El agujero en el bolsillo

- Lancelot Digital
El pasado 1 de mayo los sindicatos volvieron a salir a la calle para reclamar, entre otras cuestiones, una mejora de los salarios. Y la reivindicación es legítima. Pero quizá el enfoque no está siendo del todo equilibrado.
Porque todos queremos ganar más —eso es indiscutible—, pero rara vez nos detenemos a analizar cuánto costamos realmente. Un trabajador que percibe 1.500 euros netos tiene una nómina de 2.500 euros brutos. La diferencia no es menor: unos 1.000 euros que no llegan al bolsillo del empleado.
¿Dónde van? A lo que se denomina “impuesto al trabajo”: IRPF y cotizaciones a la Seguridad Social. Es decir, a financiar los servicios públicos.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿están esos servicios a la altura del esfuerzo que se exige? Carreteras, sanidad, educación… ¿responden realmente a una aportación que ronda el 40% del coste laboral? ¿O existe una brecha entre lo que se paga y lo que se recibe?
Basta hacer una comparación sencilla. El coste de un seguro sanitario privado, por ejemplo, está muy lejos de esa cifra. Y, sin embargo, no vemos movilizaciones masivas para exigir una sanidad pública proporcional a lo que se aporta, ni una educación que compita en excelencia con ese nivel de financiación.
Quizá el problema no es solo cuánto se cobra, sino cuánto se pierde por el camino sin que apenas reparemos en ello. Porque esos 1.000 euros no son invisibles: son salario diferido, un enorme agujero en el bolsillo. Y mientras no pongamos el foco también ahí, seguiremos discutiendo solo una parte del problema.
Porque no es solo el salario, es lo que el sistema se queda antes de que llegue a tus manos.