Félix Hormiga: la palabra como hogar

El escritor lanzaroteño deja tras de sí un valioso legado literario que seguirá influyendo en generaciones futuras
- Lancelot Digital
La literatura canaria pierde con Félix Hormiga a uno de sus autores más singulares, una voz que unió la raíz insular con un pensamiento abierto al mundo. Escritor, poeta, periodista y humanista, Hormiga desarrolló una obra marcada por la sensibilidad, la reflexión moral y una constante interrogación sobre el lugar del ser humano en su entorno. Su fallecimiento deja un vacío profundo, pero también un legado que seguirá dialogando con quienes se acerquen a su escritura.
Nacido en Lanzarote, Félix Hormiga formó parte de esa generación de autores que entendió que la insularidad no era una limitación, sino un punto de partida. Su obra se caracterizó por la mirada limpia y la palabra precisa. La isla, sus paisajes y sus silencios aparecen en sus textos no como un decorado, sino como una forma de pensamiento: un territorio que invita a contemplar, a dudar, a profundizar.
Hormiga, hombre reflexivo, no buscó la estridencia. Apostó por una literatura que respira, que escucha y que observa. Esa calidad de escritor de orillas —entre la vida cotidiana y la abstracción intelectual, entre el periodismo y la poesía— lo convirtió en un autor respetado y querido, reconocido por su honestidad creativa y su rigor.
Su poesía, marcada por la contención y el fulgor sereno, se movía entre lo íntimo y lo filosófico. Félix Hormiga tendía puentes entre la emoción y la idea, entre la experiencia personal y el pensamiento universal. Su voz poética buscaba siempre lo esencial: la luz, la duda, el tiempo, la memoria, la manera en que el ser humano se aferra a lo que ama y se pregunta por lo que ignora.
Para muchos lectores, su poesía fue una forma de compañía. No buscaba adoctrinar, sino iluminar. Sus versos, en más de una ocasión, parecían escritos desde una ventana abierta al mar, esa ventana desde la que quienes lo conocieron aseguran que observaba la realidad con una mezcla de ternura, escepticismo y curiosidad.
Narrador de la condición humana
En su faceta narrativa y ensayística, Hormiga exploró la fragilidad del ser humano, la vulnerabilidad, las contradicciones, las pequeñas certezas que sostienen la existencia. Le interesaba la vida en toda su complejidad: lo cotidiano, lo invisible, lo que pasa desapercibido. Sus textos invitaban a detenerse, a mirar de nuevo, a descubrir lo trascendente en lo aparentemente simple.
Fue también un lector voraz, de esos que entienden la lectura como un acto moral. En sus columnas y escritos periodísticos reivindicó siempre la cultura como un espacio de encuentro y de diálogo, un lugar donde la palabra se convierte en herramienta para comprendernos mejor.
Llamarlo humanista no es un gesto retórico: Félix Hormiga pensó y escribió desde el respeto profundo a la dignidad humana. Creía en la cultura como una forma de resistencia ante la prisa, la banalidad y el vacío moral. Apostó por el pensamiento crítico y por la conversación como forma de convivencia. Su presencia en los círculos culturales de Lanzarote fue discreta pero constante, y quienes lo trataron coinciden en destacar su serenidad, su humor suave y su capacidad de escuchar. Siempre dispuesto a ayudar a los escritores que comenzaban, Hormiga fue un faro que iluminaba su camino.
Más allá de la literatura, tuvo un compromiso sincero con la comunidad, con la educación, con la importancia de la palabra como herramienta cívica. Durante años contribuyó con artículos, reflexiones y colaboraciones que hoy forman parte de la memoria cultural reciente de la isla.
El legado de una voz imprescindible
La muerte de Félix Hormiga apaga una de las voces más sensibles de la literatura insular, pero su obra —sus poemas, sus relatos, sus columnas, sus lecturas públicas— permanece. Queda su manera de mirar, de escribir, de interrogar la realidad. Queda también su ejemplo: el de un escritor que creyó en la literatura como una forma de claridad, una forma de consuelo y también una forma de resistencia.
Para quienes lo leyeron, para quienes lo escucharon y para quienes compartieron con él generaciones de creación y pensamiento, Félix Hormiga seguirá habitando ese territorio íntimo donde la palabra se vuelve casa. Su obra será, para muchos, una brújula: una invitación a la sensibilidad, a la lucidez y a la humanidad. Una presencia que, aunque silenciosa, no desaparecerá.