Jueves, 09 Abril 2026
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Querido amigo Pedro:

Me propongo escribirte y se como voy a terminar, pero no como comenzar. Se me alborotan los pensamientos, me ahogan los sentimientos. Cuantos recuerdos, cuanto amor, cuanta ternura, cuanta amistad fraternal, cuantos momentos inolvidables. Y es que, Pedro, sesenta años de amistad dan para mucho.

Todos los que tuvimos la enorme suerte de conocerte, te recordaremos como un hombre honrado, honesto, amigo de tus amigos y, fundamentalmente, bondadoso y bueno. Esa es la herencia que nos dejas. En estos días después de tu óbito, recuerdo constantemente una estrofa de aquella canción que tanto te gustaba y que tantas veces cantamos juntos, titulada “Fulgida Luna”, que decía “ni se me aparta del pensamiento, ni se me aleja del corazón” . Eso es lo que nos está pasando a todos los que te conocimos y disfrutamos.

Un aspecto que no quiero dejar pasar por alto de tu personalidad es tu particular sentido del humor. ¡¡Pedro, no le cuentes muchos chistes malos a tu tocayo San Pedro, que se puede enfadar!!. Una de tus principales virtudes y aficiones era hacer felices a los demás gastando bromas, siempre de buen gusto, y contando chistes. Siempre tenías una sonrisa asomada a tu rostro. ¡¡ Era una gozada encontrarse contigo!!. Cuanto te lo agradecían tus pacientes. A muchos ayudastes a sanar, mas que con medicamentos, con tu sonrisa adobada de un inmenso cariño.

Y que decirte Pedro de tu mujer, María Jesús y de tus hijos, Javier y María. No hay palabras. Como te quisieron, como te cuidaron, como te mimaron, como te curaron, como te ayudaron a morir dignamente en tu domicilio rodeado de amor y ternura. Yo, amigo Pedro, que como sabes fui testigo excepcional, te puedo decir sin temor a equivocarme y, tú lo sabes, que dentro de la desgracia que supuso padecer la cruel enfermedad que acabó con tu vida. tuvistes la enorme suerte de tener a tu lado a tres de los seres humanos mas buenos que he conocido en mi ya larga vida.

Y decía al principio que tenía claro como iba a terminar esta breve y deslabazada semblanza de mi entrañable amigo del alma Perico. A una hora escasa de su muerte, en su domicilio, la Tía Irene, a sus noventa y cuatro años, con una entereza y lucidez que me maravillaron, hizo en tres palabras la mejor descripción que podía oír de Pedro. Mirándome fijamente a los ojos y sin derramar una sola lágrima exclamó: “Pancho, ¡¡Pedro era todo corazón!!”. Eso era mi amigo, mas que amigo hermano, Pedro.

Pancho Perdomo


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