciones favorables para Estados Unidos. Si para eso hay que blanquear a los herederos del chavismo, se hace. Y si hay que despreciar a la oposición democrática, se hace también. El Nobel de Machado no es, en ese esquema, un símbolo de legitimidad moral, sino otra moneda de cambio, algo más que añadir a la negociación.

La escena de la medalla remite, por contraste, a la explicación histórica que la propia Machado ofreció para justificar su gesto: la medalla que el marqués de Gilbert du Motier, marqués de Lafayette entregó a Simón Bolívar, con el rostro de George Washington, como símbolo de hermandad entre los pueblos que luchan contra la tiranía. Aquella medalla representaba una alianza de principios. La de hoy representa, más bien, una asimetría obscena: la súplica del débil y la suficiencia del fuerte.

No es casual que este absurdo episodio coincida con otra obsesión trumpiana, como su reiterada pretensión de “controlar” Groenlandia. No hay en ello una lógica de seguridad -la isla ya está integrada en el sistema defensivo atlántico-, sino una pulsión decimonónica: que el territorio aporta recursos, y el poder implica posesión. Es la geopolítica del siglo XIX aplicada al XX por los complejos de Trump. La misma lógica que convierte a Venezuela en parte del negocio y a sus gobernantes de facto en interlocutores válidos si garantizan el suministro.

Desde esa perspectiva, la humillación a María Corina Machado no es un accidente ni un exceso de carácter. Es para coherencia: Trump desprecia a quienes representan valores abstractos y respeta -o finge respetar- a quienes controlan o poseen cosas tangibles: petróleo, tierras raras, rutas estratégicas. Delcy Rodríguez administra petróleo; Machado esperanza. Y la esperanza no cotiza en los mercados.

La escena final, con los seguidores de Corina en la plaza Lafayette, ondeando banderas y coreando consignas, añade una nota trágica al conjunto. Mientras ella promete que “contamos con el presidente para la libertad de Venezuela”, la Casa Blanca se encarga de enfriar cualquier expectativa. La portavoz presidencial habla de “valoraciones realistas”, de cooperación con el gobierno interino, de ausencia de calendarios. Traducido: no esperen milagros, ni justicia, ni coherencia.

La medalla, al final, queda como símbolo perfecto de esta historia, es un objeto noble en las manos equivocadas, un gesto de dignidad ofrecido a quien no valora lo que ese gesto representa.

 


PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
×