Viernes, 13 Marzo 2026
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 Paco Pomares

Francisco Pomares

 

Un sondeo realizado por Coalición Canaria y que se ha difundido estos días en medios políticos, asegura que Vox podría alcanzar una representación igual o incluso superior a los ocho diputados en el Parlamento de Canarias. La preocupación en el ámbito nacionalista se ha disparado: si el Partido Popular pierde parte de su actual representación -algo bastante probable si Vox continúa rascando el espacio electoral de la derecha- la suma de Coalición, el PP y los de Curbelo. corre el riesgo de ser insuficiente para formar gobierno. En un Parlamento tan fragmentado como el canario, unos pocos escaños pueden decidirlo todo.

 

Durante años se ha repetido una explicación cómoda para interpretar la aparición de Vox en el panorama político español: la idea de que se trata simplemente de la versión derechista de fenómenos como Podemos o Ciudadanos, partidos surgidos al calor del malestar ciudadano que irrumpieron con fuerza, sacudieron el sistema político durante algunos años y acabaron diluyéndose. La comparación puede ser tranquilizadora para los partidos tradicionales. Aunque se trate de un diagnóstico erróneo.

 

Ni Vox es Podemos, ni su evolución se parece demasiado a la de Ciudadanos. Ambos fueron fenómenos vinculados a la crisis económica de 2008, el descrédito de las instituciones y el agotamiento del bipartidismo. Podemos aspiraba a una transformación profunda del sistema desde la izquierda. Ciudadanos pretendía reformarlo desde el centro liberal. Ambos estaban impulsados por liderazgos fuertes -Iglesias y Rivera- y por una estrategia basada en el crecimiento rápido y el acceso al poder. Vox responde a una lógica distinta. Forma parte de un fenómeno internacional más complejo: la reacción política frente a la globalización, que se expresa en el trumpismo estadounidense, el lepenismo francés o los movimientos nacional-conservadores de Europa central. Su discurso combina populismo, nacionalismo identitario, proteccionismo económico y rechazo a los cambios culturales asociadas al mundo global. Vox no propone un cambio del sistema. No son fascistas, aunque si autoritarios, como demuestran las continuas pugas de su aparato. No son franquistas, aunque se han dejado penetrar por el discurso del franquismo nostálgico. Vox es una reacción frente a un orden político, económico y cultural que –consideran- ha dejado atrás a una parte de la sociedad. Esa es la clave de su crecimiento. Son un partido de gente enfadada y con ganas de revancha.

 

Podemos y Ciudadanos estaban impulsados por la urgencia del sorpasso. Iglesias aspiraba a superar al PSOE y Rivera soñaba con convertirse en el eje del centro político. Vox, en cambio, parece moverse con otra lógica. No están interesados en participar en gobiernos regionales ni en coaliciones subordinadas. Su estrategia consiste es consolidar una base electoral sólida y crecer. Son pacientes.

 

Podemos y Ciudadanos sufrieron una erosión rápida de su electorado tras sus primeros resultados. Vox mantiene niveles de fidelidad superiores al ochenta por ciento, los más altos del sistema político español. Su capacidad de captación de votos no se limita al espacio tradicional del PP: también atraen electores procedentes del PSOE, para desesperación de un sanchismo que los puso en el mapa para dañar al PP.

 

Las islas han sido históricamente un territorio poco propicio para la ultraderecha. Lo que ahora se denomina ‘el modo canario’ de hacer política –tendencia a la moderación y al entendimiento-, unida a la estructura política insular, la centralidad del nacionalismo moderado y la fragmentación territorial del sistema de partidos, han funcionado durante décadas como dique frente a la radicalización. Es una realidad que tiene antecedentes lejanos: en 1982 Canarias aguantó a UCD una legislatura más que el resto de las regiones, y cuatro años después el CDS de Suárez seguía teniendo un papel importante en la vida política isleña.

 

Sin embargo, algunos factores alteraran hoy ese equilibrio: la presión migratoria, especialmente visible en El Hierro, Lanzarote o Fuerteventura; el malestar creciente por el encarecimiento de la vivienda y el coste de la vida; o la percepción de que las instituciones no responden con eficacia, han creado un terreno fértil para discursos políticos más duros en materia de seguridad, inmigración o nativismo. Son cuestiones en las que Vox se maneja con comodidad y en las que los partidos tradicionales han tendido a mostrarse más ambiguos o cautelosos. Por eso, el crecimiento de Vox en Canarias no responde solo a la transferencia de votos desilusionados, también expresa el rechazo al sistema político y a cambios sociales y culturales que la ciudadanía observa con inquietud.

 

Para los partidos tradicionales, la cuestión ya no es si Vox crecerá o no, sino cómo adaptarse al nuevo escenario con Vox. En Canarias ese debate tiene que ver con la gobernabilidad. Si Vox se consolida en torno los ocho escaños, el equilibrio de fuerzas en Teobaldo Power cambiará de forma significativa. El bloque que hoy sostiene al Gobierno tendría dificultades para reeditarse. Los viejos equilibrios del juego de las sillas, con dos sillas y tres jugadores, empiezan a ser más complicados. Con cuatro jugadores y solo dos sillas pueden pasar cosas muy diferentes.


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