Viernes, 31 Julio 2026
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Ceuta como Canarias: las fronteras abandonadas

 

Otra vez. Otra crisis migratoria. Otra vez el Gobierno llega tarde. España vuelve a transmitir la imagen de un país incapaz de proteger una de sus fronteras más sensibles. Lo ocurrido en Ceuta no puede despacharse como un episodio migratorio más. Es un asalto masivo y coordinado a la frontera española. Pacífico, sí. Pero un asalto, al fin y al cabo. Pensar que cerca de 50.000 personas decidieron cruzar prácticamente al mismo tiempo por pura casualidad es pedir a los ciudadanos un ejercicio de ingenuidad difícil de aceptar.

Las imágenes de centenares de jóvenes siendo trasladados en camiones hasta las inmediaciones de la frontera alimentan aún más las dudas. Marruecos ha demostrado en numerosas ocasiones que, cuando quiere controlar los flujos migratorios, dispone de medios para hacerlo. Cuando deja de hacerlo, resulta inevitable preguntarse qué mensaje pretende enviar. No son pocos los que interpretan esta nueva avalancha como una demostración de fuerza de un país que nunca ha renunciado a reivindicar Ceuta y Melilla como propias. Puede que esa interpretación no pueda darse por probada, pero tampoco parece descabellado ignorarla.

Mientras tanto, el Gobierno español vuelve a reaccionar cuando los hechos ya le han desbordado. Ya ocurrió en Canarias, que ha soportado durante años una presión migratoria constante sin que el Estado ofreciera una respuesta estructural a la altura del desafío. Ahora le toca a Ceuta convertirse en el nuevo epicentro de una crisis que vuelve a poner de manifiesto la misma falta de previsión. Gobernar no consiste en correr detrás de los acontecimientos, sino en anticiparse a ellos.

Es evidente que detrás de esta crisis hay también un drama humano y que las mafias que trafican con personas siguen aprovechándose de la desesperación de miles de inmigrantes. Pero una política migratoria seria debe combinar humanidad con firmeza. España no puede acostumbrarse a vivir bajo la amenaza de que un país vecino abra o cierre el grifo migratorio en función de sus intereses políticos.

Ceuta no necesita palabras de tranquilidad. Necesita un Gobierno que defienda con determinación la soberanía nacional y recuerde que las fronteras de la ciudad autónoma son también las fronteras de España y de Europa. Porque cuando un Estado deja la impresión de que no controla sus fronteras, el mensaje que envía es tan peligroso como evidente: cualquiera puede ponerlas a prueba.


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