Miércoles, 29 Abril 2026
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Por Guillermo Uruñuela

 

 

 

Yo no acudo a las urnas cuando me lo piden fervientemente desde un atril o una pantalla. Nunca he votado ni creo que lo haga tal y como está confeccionado el sistema. Miento. Tengo que reconocer que una vez me dejé ver en una mesa electoral por aquello de experimentar qué se siente y también, por interés personal. Algo que seguramente, a mi juicio, roza la vergüenza.

 

No voto porque no quiero participar de un sistema de reparto que ni es justo ni sirve para nada. Las elecciones no representan este fin porque no eliges a nadie. Realmente son votaciones ya que sólo puedes entregarle tu confianza a una lista que alguien por ti eligió en base a unos criterios que desconoces. Los que se colocan ahí pueden haber llegado por enchufe, por amiguismo, por parentesco o por cualquier otro motivo éticamente discutible.

 

Rubén Gisbert hace una buena diferenciación entre abstencionista y “abstencionario”. El primero no participa porque se la trae floja la política y se queda en casa jugando a la Play en pijama; el segundo es consciente de lo que ocurre a su alrededor y se planta ante esta estafa edulcorada camuflada tras unos principios democráticos de libertad.

 

Algo que me planteo internamente es saber cómo se sentirá aquel que le haya confiado su voto al Partido de los Gatos Peludos. Éste ha afirmado que no pactará con Felinos Por la Libertad pero después le da la mano porque lo necesitan para formar gobierno. Supongo que se sentirán estúpidos y engañados a partes iguales. Y en esto de la política no se preocupen porque las ideologías no son más que un pretexto para buscar la confrontación social y hacer partícipe a toda la población. A esto lo llaman los cursis “el juego de la política”. Yo lo veo como el acto público más deshonesto que existe.

 

Luego están las promesas incumplidas. Te aseguran que el Estado proporcionará manzanas a todos si salen elegidos, pero llegado el momento, cargarán contra el Partido Perruno de Mingas Cortas porque les han dejado un escenario insalvable en el que poco pueden hacer. O dirán que el manzano es estéril o que la escasez de lluvia ha limitado su capacidad de recolección. El caso es que por una cosa o por otra te quedarás sin manzanas.

 

Todo ello sustentado en un sistema de recuento inexacto y poco justo que no representa lo votado. La participación otorga legitimidad a un gobierno; ese es el fin de todos los que participan del juego. Da igual que sean de la Extrema Perruna o Gatuna. Si se fijan, en campaña, sólo están preocupados de que usted acuda a las urnas. El voto en sí casi es lo de menos. Necesitan su aceptación de las reglas del juego para seguir existiendo.

 

 

Para más inri, los poderes no cuentan con independencia (legislativo, ejecutivo y judicial). Mientras no haya una división real de los mismos todo estará en cierta manera corrompido como explicó en su obra, con más profundidad y conocimiento, Montesquieu. No puede ser que yo haga la ley, yo la aplique y aquellos que me tienen que controlar, los he colocado en cierta manera también yo.

 

 

Han aparecido muchas corrientes de pensamiento que están poniendo en entredicho las reglas del juego y la población está empezando a hacerse preguntas; rompiendo con el conformismo instaurado. Lo triste es que siempre quedarán idealistas cegados que entregarán su confianza a los suyos porque siempre han sido de caninos o de felinos y otros tantos que directa o indirectamente se les puede considerar estómagos agradecidos que no van a renunciar tan fácil a su parte del pastel.


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