De la inocuidad y otros demonios

Jorge Marichal
Estimada presidenta de Ascav:
Permítame comenzar esta carta pública felicitándola por su admirable capacidad de síntesis conceptual. Declarar las viviendas vacacionales como "actividad clasificada inocua" es, sin duda, un hallazgo semántico digno de estudio. "Inocuas". Es decir, tan inofensivas como una tila antes de dormir o como el sonido del mar en una app de meditación.
Desde Ashotel le confieso que he leído y escuchado esta propuesta en diferentes medios de comunicación, tanto escritos como en emisoras de radio, buscando quizá el matiz oculto, la ironía fina o el guiño carnavalesco que se me escapaba. Porque recién despedidas las fiestas de Don Carnal —con su bullicio, sus disfraces y su alegre confusión— uno podría pensar que seguimos en temporada de comparsas y fantasía normativa.
"Inocuas", dice usted. Y yo no puedo evitar pensar que quizá ha querido decir "ubicuas". Porque si algo caracteriza a las viviendas vacacionales en nuestra isla es su don de la omnipresencia: están en el centro, en la costa, en las medianías; en edificios residenciales, en urbanizaciones turísticas, puerta con puerta con quien madruga para ir al trabajo o con quien solo aspira a una siesta tranquila. Son, podríamos decir, el wifi del urbanismo: invisibles en el discurso, pero presentes en cada rincón.
Y claro, cuando algo es ubicuo cuesta sostener que sea inocuo. No porque el concepto en sí sea perverso —Dios nos libre de demonizar la hospitalidad— sino porque la acumulación, la concentración y la ausencia de límites tienen efectos muy poco etéreos: tensión en el acceso a la vivienda, transformación de barrios, presión sobre servicios públicos y esa curiosa sensación de vivir permanentemente en un pasillo con maletas rodando a las seis de la mañana o a las diez de la noche en inmuebles diseñados para vivir familias, no para desarrollar una actividad económica.
Quizá el calendario también nos invite a la reflexión. Terminados los carnavales, toca ahora adentrarnos en la inminente Semana Santa: tiempo tradicional de recogimiento, introspección y examen de conciencia. Tal vez sea un momento propicio para preguntarnos si todo lo que genera rentabilidad inmediata es, por definición, inocente; si toda actividad económica, por el mero hecho de existir, debe quedar exenta de clasificación, control o planificación.
Porque clasificar no es condenar. Regular no es prohibir. Y reconocer impacto no es declarar culpabilidad, sino aceptar la realidad con madurez institucional y aceptar que donde no existen normas ni regulación, prima la ley de la jungla. ¿Es eso lo que su asociación quiere realmente? Si algo ha demostrado el sector hotelero a lo largo de décadas es que la convivencia entre actividad turística y vida residencial exige reglas claras, estándares exigentes y responsabilidades compartidas.
Y ya lo siento, pero un negocio turístico no puede ser declarado actividad económica inocua por el único motivo de facilitarle a su propietario o propietaria la pertinente tramitación frente a la administración pública encargada de supervisar y autorizar su actividad. La inocuidad de una actividad se determina, no desde la óptica de quien la quiere desarrollar, sino desde la posible afectación a terceros. Y negar que, por ejemplo, una vivienda vacacional, ubicada en un inmueble residencial, no genera efectos negativos para quienes conviven en ese edificio es, simplemente, negar la realidad.
Me temo que lo verdaderamente "inocuo" sería mirar hacia otro lado, como si la expansión masiva de un modelo alojativo no tuviera consecuencias estructurales. Eso sí sería una fantasía digna de Carnaval: pensar que la suma de miles de viviendas explotadas turísticamente no altera el equilibrio de nuestras ciudades y pueblos. Porque le recuerdo que la inmensa mayoría de las viviendas vacacionales existentes en Canarias han salido del mercado residencial para integrarse en el mercado turístico. Y aunque no son los únicos responsables del problema de vivienda en Canarias, desde luego, están en la ecuación del problema.
Esto no es una guerra entre modelos de negocio, sino de una cuestión de coherencia territorial. Si la actividad es económica, si genera flujos, si transforma usos y dinámicas urbanas, ¿no merece acaso el mismo rigor clasificatorio que cualquier otra? ¿O aspiramos a una nueva categoría mística: la actividad económicamente intensa pero administrativamente etérea?
Con todo el respeto institucional que merece su cargo, le invito a que, como ya está pasada la diversión carnavalesca y en pleno espíritu de reflexión cuaresmal, sustituyamos el debate sobre la "inocuidad" por uno más honesto sobre la "responsabilidad". Porque la ubicuidad ya la tenemos; lo que necesitamos ahora es equilibrio.
Saludos cordiales