Los dos primeros lanzaroteños que van rumbo a los altares

José Marcos y Jacinto Vera han sido declarados Venerable y Beato, respectivamente por el Papa Francisco
- Lancelot Digital
Lanzarote cuenta ya con dos de sus hijos en los altares, o más bien camino de ello. El Papa Francisco declaraba recientemente Venerable a José Marcos y Beato a Monseñor Jacinto Vera.
Estos dos lanzaroteños, nacidos en el siglo XIX, son originarios de Tinajo y el Papa ha decidido situar a ambos en el lugar que merecen.
José Marcos Figueroa
José Marcos nació en Tinajo, el día 7 de octubre de 1865. Sus padres fueron Nicolás Figueroa y Rafaela Umpiérrez. Fue el mayor de cuatro hermanos. Toda su familia marchó hacia Uruguay en el año 1873. Se instalaron en Santa Lucía, en la zona de Canelones, cerca de Montevideo y se dedicaron como en la tierra natal, a la agricultura. José Marcos asistió a la escuela solamente cuatro meses por la necesidad que tenían sus padres de él.
Hasta la edad de 20 años permaneció junto a sus padres. El 30 de enero de 1886 se fue a Montevideo siguiendo el llamado de la vocación y poco después, el 12 de agosto de 1886, entró en el noviciado de la Compañía de Jesús, en Córdoba, Argentina. Algunos meses después, en mayo de 1887, José Marcos contrajo la enfermedad de la viruela. Esta experiencia de la enfermedad de la viruela pero, sobre todo la muerte de su enfermero, que se contagió de esa enfermedad, marcó profundamente al Hermano Figueroa.
El 28 de mayo de 1888 partió destinado a Santa Fe, donde terminaría su noviciado. José Marcos comenzó a trabajar en el Colegio con el oficio de 2º enfermero y de comprador. Poco tiempo después inició también su trabajo en la portería ayudando al Hermano Laurindo Da Silva, SJ que se desempeñaba en el cargo de portero desde 1862. Este fue el que le enseñó a Figueroa el «arte de ser portero».
Fueron cincuenta y cuatro años de vida religiosa, de los cuales cincuenta y dos transcurrieron en la portería del Colegio. Durante todo ese tiempo, el Hermano Figueroa fue una persona de la que se decía que «hablaba de Dios» con su manera de ser, con su vida y con sus pequeñas obras cotidianas.
No hubo cosas extraordinarias. Sólo un hombre al servicio de los demás que era querido por todos. El cariño de tantas personas que gozaron de su intercesión y el agradecimiento que acercó a multitudes de alumnos y familias del Colegio y Santuario salieron a la vista después de su muerte, ocurrida el 19 de noviembre de 1942.
Allí se rompió el silencio. Gran cantidad de pésames llegaron por esos días al Colegio, y acompañaron con su presencia en el que se creía el último adiós de despedida de sus restos mortales. Ponderaban sobre todo la personalidad del hermano a quien desde entonces comienza a llamarse «santo».
Diez años después, 1952, mientras se trasladaban los restos de los Jesuitas enterrados en el Cementerio de Piquete, encontraron el cuerpo incorrupto del Hermano. Inmediatamente se comenzaron los trabajos para introducir la causa de canonización. Los padres jesuitas pidieron permiso a Roma para exhumar los restos del Hermano y trasladarlos hasta la Iglesia de Nuestra Señora de los Milagros, para enterrarlos allí, donde actualmente se encuentra y es visitado por innumerables devotos que le agradecen y piden intercesión. De acuerdo con el testimonio de los presentes el cuerpo del hermano no había sufrido ninguna corrupción.
El 9 de mayo de 1995 se celebró la sesión pública de clausura diocesana del proceso, enviándose a Roma las actas correspondientes.
Jacinto Vera
Jacinto Vera nació el 3 de julio de 1813 en un barco, en el Océano Atlántico, frente a las costas de Brasil, cuando su familia se dirigía a Uruguay desde las Islas Canarias. De joven trabajó en el campo con los suyos, en Maldonado (en la zona de Abra de Perdomo) y en Toledo, Canelones.
Descubrió su vocación a los 19 años. Incorporado al ejército fue licenciado por el general Manuel Oribe para que pudiera continuar sus estudios sacerdotales. A falta de formación en Uruguay, se trasladó a Buenos Aires, donde ya ordenado celebró su primera misa, el 6 de junio de 1841.
El 4 de octubre de 1859 fue nombrado vicario apostólico del Uruguay. Todavía en ese cargo recibió la ordenación episcopal en la Iglesia Matriz de Montevideo el 16 de julio de 1865. Participó del Concilio Vaticano I en 1870. En 1878, creada la Diócesis de Montevideo que abarcaba todo el Uruguay pasó a ser su primer obispo. Murió durante una misión que realizaba, en la ciudad de Pan de Azúcar, el 6 de mayo de 1881.
¿Cuál fue el milagro?
El milagro reconocido por el papa Francisco, es la curación rápida, duradera y completa de una niña de 14 años ocurrida el 8 de octubre de 1936. La niña se llamaba María del Carmen Artagaveytia Usher. Era hija del doctor Mario Artagaveytia, reconocido médico cirujano, y de Renée Usher.
Después de una operación de apendicitis sufrió una infección que se fue agravando hasta llegar a una situación desesperada. Los mejores médicos de la época la atendieron, pero no lograban su mejoría, en tiempos que aún no existía la penicilina. La niña sufría fuertes dolores y su vida parecía acercarse al final.
Un tío de la niña enferma, Rafael Algorta Camusso, le llevó una estampa con una reliquia de Jacinto Vera y le pidió a la niña que se la aplicara a la herida y que tanto ella como su familia rezaran con toda confianza pidiendo la curación por intercesión de aquel “siervo de Dios”.
Esa misma noche cesaron los dolores, se terminó la fiebre y a la mañana siguiente la niña estaba completamente bien. La curación fue rápida y completa, y científicamente inexplicable, comprobada por su padre y por el médico que la atendía. María del Carmen Artagaveytia falleció en 2010, a los 89 años.
El año 2017 se retomó el estudio de este caso, que había sido presentado al poco tiempo de la curación. Se realizó un exhaustivo informe médico, que luego fue analizado por una junta médica en el Vaticano, y se formó un tribunal para estudiar el presunto milagro.
Ante este, los hijos de la mujer declararon que conocían el hecho desde siempre, por el testimonio de su madre. Aportaron diversos elementos y recuerdos, entre otros, que su madre tuvo toda la vida en su mesita de luz la estampa con la reliquia de Monseñor Jacinto Vera que había colocado en su herida.