El susto de Las Maretas
Al final todo quedó en un susto. Una parte del desdoblamiento de la circunvalación de Arrecife, después de tres años de trabajos y con casi el 80% del proyecto ejecutado, estuvo a punto de sufrir un parón en seco después de que un informe de Patrimonio obligara al Cabildo a suspender de forma cautelar las obras a su paso por la zona de Las Maretas.
Pero el mismo San Ginés evitó el desastre con los consecuentes y numerosos perjuicios que hubiera supuesto la interrupción, seguramente sine die, de una parte de las obras de la que es la mayor y prácticamente la única infraestructura viaria de envergadura que se está llevando a cabo en Lanzarote, sobre una de las principales arterias de circulación por la que pasan una media cercana a los 30.000 vehículos diarios. Los lanzaroteños, que ya necesitamos como el agua la finalización de estas obras, hubiéramos vuelto a asistir, entre indignados y resignados, a otro más de la larga lista de despropósitos sin sentido que lleva acumulados Lanzarote desde hace muchos años.
Prácticamente sobre la marcha, el presidente del Cabildo levantó la suspensión cautelar de las obras al entender que “no había razones” para paralizar los trabajos, en una decisión tan rápida como certera tomada con la ley en la mano y con todas las bendiciones legales, tras consultar con los servicios jurídicos de las tres administraciones implicadas en la ejecución del proyecto: el Cabildo, el Ayuntamiento de Arrecife y el Gobierno de Canarias. Mas allá de que algunas voces critiquen el primer decreto de paralización de las obras de Juan Antonio de la Hoz como responsable de Patrimonio, que a lo mejor se lo podía haber ahorrado y ahorrado los ciudadanos el cabreo, lo cierto es que ha sido positiva la decisión presidencial.
De modo que, en este sentido, según se desprende de lo explicado en rueda de prensa, “ni las obras están atentando” contra las acogidas de Las Maretas, ni éstas “están específicamente protegidas” por el vigente Catálogo de Patrimonio Histórico del Plan General de Arrecife, como recoge la jefa de Patrimonio en su informe (e incluso, en el catálogo que está en trámite, aunque sí se incluyen las acogidas, “se ponen una serie de condiciones por las que se establece la compatibilidad con el proyecto de la Circunvalación de Arrecife”), ni se invade “mayor espacio que el que fuera ya invadido hace décadas", cuando se ejecutó la citada carretera. En cualquier caso, no se hizo “nada distinto a lo que ya estaba validado y contemplado” en el proyecto. Un proyecto, y esto es lo que más llama la atención, que “es el mismo” que la propia Comisión Insular de Patrimonio aprobó en 2008, con el voto favorable de nueve miembros y solo dos en contra (uno de ellos de la actual jefa de Patrimonio).
Con todo esto, ¿qué razones llevaron a Patrimonio del Cabildo a emitir un informe conminando a paralizar un proyecto que el mismo departamento había dado por bueno? ¿Hasta tal extremo puede llegar el celo en proteger un bien (y hablamos de proteger por usar un eufemismo), como son Las Maretas, que de tanto empeño en no tocarlo se está cayendo a cachos desde hace 30 años que fueron abandonadas?
Quizás de ahí provenga la mala imagen de la que gozan ciertos organismos o entidades proteccionistas entre la opinión pública lanzaroteña, que ve, con más frecuencia de la deseable, actitudes demasiados rígidas e inflexibles, en ocasiones rozando la arbitrariedad, a la hora de defender la preservación de muchas zonas o inmuebles, con tal exceso conservacionista que lo que finalmente suele suceder es que los bienes que se empeñan en preservar terminan por convertirse en ruinas inservibles, cuando no en basureros improvisados, ofreciendo una lamentable estado de deterioro e imagen de dejadez.
Precisamente, hace ahora más de una década, hubo un intento fallido de poner en marcha una ambiciosa iniciativa que pretendía restaurar y transformar las maretas de Arrecife en un gran espacio de cultura y arte contemporáneo. El proyecto fue defendido por el entonces presidente de la primera corporación insular, Enrique Pérez Parrilla, y promovido por el artista lanzaroteño Juan Gopar, quien involucró en la idea a un equipo de reconocidos arquitectos canarios. De hecho, el proyecto hasta contaba con una partida cercana a los 30 millones de euros que iban a ser financiados por el Gobierno de Canarias, en aquel momento bajo la presidencia de Adán Martín. Desafortunadamente, las disputas internas y luchas de poder entre los mismos sectores de siempre dieron al traste con el que hubiera sido un proyecto de gran calado para esa zona de la periferia de Arrecife, que contemplaba infraestructuras y dotaciones como un Centro de Congresos, el Campus Universitario de Lanzarote o el Centro de Cultura Contemporánea de Lanzarote, entre otros sueños que nunca se cumplieron.
Tras muchos años de olvido, en estos días Las Maretas han vuelto a ser portada informativa tras la polémica en la que se han visto envueltas a causa de las obras de circunvalación de Arrecife. Y la actualidad nos ha devuelto a la triste de realidad: las antiguas maretas del Estado, inauguradas por Alfonso XIII y consideradas un prodigio de ingeniería hidráulica para la época, han terminando convirtiéndose en un erial abandonado a su suerte. Tan sólo una muestra más de la interminable lista de bienes que se empeñan en incluir en los catálogos de protección y que acaban deteriorándose irremisiblemente. Esto no es sino lo que muestra la evidencia del fracaso de Patrimonio a la hora de intervenir en la conservación de nuestra herencia arquitectónica colectiva… si es que todavía nos queda algo que merezca la pena conservar.