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Yo mimo a mi planeta

Usoa Ibarra

 

Sobre la mesa apiló las prendas más viejas del armario. Todos esos objetos inanimados le han durado más que muchas de sus parejas. Son prendas fetiche, producto del ahorro, pero han resultado ser dignas de su coste, no solo por su diseño, sino por su incuestionable calidad.

 

Prefiere que le digan que tiene su propio estilo vistiendo que cambiar constantemente de look comprando ropa de usar y tirar, franquiciada y sin alma. Tras un vistazo rápido, seleccionó un grupo de “viejas glorias” y cerró la maleta. Al aeropuerto le llevaron  un taxista y un taxi silenciosos. Utilizó su código QR para embarcar, porque en su casa hace tiempo que no gasta en papel, de hecho, no tiene impresora. En el avión piensa en las estelas cruzadas de muchos aviones sobre el cielo. Una condensación de  CO2 que los científicos reconocen que no saben cómo eliminar de la atmósfera, porque aún no se ha inventado la tecnología adecuada. Y es en ese preciso instante, mirando la forma caprichosa de unas nubes cargadas de toxicidad, cuando comprende que ante la falta de una solución global, los pequeños gestos individuales sí cuentan y tienen su impacto. Como si su clarividencia le hubiera convertido en un ser extra-sensible comienza a sentir malestar cuando la azafata le ofrece un palito de plástico para revolver el azúcar del  café. Lo rechaza. Esa sensación incómoda no desaparece al llegar a la recepción del hotel y observar la cantidad innecesaria de papel que se está consumiendo con un simple check in. “¿Me están dando una habitación o un préstamo?”, piensa.  

 

 

Tras la inspección de rigor, por primera vez, rechaza ponerse las zapatillas de un solo uso que antes tanta gracia le hacían, no desenvuelve  el cepillo de dientes del hotel, sino que saca  el suyo propio, y decide utilizar solo una toalla, dejando el resto metido en el armario. Con su nueva actitud “ecofriendly” se subió al metro a hora punta y no le importó la aglomeración, ni tener que hacer varios trasbordos que le parecieron más divertidos que desesperarse en un atasco o en una hilera de semáforos en rojo. Al ir a tomarse el aperitivo no malgastó servilletas, ni tiró la colilla a la alcantarilla de enfrente de la oficina. Esos pequeños gestos le reconfortaron. Al llegar de vuelta a casa no conectó la calefacción, sino como había visto hacer tantas veces  a sus abuelos, se puso la bata y unos buenos calcetines. No encendió todas las luces del salón para ver la televisión, y al beber agua se comprometió a comprar una jarra de cristal que además quedaba más elegante para las visitas. Al acostarse se sintió satisfecho de los cambios, que sabía que eran pequeños, pero que comprendió que  no serían  insignificantes para el futuro.

 

 

 

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