El grave problema de las obras públicas en Lanzarote
Mal asunto que tanto el Cabildo de Lanzarote como el Ayuntamiento capitalino estén exigiendo en las últimas semanas al Gobierno canario que se concluyan los trabajos de la circunvalación de Arrecife “tal como estaban previstos”. Si vemos por experiencia lo que ha venido ocurriendo en esta isla, mucho nos tememos que la obra podría “acabar” sin terminar de rematarse. Si es que se logra que algún día se culmine… del todo. Lo último que se sabe es que al parecer, la financiación destinada a la ejecución de las obras complementarias de la misma no aparece por ningún lado en los presupuestos de 2015. No es sino un ejemplo más del grave problema al que se enfrentan desde hace mucho tiempo las infraestructuras públicas en Lanzarote.
La Revista Lancelot, en la edición impresa de noviembre que acaba de publicarse, hace un repaso precisamente a una docena de la larga lista de obras en esta isla cuya ejecución lleva eternizándose años y años, algunas de ellas desde hace más de una década (como se puede leer en el reportaje principal). Son muchas las causas que confluyen para que Lanzarote y sus habitantes suframos las consecuencias de esta parálisis que ya parece endémica. Una de las principales raíces de este retraso secular hay que buscarla en el uso político que se ha venido haciendo durante las dos últimas décadas no sólo de los diferentes planes de ordenación (instrumentos estratégicos de avance y desarrollo insular), sino también de las inversiones y proyectos de interés general para el conjunto de Lanzarote, que deberían haber estado por encima de intereses sectoriales, personales y partidarios. Un uso político dirigido a desgastar al adversario y además en muchas ocasiones hábilmente manipulado por parte de los sectores más ideologizados de la isla, al que también han sucumbido una gran mayoría del resto de la clase política, a muchos de cuyos representantes, salvo escasas y honrosas excepciones, por miedo a salirse del paraguas de pensamiento políticamente correcto, les ha resultado más fácil sumarse a la corriente supuestamente mayoritaria que atreverse, por miedo a la imagen social y a la pérdida de votos, a tomar decisiones de calado que podrían haber supuesto un gran beneficio para la isla de Lanzarote.
Pero en el caldo genuinamente conejero de las innumerables obras que se demoran sine die, hay otros ingredientes que han contribuido a que el tiempo se haya detenido en Lanzarote. Entre ellos, una clase política lanzaroteña que, a juzgar por los resultados, no sólo ha demostrado dejadez e incapacidad para sacar adelante con eficacia los temas de interés colectivo, sino que en general, a diferencia de otras islas, como La Palma o Fuerteventura, ha tenido poco peso específico en el ámbito regional canario, independientemente del partido al que se perteneciera, lo que se ha traducido en poca influencia y menos poder a la hora de influir en la toma de decisiones y en la consecución de financiación para la isla.
A esto hay que añadirle la lentitud proverbial de los trámites administrativos, excesivamente burocratizados y faltos de agilidad, que ya de por sí padecen como un mal propio en general todas las administraciones locales, que se complica en medio de una maraña complejísima de normativas, en muchos casos contrapuestas. Todo ello sin contar con otro elemento añadido: la imposibilidad de actuar en la práctica sobre muchas construcciones que están afectadas por todo tipo de figuras normativas de protección, tanto por parte de medio ambiente como de patrimonio, aderezado además por el excesivo celo y rigidez con el que muchas ocasiones han trabajado los propios técnicos a la hora de interpretar y aplicar dicha normativa. Si a este caldo, le añadimos la circunstancia de la grave crisis económica que lleva afectando a todas las instituciones desde el 2008, no es de extrañar que innumerables proyectos de la isla se hayan quedado de momento en entelequias, otros sin rematar y algunos hayan logrado ver la luz, eso sí, a duras penas y algunos después de casi 15 años. Y lo peor es constatar la actitud generalizada de apatía e indolencia en la que se sustenta toda esta parálisis, porque desgraciadamente parece imperar una mentalidad subyacente de que al fin y al cabo, “no pasa nada, ¿y qué más da?”.