Jueves, 03 Septiembre 2026
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Agustín de la Hoz en la presentación del número 100 de Lancelot, en febrero de 1985. Memoria de Lanzarote.

  • Mario Alberto Perdomo

El pasado 31 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento de Agustín de la Hoz Betancort en Arrecife. Este centenario es una buena oportunidad para volver sobre la obra de uno de los intelectuales lanzaroteños más fecundos, singulares y comprometidos del siglo XX. Una parte sustancial de su producción última quedó reunida en 1996 en Agustín de la Hoz en Lancelot. Obra periodística (1981-1988), volumen que tuve la satisfacción de promover y dirigir ocho años después de su muerte.

Agustín estuvo vinculado al semanario prácticamente desde su nacimiento. Lancelot apareció en 1981 y le brindó un espacio desde el que continuar una tarea que llevaba décadas desarrollando: pensar Lanzarote, investigar su historia, rescatar a sus personajes olvidados y, sobre todo, interrogarse acerca de la identidad de una isla que estaba cambiando rápidamente. Fue articulista desde 1981 hasta su fallecimiento en 1988 y, en varias ocasiones, se refirió a Lancelot como «el milagro semanal» por las dificultades económicas y materiales que entrañaba mantener un semanario en la Lanzarote de aquellos años.

Cuando en 1996 reunimos aquellos trabajos, no solo pretendíamos rescatar unos textos dispersos en las páginas de un periódico. Queríamos devolver a los lectores una parte importante de la obra de un escritor cuya voz seguía siendo necesaria. La edición, de cerca de 400 páginas, fue publicada por la Editorial Lancelot con la colaboración de distintas entidades públicas y privadas.

La construcción cultural de Lanzarote 

El índice del libro permite comprender la extraordinaria amplitud de sus preocupaciones. En él aparecen textos sobre los volcanes, la Navidad lanzaroteña o los carnavales de Arrecife. Pero enseguida emerge una de sus grandes obsesiones intelectuales: recuperar la memoria de aquellas personas que habían contribuido a la construcción cultural de Lanzarote y habían sido relegadas o, sencillamente, olvidadas.

De ahí los artículos dedicados a Domingo Suárez Lorenzo, Sebastián Sosa Barroso, Rafael Medina, Pepín Ramírez, Benito Pérez Armas, Luis Diego Cuscoy, Abel Cabrera Díaz o Pancho Lasso. Especial importancia tiene precisamente su trabajo sobre este último, «Pancho Lasso, un vanguardista lanciloteño», que sería utilizado más tarde como referencia en estudios sobre el patrimonio artístico y literario de Canarias.

Pero sería injusto reducir aquel periodismo a una sucesión de semblanzas históricas. Basta recorrer el índice para encontrarnos con títulos como «La figura humana y el recuerdo del Dr. José Molina», «La muy noble, ilustre, leal y heroica Villa de Teguise» o «Guillermo Topham Díaz, a la búsqueda de la solidaridad». En todos ellos aparece un escritor que utiliza el periódico como territorio para la historia, la literatura, la antropología, la crítica y la reflexión moral.

Agustín no fue un escritor complaciente

Agustín de la Hoz escribía desde Lanzarote y sobre Lanzarote, pero nunca desde una concepción estrecha de lo insular. Su isla era un punto desde el que mirar el mundo. Le interesaban las personas, los pequeños acontecimientos, las tradiciones, las palabras y los rastros del pasado porque entendía que en ellos residían las señas de identidad de una comunidad. Ningún rincón de Lanzarote parecía demasiado pequeño para merecer su atención.

Ese compromiso también explica su incomodidad. Agustín no fue un escritor complaciente. Podía ser vehemente, excesivo e incluso injusto en alguna ocasión, pero detrás de esa actitud había una preocupación constante por el destino de la isla. Contemplaba cómo el desarrollo económico y turístico transformaba vertiginosamente Lanzarote y temía que, en el camino, desaparecieran elementos esenciales de su personalidad colectiva. Muchas de aquellas advertencias, leídas hoy, sorprenden por su actualidad.

Antonio Coll González, editor de Lancelot, lo explicó durante la presentación del libro. Desde su fundación, aquella publicación semanal había asumido el compromiso de sacar a la luz la obra del escritor y reconocer a un hombre que había estado al lado del periódico desde sus inicios. También recordó que Agustín consideraba Lancelot una parte del alma de la propia isla. Esa relación entre el escritor y el periódico explica que las páginas del semanario se convirtieran, durante siete años, en depositarias de una parte significativa de su producción.

Releer a Agustín de la Hoz 

Al preparar la recopilación, escribimos en la cubierta algo que, treinta años después, sigo manteniendo: en aquellos textos sobresalían «su actualidad y plena vigencia». Agustín fue un humanista comprometido con su tiempo, dotado de un agudo sentido crítico y empeñado en valorar la vida y la obra de numerosos hijos e hijas de esta tierra a quienes el olvido había hecho pagar por sus esfuerzos.

El centenario debería servir precisamente para combatir ese olvido. No mediante una celebración retórica, sino regresando a sus libros y artículos. Agustín dejó una obra diversa: historia, investigación, ensayo y periodismo. Después de su muerte continuaron apareciendo trabajos inéditos o dispersos, entre ellos Apuntes de una historia del periodismo en Lanzarote (2017), Agustín de la Hoz, un volcán humano (2021) y Cuaderno de habla popular de Lanzarote (2026), junto con su mujer, Pilar Perdomo Fajardo. Todos ellos a iniciativa de Benchomo Guadalupe Oliva, su biógrafo. 

Cien años después de su nacimiento, releer a Agustín de la Hoz en Lancelot significa volver a encontrarnos con una isla que ya no existe y, paradójicamente, con muchos de los problemas que todavía nos acompañan. Quizá esa sea una de las mejores pruebas de la importancia de un escritor: que sus palabras sobrevivan a las circunstancias en las que fueron escritas y continúen haciéndonos preguntas.

Agustín dedicó buena parte de su vida a impedir que Lanzarote olvidara. En este centenario, nos corresponde a nosotros impedir que Lanzarote lo olvide.


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