Jueves, 20 Agosto 2026
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La creciente desconfianza hacia la publicidad encubierta, la ostentación y las polémicas en redes abre un debate sobre el futuro de los creadores de contenido
La creciente desconfianza hacia la publicidad encubierta, la ostentación y las polémicas en redes abre un debate sobre el futuro de los creadores de contenido

  • Lancelot Digital

 

Durante las últimas semanas, una pregunta se ha instalado con fuerza en las redes sociales y en los medios: ¿ha llegado el fin de los influencers? La sucesión de polémicas protagonizadas por algunos creadores de contenido, unida al creciente hartazgo de parte de la audiencia, ha puesto en cuestión un modelo que durante años parecía imparable.

El debate no significa, al menos de momento, que los influencers estén desapareciendo. De hecho, más de la mitad de los usuarios continúa siguiendo a algún creador. Pero sí parece estar cambiando la relación entre influencers y seguidores: la cercanía, la autenticidad y la confianza que hicieron triunfar a este fenómeno ya no se dan por supuestas.

Uno de los principales problemas es la publicidad encubierta. Un análisis internacional publicado en junio reveló que solo uno de cada cinco influencers identifica de forma sistemática los contenidos comerciales que publica.

España, además, ha comenzado a endurecer la vigilancia. La CNMC sancionó en julio a Ibai Llanos, Jordi Wild y Nachter por distintos incumplimientos relacionados con publicidad, protección de menores y promoción de medicamentos. El organismo también ha puesto en marcha herramientas para analizar contenidos y detectar posibles comunicaciones comerciales no identificadas.

A esta presión regulatoria se suma una cuestión más difícil de medir: el cansancio de la audiencia. La ostentación de lujo, los viajes promocionales, el exceso de colaboraciones comerciales y determinadas opiniones sobre asuntos sociales han provocado una reacción cada vez más crítica entre los seguidores.

El fenómeno conocido como de-influencing, que anima a cuestionar las compras impulsivas y las recomendaciones comerciales, es una muestra de ese cambio cultural.

Pero quizá no estemos ante el fin de los influencers, sino ante el final de una determinada forma de serlo. El creador que consiga mantener una comunidad fiel, aportar contenido propio y diferenciar claramente su opinión de la publicidad todavía conserva una enorme capacidad de influencia.

La verdadera crisis, por tanto, podría no ser de seguidores, sino de credibilidad. Y en un negocio basado precisamente en la confianza, esa puede ser una amenaza mucho más seria que perder unos cuantos miles de followers.

 


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