OPINION. Como las locas
Por Mar Arias Couce
Como las locas, así voy yo a diario, como las locas más locas. Todo el día corriendo de arriba abajo, limpiando mocos, recogiendo juguetes y escribiendo crónicas, sin tener muy claro dónde termina mi trabajo y empieza mi vida. Cada mañana es una carrera hacia ninguna parte, con las ojeras tatuadas por insignia (algo así como ‘esta soy yo, sí, y tengo niños que lo demuestran’), sin pintarme ni echarme cremas porque no me da tiempo (igual alguna vez me pongo el bálsamo bebé del niño por maquillaje) y, en ocasiones, incluso un zapato de cada color. He llegado a sentarme en el trabajo, buscar la grabadora en el bolso y sacar el chupete del niño. Imagino la cara de las cuidadoras cuando encontraran el artefacto en la maletita del enano. Luego la gente se empeña en tratarte con normalidad y te comentan cosas coherentes de la vida cotidiana: que si el paro, que si ZP, que si Rajoy, que si Belén Esteban… (qué me importará a mí la tal Esteban teniendo cosas tan interesantes en mi haber cómo la última pelea de mi hijo mayor por un avión de juguete en el patio). Una amiga se compró una aspiradora supermoderna que anda por la casa sola como una loca (como yo) tragando todo lo que pilla. A mí lo único que se me pasó por la cabeza es que para que iba yo a invertir dinero en semejante artefacto si Carlitos hace las mismas funciones gratuitamente, se va tragando todo lo que pilla y después eructa satisfecho… ¡El tío lo digiere y todo! Lo último que se comió fue un fular bonísimo de flores. Cuando acabó con él, parecía un campo de mi tierra en pleno mes de agosto… ¡no quedó una sola flor! El mayor por su parte insiste en sacarme de mis casillas como puede: “Mamá, quiero zumo de ‘locotón’”. “Eso no existe, hijo, será zumo de melocotón”. “No, de ‘locotón’, el zumo de ‘me’ no me gusta”. ¿Y qué le dices? Generalmente me doy la vuelta y le saco algún semanal de El País al otro de la boca. Le gustan especialmente las páginas de publicidad, yo creo que son más digeribles que los tostones informativos que nos empeñamos en ‘largar’ los plumillas. En fin, es cierto el país está fatal y como esto no mejore, la cola del paro va a acabar siendo equivalente al censo poblacional español. La situación es terrible y preocupante, pero no puedo dejar de verlos crecer y sonreír con cada loca ocurrencia. La última: viene el mayor a despedirme a la puerta (me despide, siempre, aunque baje al sótano a por unos zapatos) y me dice con su vocecita de pitufo desafinado: “Mami, Carlos y yo te queremos mucho, tú no hagas caso de las tonterías de papá”. La cara del susodicho no tiene descripción posible. Mis carcajadas, tampoco.