Sábado, 11 Julio 2026
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Fabio Carreiro consigue atrapar en su novela toda la esencia de la obra cumbre del literato canario construyendo una isla enclavada en el tiempo

Fabio Carreiro consigue atrapar en su novela toda la esencia de la obra cumbre del literato canario construyendo una isla enclavada en el tiempo

  • M.A.C
  • Jesús Betancort

 

Soledad, pertenencia y luminosidad, una luz tan poderosa que ciega. Que quema. ¿Podrían imaginarse ustedes a Agustín Espinosa…, sí, sí, el de Lancelot 28º - 7º, el reconocido escritor y poeta que marcó con su escritura las corrientes del surrealismo canario, lo imaginan comprando unas cervezas en la Mini tienda de la esquina regida por un vecino de la isla colombiano o tal vez chino? Fabio Carreiro Lago, sí. Lo ha imaginado y lo ha vertido sobre el papel en su última novela, ‘Regresar a Lancelot’, una obra sensorial en la que Lanzarote, sin pretenderlo, se convierte en una protagonista más.

El autor asegura que todo es ficción, pero aún así se filtran vivencias. Conversaciones, confesiones. Si algo ha querido este escritor, poeta y profesor es reflejar algunas de sus obsesiones desde que hace ocho años viniera a vivir a la isla. Ya llegó siendo un gran admirador de Espinosa, pero vivir aquí, pisar las calles que él ya había pisado, convirtió la admiración en algo más, en la necesidad de recrear su obra, de llevar al literato al siglo XXI y que pudiera contemplar a través de sus ojos la Lanzarote multicultural, queer, abierta y a la vez de puertas cerradas. Y es que lo que antes era una comunidad vecinal, ahora deja muchos espacios para la soledad individual. Estamos conectados 24 horas, pero estamos solos. "Llegué a Lanzarote hace ocho años para dar clase y aquí sigo. A Agustín Espinosa lo había leído en el bachillerato, como mucha gente, pero entonces no lo valoras igual que cuando vuelves a él con más experiencia. Cuando llegué a la isla lo releí y descubrí muchas cosas que no había visto en una primera lectura”, explica.

El lector se deja llevar de la mano de Fabio, también profesor como Espinosa, por esa isla llena de luz que a veces acoge y, en ocasiones, ciega. “El paisaje me obsesiona, tanto el exterior como el interior. También me preocupó mucho la luz, cómo afecta a las casas y a las personas. En Lanzarote hay una luz excesiva que a veces deslumbra y te deja expuesto. Creo que esa luminosidad refleja también la soledad del personaje, que es uno de los grandes temas de la novela junto a la pertenencia”, explica.

La obra trata también de ofrecer la posibilidad al lector de mirar las cosas de otra manera, de una forma distinta a cómo lo hace habitualmente. "La enseñanza me ha influido muchísimo. Los alumnos te obligan a mirar las cosas de otra manera y te enseñan mucho más de lo que parece. Si uno está atento, descubre historias, formas de ver el mundo y un sentido del humor que resulta muy enriquecedor”.

Un homenaje a la isla y a sus habitantes

Su día a día, la intrahistoria, los encuentros fortuitos con personajes como Félix Hormiga, sentado en el café de la Calle Real, dispuesto a narrar a su particular manera la vida a quién quisiera escucharlo, como Berto o como Aléxis, libreros por antonomasia de la capital, componen una obra diferente, que hipnotiza y te obliga a seguir leyendo para descubrir el desamor de su protagonista que carece de nombre. "Quería reflejar la realidad de la isla y rendir homenaje a personas que han sido importantes para mí. Félix fue una de ellas. Era una persona generosa, con una enorme capacidad para contar historias. También quise reconocer el trabajo de los libreros de Arrecife, que acercan la literatura al día a día de la isla”.

La novela elige la segunda persona para dirigirse al lector, algo muy poco habitual en literatura. "En realidad, ya mi editor me dijo que no era exactamente una novela, sino un libro muy cercano a la poesía. Es lógico, porque la poesía ha sido siempre el género en el que más he trabajado. La historia me importaba, pero me preocupaba especialmente la forma, el cuidado de las palabras y la estructura. No quería una narración convencional con principio, nudo y desenlace”, y añade. "Elegir la segunda persona fue arriesgado porque no es una voz habitual. Me interesaba porque me permitía tomar distancia como escritor y, al mismo tiempo, involucrar al lector en la experiencia de la novela”.

Su historia, que a la vez es la de Espinosa en otro plano temporal, cuenta una historia de amor o desamor que, a la vez es un relato de pertenencia, de la necesidad de pertenecer a algo o alguien. Es una historia de amor entre dos hombres, porque esa es una, entre otras muchas cosas, de las realidades que hubieran sido imposibles en la época del afamado literato y profesor. "La historia queer surgió, en parte, por el contexto en el que se presentó inicialmente la novela, pero también porque me parecía una forma de ampliar la mirada. Más allá de la relación sentimental, lo que me interesaba era hablar de la necesidad de pertenecer, de encontrar un lugar o una persona que te haga sentir parte de algo”.

Una y otra vez todo regresa a Lancelot. “Agustín Espinosa es la centralidad de la novela. Volví a releer Lancelot para escribirla y muchas de las historias dialogan directamente con esa obra. Intenté imaginar situaciones que pudieran resultar verosímiles para él y establecer un paralelismo con la historia de desamor que vive el personaje contemporáneo”.

Ante todo, ‘Regresar a Lancelot’ es una obra honesta, una mirada clara a nuestra realidad cotidiana y una carta de amor a una isla que, aunque pueda parecer áspera, acoge y enamora a quienes la habitan.


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