OPINIÓN |El instinto
SOLUCIONES IMPOSIBLES. Por José Ignacio Sánchez Rubio
Según se relata en el Libro Primero de Moisés, Génesis 1-24 a 31, el sexto día de la Creación, Dios creó a los animales y luego creó al hombre para que los dominara y utilizara en su provecho. Y Dios dotó a cada animal de una serie de potencias que le permitirían defenderse de los ataques de los demás; así, a unos los hizo fuertes, a otros rápidos, a otros astutos, y a todos los dotó con el instinto de conservación de la vida. Pero en ninguno puso la virtud de la inteligencia, que reservó, en exclusiva, para el ser humano.
Y los hombres (y mujeres), igual que los animales, también hemos sido dotados de aquellas potencialidades que nos permiten defendernos de los ataques de otros seres humanos y de los propios animales. Y de aquella forma unos son fuertes, otros son rápidos, otros son astutos y, por supuesto todos somos, en mayor o menor medida, inteligentes.
En los momentos que corren, en los que nunca estaría mejor empleado el dicho de que ‘el pez grande se come al chico’, a este servidor de ustedes le llega, con frecuencia, aquella celebre frase de Hobbes, que todos los estudiantes de derecho han escuchado en alguna ocasión: ‘El hombre es un lobo para el hombre’.
Esto viene a colación porque ahora se destaca, más que nunca, la supremacía de la casta política sobre el resto de los seres humanos. Esta es, al menos, la conclusión que se extrae del análisis pausado de la situación social y económica que estamos padeciendo. Y es así que, una serie de seres, que se dicen humanos, que son siempre los mismos, y que alcanzan la cifra nada desdeñable de 450.000, vienen utilizando la astucia, para poder dominar y utilizar en provecho propio, la fuerza de trabajo del resto de las personas.
Es claro que, el primer término jurídico-social que esta caterva de políticos utilizó, para subyugarnos e imponernos su voluntad, fue el de legitimidad. Y lo legítimo, que es lo que se predica de aquello que se ajusta a la Ley, lo aplicaron desde el comienzo a su facultad de dictar las propias Leyes; Leyes que siempre se dictan con la apariencia de que obligan a todos pero que, en la realidad de su aplicación solo nos alcanzan a los no políticos, a los que Dios no nos dotó de esa astucia para engañar a los demás, a la que me he referido.
De esa forma, no solo dictan las Leyes aquellos que, ingenuamente, hemos elegido para que nos gobiernen, sino que también se ocupan de aplicárnosla a los demás, porque ellos están por encima del bien y del mal. Y por eso, también se encargan de elegir a los que han de determinar la corrección o no de la aplicación de las Leyes; y para ello, ponen al frente del Poder Judicial a quien saben que, porque no van a morder la mano que les alimenta, nunca les aplicaran a ellos las consecuencias de sus transgresiones.
Cuando Montesquieu definió la organización política perfecta, la encajó en una tripleta de poderes, independientes entre sí y cuyo control de unos sobre otros permite, al menos en teoría, la igualdad de todos los ciudadanos. Pero el político en su grandeza, siguió siendo partidario de ser pez grande y considerarnos a los demás súbditos los destinatarios de aquella noble tarea de llenar su andorga con nuestros impuestos.
Y lo peor de todo es que, a estas alturas de la película, cada uno de nosotros ha asumido el poder de los políticos y, en la misma forma en que este no está dispuesto a convertirse en un ciudadano de a pie, entre los vasallos se ha enquistado el más profundo espíritu de sumisión, mas propio de animales ovinos que de hombres y mujeres dotados, en mayor o menor medida, de inteligencia que debería movernos a plantearnos el plazo de finalización de esta perversión, indebidamente denominada democracia. En otras palabras, ha desaparecido en nosotros el instinto de defensa.
Por eso yo, desde mi nimiedad como oprimido, levanto mi voz para gritar un ´Basta ya de astutos’, que han conseguido darle un vuelco a la sociedad y convertirla de nuevo en las dos Españas. No en la de izquierdas y derechas, sino en la de los que nos chupan la sangre y la de los que seguimos desangrándonos.
Por eso, mi solución imposible de esta semana es la de que, ya que no hay forma de desprendernos de estas sanguijuelas, al menos, elijamos separadamente a los que han de elaborar las leyes, a los que se encarguen de su aplicación y a los que nos amparen contra estos dos grupos impartiendo justicia. Por supuesto, soy consciente de que esto jamás se llevará a cabo y este artículo, como sucede al fin y cabo con las palabras, se lo llevará el viento.
Abogado y economista.