Miércoles, 06 May 2026
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La bruma fiel abraza sin recato a este otro Lanzarote lluvioso, rodeado de árboles frutales y de manantiales que recorren su pequeña geografía. Esta población pertenece al municipio de Valleseco en las medianías de Gran Canaria

 

  • Concha de Ganzo

 

Casi tocando la cumbre, a dos pasos de Artenara, y a cinco kilómetros de la Cruz de Tejeda, este Lanzarote duplicado resulta un mundo tan distinto al original que despierta la curiosidad. La mayor parte de sus residentes tampoco saben por qué alguien decidió ponerle este nombre. Hace tantos años que el tiempo ha logrado parte de estas huellas.

 

Envuelto entre brumas densas, rodeado de campos verdes, del agua que corre imparable por la lluvia prodigiosa, esta población sin rofe ni puertas y ventanas pintadas de verde pertenece al municipio de Valleseco en Gran Canaria.  Resulta un lugar tan distinto, tan alejado de la isla de Manrique, del Volcán de la Corona y de Timanfaya, que así de pronto parece que no tienen nada que ver. Ninguna vinculación lógica que dé algo de sentido a esta enorme casualidad.

 

Este Lanzarote de las medianías de Gran Canaria no se parece en casi nada al otro Lanzarote. Pero sí tienen una historia en común, la de aquellos pioneros, un grupo de conejeros que entre los años 1730 y 1736, cuando se produjeron las terribles erupciones volcánicas que acabaron por sepultar varios pueblos, decidieron emigrar y marcharse lejos. Y así,  como en una película del oeste, tal vez sin carromatos, ni caballos, apostaron por quedarse en este pueblo. Quizás al escuchar el nombre de Valleseco, municipio al que pertenece esta población, pensaron que un lugar como este, seco y sin agua, sería lo más parecido a su tierra de origen. Pero se equivocaron.

 

 

En realidad Valleseco, situado  entre dos profundos barrancos, el de Madrelagua al naciente y de la Virgen al poniente,  es la población que recoge más lluvias de toda Gran Canaria.

 

También se cuenta, como anécdota curiosa, que cuando le fueron a poner el nombre a esta población: Valleseco, una vez que esta localidad se había segregado de Teror, al que perteneció hasta la Constitución de Cádiz en 1812,  ese día en esta zona no llovía nada, y de ahí el curioso nombre, que tan poco lo define.

 

Este Lanzarote menos azul y luminoso que el otro es tierra de agricultores, de expertos en recaudar del campo los mejores frutales, con una variedad de paleta de colores. Hay naranjas, kiwis, manzanas reinetas, y sobre todo se dedican al cultivo de piñas de millo y de  papas. Dicen en este pueblo que al estar en altura estás papas están buenas para casi todo, sancochadas están sabrosas, o fritas para acompañar un buen plato de carne.

 

Recorrer de manera detenida  por el interior de esta localidad. Sobre todo por el pequeño paseo que da a los barrancos y a las numerosas plantaciones supone adentrarse en un jardín de espléndidas flores. Como las llamadas flores de mundo o las coloristas hortensias. También hay strelitzias, esas maravillas aves del paraíso de color naranja. Y al fondo, aleteando el monte más enramado, salpicado de algo que sí se conoce en la isla, las múltiples pencas con higos picos, que crecen sin contemplaciones al lado de la carretera.  El cielo encapotado y las señales que indican los kilómetros que faltan para llegar a la Cruz de Tejeda despejan todas las dudas. Este territorio es otro.  

 

 

Y cerca de las dos de la tarde, el pueblo se sacude el frío perenne y parece que recobra la vida. Comienzan a llegar madres y abuelas, en busca de los niños que regresan en guagua del colegio.  Se forma un pequeño corro en la carretera principal, todos se saludan hasta que al cabo de un rato, la normalidad regresa a esta población. Este Lanzarote duplicado, propenso a la bruma, sigue meditabundo mientras el agua de los manantiales fluye imparable y a lo lejos un hombre cargado con un saco lleno de hojas secas camina despacio en compañía de su perro guardián.

 

 

Tal vez el frío, ese frío que se mete en los huesos, convierte a esta localidad grancanaria en un lugar sosegado y silencioso. Un restaurante en la carretera, y el ruido de los coches que atraviesan este Lanzarote de camino a la cumbre da a esta población esa seña de identidad: la de ser un lugar de paso, con un nombre con mucha historia y que suena a otra cosa. Suena a una isla más intensa, profunda y radiante.  Con el sol que quema y el viento suave y a veces enloquecido que la cruza de lado a lado, y mece el jable. Nada que ver. Y así, una vez más, el original superó con creces a la copia. Sin acritud.

 

Reportaje publicado en el periódico Lancelot de febrero.


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