¿Dónde está la caja en la que se guardan los artículos?

Mari Mar Duarte
Últimamente he escuchado con atención cómo en muchos medios de comunicación se tiende a prescindir de los artículos: “De la península” “De la Moncloa”, “En la parrilla de salida” se convierten en “De península”, “De Moncloa”, “En parrilla…”; “De la línea de meta” se queda en “De línea de meta…”.
No solo pasa en la radio deportiva o en los programas deportivos de TV, sino también en los informativos, en los programas culturales y también en las entrevistas.
Pienso que no se trata de una simple moda, sino de un fenómeno que se une al ritmo de la narración y al estilo periodístico moderno e influenciado por otros países: un lenguaje más rápido, directo, a veces telegráfico.
Muchos de estos comunicadores son jóvenes, formados en las facultades de periodismo o de comunicación, donde se prioriza la eficacia y la rapidez sobre la riqueza expresiva.
El problema no es solo estético. Creo que cada artículo, cada “la” o “el” que desaparece, elimina matices.
En el WhatsApp, las frases son cortas, pero pierden su música interna, su precisión. En mi opinión, la lengua se empobrece y nuestra capacidad de transmitir con detalles.
No se trata de demonizar la velocidad ni la modernidad. Se trata de recuperar la conciencia de lo que el idioma puede aportar, incluso en los medios rápidos.
Creo que un artículo no es un accesorio: es parte de la arquitectura del pensamiento en español.
Invito a periodistas, educadores, estudiantes y oyentes a observar y reflexionar sobre estas pequeñas ausencias. La lengua es de todos, y cuidarla es también un acto de amor por tener la suerte de hablarla o escribirla.
Cada “la” o “el” que no se use, cada hueco del artículo que se omita por lo que sea… es como una nota que falta en una melodía: la frase sigue siendo comprensible, pero pierde su ritmo, su respiración, su música interna. Parece que los jóvenes comunicadores, formados en facultades de periodismo o comunicación, priorizan la velocidad y la inmediatez.
La influencia de los titulares y las redes sociales, me parece que contribuye a esta economía del lenguaje.
La lengua no solo informa; canta, acaricia, invita a mirar más de cerca lo que decimos y escuchamos.
No se trata de criticar la modernidad ni la rapidez, sino de recordar que cada palabra tiene su encanto, que cada artículo acompaña a su sustantivo, sostiene un matiz, un color, un detalle del mundo que queremos contar.
Me encantaría que periodistas, educadores, estudiantes y oyentes puedan ofrecer la melodía completa del español y que puedan cuidar su ritmo y su delicada armonía.
Porque cada artículo es un susurro que da alma a la frase, y perderlo es empobrecer la manera en que pensamos, sentimos y compartimos al comunicar nuestras historias.
Las lenguas no son esculturas inertes, están vivas, lo sabemos y aunque la lengua cambie, también podemos cuidarla y pronunciar o leer sus matices. No es una pelea contra la evolución, para nada, es un acto de protección y de cariño hacia su riqueza.