Las horas ciegas de Manrique en Nueva York

Un documental de la periodista Concha de Ganzo rescata las seis horas ciegas que pasó el artista en la ciudad de los rascacielos
- C.D.G
- Francisco García y Sergio Hernández
César Manrique estaba de viaje en la isla de Santa Lucía. Había sido invitado por el banquero Mario Conde para pasar el fin de año en su yate. Allí sufre un desprendimiento de retina y decide regresar a Madrid. Pero el viaje de vuelta lo hace desde Nueva York, una ciudad en la que tiene que pasar seis horas, hasta coger el vuelo rumbo a España, donde preparaba la operación el médico lanzaroteño, Alfredo Matallana, en la clínica Puerta de Hierro. Finalmente fue operado por el cirujano Luis Encinas, en enero de 1991.
Por casualidad, disfrutando de unos días de vacaciones se encontraba en Nueva York, el sobrino de Manrique, Eduardo. Quedan en verse y Eduardo y un amigo van al aeropuerto a buscar a César. Cuenta Eduardo Manrique, que, al llegar, ve de lejos a un César que los busca, que está solo, y que en esas circunstancias parecía más frágil.

La idea que se plantea en este documental de 24 minutos ha sido la de utilizar ese hecho: un desprendimiento de retina, que deja al artista medio ciego, para realizar un recorrido por una ciudad de luz que conoció en los años sesenta. El largo paseo que hace, de la mano de su sobrino, va a permitir viajar en el tiempo, y recordar algunos de los lugares y las personas que conoció en aquellos años, y que serían esenciales para la obra posterior del artista lanzaroteño.
Como advierte el crítico de arte, Alfonso de la Torre, “aquellos años vividos en Nueva York le sirven a César para llenarse y saborear las nuevas corrientes del mundo del arte, la música, la realidad social, y sobre todo lo llevan a descubrir y disfrutar de la libertad, y eso que aprende en aquel Nueva York lo volcará en su isla”.

La cámara es César
Técnicamente y visualmente esta historia permite jugar con los claros oscuros, con esa luz que se va, y con lo que pudo sentir César en esos momentos. El Manrique habitual, con esa personalidad arrolladora, de pronto, se ve o se siente frágil, y reconoce que necesita del apoyo de los demás para seguir su camino.
El propósito de este trabajo, que fue seleccionado en la convocatoria de proyectos culturales CACT Lanzarote 2025, es ofrecer un documental que ofrezca una perspectiva de Manrique quizás menos tratada: el artista consagrado que de pronto se siente desvalido, y eso, desde el punto de vista técnico y visual puede resultar hasta poético. Este trabajo se grabó en Lanzarote, en Madrid y en Nueva York, paradas obligadas para entender el recorrido vital y también artístico de este creador.
Este documental será presentado el próximo 4 de septiembre en el Auditorio de Los Jameos del Agua. Contará con la actuación de los artistas Samuel Aguilar y Beni Ferrer, y la entrada será gratuita.

Pidió grabar la operación
César Manrique fue intervenido quirúrgicamente pocos días después con buen resultado. Manrique se entregó a aquella experiencia con un entusiasmo probablemente similar al de afrontar un nuevo diseño artístico —…. me preparé con gran curiosidad por el significado de esta singular experiencia. Salí de la habitación en cama de ruedas viendo todo el dibujo de los techos de los corredores de la Clínica, como un trávelin cinematográfico. En la intervención le fue inyectado gas intraocular que origina difracciones, reflejos en la luz y las imágenes con coloraciones caprichosas, y esto provocó en César unos comentarios inesperados pero muy propios del creador. Así lo reflejó el doctor Encinas: “—fue todo un lujo escuchar las interpretaciones personales de César Manrique a cerca de estas sensaciones visuales motivadas transitoriamente por el gas y en las que César veía un paisaje volcánico de piedras frías, o en otras ocasiones, un volcán activo cuando no un paisaje de atardecer en Lanzarote. La realidad es que César pidió que grabaran la intervención y después compartió con amigos este espectacular vídeo de cómo fue operado de la pérdida de visión de uno de sus ojos. Y así fue como Manrique rindió homenaje a sus admirados Buñuel y Dalí rememorando una de las escenas del famoso Perro Andaluz.
Cinco días en ‘Nueva Yol’

A veces los sueños tardan tanto que jamás se cumplen. Otras veces, esa obsesión recurrente, simplemente, se hace realidad. Y mientras eso ocurre, te das cuenta de que tal vez mantener ese sueño no fue una buena idea. Desde que Eduardo Manrique me contó la historia que vivió con su tío César en Nueva York pensé que esa trama merecía un documental. Muchos años después llegó el día.
Y ocurrió esto: desde Madrid, procedentes de Lanzarote, Gran Canaria y La Palma salimos cuatro personas, dos cámaras, un ayudante de producción y la guionista-realizadora de este proyecto. A veces imaginaba que, a uno de los cámaras, a Sergio Hernández, era probable que lo detuvieran en el aeropuerto JFK. No por ser delincuente, ni nada de eso, más bien por sus cosas. Sergio es de esas personas que no sabes por dónde va a salir. Temía sus respuestas ante los guardias. A su favor hay que decir que te puede grabar la imagen más potente y extraña o la más…indescriptible. Y de ahí mis miedos. Pero no. A la que detienen es a mí.

¡Horror ¡la cabeza va tan deprisa. Repasas las posibles causas, las redes sociales, no tengo redes sociales, haber puesto que era guionista y no periodista, soy las dos cosas. Y aquellos hombres fornidos, que dan mucho miedo, que no paran de hacerme fotos, y de volver a exigirme que ponga la mano en aquel aparato de las huellas, un dedo, la palma entera, y la otra mano...
Y los cámaras fuera, esperando.... Y la mente sigue a lo suyo: que mal estoy en las fotos, después de ocho horas de vuelo, y las de espera, y las de la preocupación, y estas ojeras, y no puedo volver a Madrid, y por qué no detuvieron a Sergio. Y se acaba el suplicio: la compañía aérea se había equivocado con el número de mi pasaporte, y durante ese largo proceso perdí totalmente las últimas palabras que me quedaban en mi cabeza de un inglés agónico, pero eso fue lo de menos.
Teníamos cinco días para grabar lo máximo: el apartamento de Waldo Díaz Balart, donde se quedó Manrique cuando llegó, la galería de Katherine Viviano, el nuevo apartamento de César, el MoMa, la zona de clubes, la entrevista al amigo de Eduardo Manrique que sigue en Nueva York, y todo lo demás.
Y mientras tratamos de hacer todo eso, la realidad: el avituallamiento. Nueva Yol no es ciudad para pobres. Algunos datos que nos dejaron temblando. Un simple desayuno, con un cortado, lo que costó que me entendieran, y además te lo ponen en vaso de cartón, aunque te lo bebas en el sitio, más un cruasán y un yogurt. Atención la cuenta, que podía ir, dependiendo de la cafetería, de los 17 a los 21 dólares. Y solo estábamos en el desayuno. De una sola persona.

Después de esta comida, que me tenía que durar bastantes horas, no dejaba de hacer cuentas, y cuentas ...Y soñar con otras comidas. Seguro que para los amantes de las hamburguesas con distintas salsas este mundo es el paraíso. Para mí no. Fue un suplicio más... Eso sí hay que reconocer que, para captar imágenes, y esas historias que puedes cazar al vuelo solo con detenerte en uno de los puestos de venta ambulante y hablar con el que está ahí, horas y horas, y horas... para vender gorras, estatuas de la libertad y todo tipo de llaveros para llevar de recuerdo, y que acaban en la gaveta que hay en la sala, con todo lo demás, esta ciudad no tiene límites.
Y así, caminando no sé cuántos kilómetros, con el cuello torcido de tanto mirar a un lado y a otro, este carismático Nueva Yol se muestra en pantalla gigante con muchas luces, y está plagado de gente diversa, llamativa, disparatada, y huele, mucho, mucho, a maría. En cualquier esquina, junto a la humareda típica que sale de las bocas de metro, ese olor penetrante y reconocido que ameniza los paseos junto a los ríos de gente, y las tiendas siempre abiertas, los neones gigantes, los carritos, los personajes habituales de Times Square: el vaquero en calzoncillos con la bandera de Estados Unidos, las bailarinas en busca de fotos y dólares, y las parejas que tratan de hacerse el selfi de sus vidas, repetido tantas veces...
Un anciano vendía tres olores. Dos cualidades. Siete desiguales. Un saco, barro. Falsas esmeraldas. Y regresamos a casa. Y volvimos a Lanzarote.