El muro que no se refleja en el aljibe

Antonia Brito
«No te alongues al aljibe», nos gritaban de chinijos. La advertencia formaba parte de la vida cotidiana de Lanzarote y nos prevenía del peligro de asomarnos a aquella profundidad líquida y oscura. Hoy nos recuerda también a una isla que parece olvidar el papel que sus aljibes desempeñaron —y todavía deberían desempeñar—, obligada durante siglos a guindar y aprovechar cada gota de agua.
Los artistas de la tercera edición del Festival Desidia – III Circuito de Murales de Argana Baja tampoco quisieron alongarse. Aunque el lema elegido era «El aljibe. Memoria subterránea», apenas se acercaron a su historia, a su significado patrimonial o a la grave escasez de agua que padece Lanzarote.
El título, cargado de evocaciones, quedó suspendido sobre las obras como una etiqueta que nadie mira. Prometía profundidad, pero lo que debía constituir el corazón del proyecto acabó reducido, en buena medida, a su envoltorio.
El problema no es que el arte hable de identidad, disidencia o experiencias personales. Todos ellos son asuntos legítimos y necesarios. El problema es anunciar el aljibe lanzaroteño como eje del festival para vaciarlo después de su historia material y reducirlo a una metáfora tan amplia que termine justificando prácticamente cualquier obra.
Tampoco el programa dedicó una actividad específica a los aljibes, las maretas o los antiguos sistemas de captación de la lluvia. No hubo, al menos en la programación presentada al público, una aproximación histórica, patrimonial o medioambiental que ayudara a comprender por qué esas construcciones resultaron esenciales para la supervivencia de Lanzarote.
Pero los aljibes no pertenecen solamente al pasado. La dependencia del petróleo para producir agua y la creciente exposición de Canarias a fenómenos ciclónicos podrían obligarnos, en el futuro, a volver a necesitarlos.
LA INTERNACIONALIDAD LLEGÓ ANTES QUE LA DOCUMENTACIÓN
La presencia de artistas procedentes de distintos lugares podía aportar otras miradas sobre Lanzarote. Sin embargo, para trabajar con un asunto tan estrechamente vinculado a la historia y al territorio era necesario ofrecerles previamente información, documentación y contacto con esa realidad.
Durante la visita, una artista reconoció que, antes de llegar, imaginaba Lanzarote como una isla verde. Otra habló de los aljibes como si fueran necesariamente construcciones redondas. Se mencionó incluso una búsqueda rápida en internet para tratar de averiguar qué era aquello sobre lo que se les había pedido trabajar.
La internacionalidad llegó antes que la documentación. Los artistas aterrizaron en una isla cuya memoria debían interpretar sin haber tenido tiempo ni herramientas suficientes para conocerla. El resultado no puede atribuirse únicamente a quienes pintaron los muros. También revela una carencia en la concepción y preparación del proyecto.
Otro artista partió de una cortina vinculada a su memoria familiar para hablar de cambios, rupturas y de un proceso identitario personal. Se trata de un relato legítimo por sí mismo, pero su relación con el aljibe quedó débilmente explicada.
Una cortina puede contener memoria familiar, pero el aljibe contenía la memoria colectiva de toda una isla. Reducir un asunto histórico, patrimonial y medioambiental de semejante densidad a asociaciones personales resulta una aproximación demasiado superficial, casi mezquina frente a la profundidad que ofrecía el tema.
Las referencias familiares y los procesos individuales fueron ocupando el espacio que debía corresponder a una reflexión sobre el agua, el territorio y el patrimonio compartido. Las obras parecían surgir de universos creativos anteriores al festival, mientras la relación con el lema se añadía después mediante explicaciones.
LA CURADORA ACHICA EL VACÍO
Ante aquella desconexión, la curadora Elena García asumió la tarea de hilar las obras y vincularlas con la temática común. Tuvo que llenar con palabras lo que los murales habían dejado seco.
Su discurso hablaba de memoria, territorio, agua y raíces. Los artistas, en cambio, describían búsquedas rápidas, referencias familiares y universos creativos que parecían existir antes de conocer el título del festival.
Por momentos, la curadora encontraba en las obras una profundidad que sus propios autores no parecían reconocer. Más que revelar el camino creativo de los muralistas, tendía después los puentes necesarios para que todos llegaran, aunque fuera verbalmente, hasta el aljibe.
Una obra no tiene que representar literalmente una cisterna ni convertirse en una lección ilustrada de patrimonio. El arte puede ser abstracto, simbólico, íntimo y abierto. Pero si un festival adopta como eje «El aljibe. Memoria subterránea», sería razonable que ofreciera a los participantes algo más que un muro, pintura y una conexión a internet.
Cuando un proyecto sostenido con recursos públicos adopta una temática patrimonial para proporcionar sentido al conjunto, cabe exigir seriedad y compromiso con aquello que anuncia. El tema debe penetrar en la documentación, en la investigación y en el proceso creativo; no limitarse a decorar posteriormente un discurso.
El aljibe funcionó como reclamo y como promesa de profundidad ante una sociedad preocupada por el abandono de su patrimonio. Sin embargo, apenas penetró en la investigación, en el programa o en las obras. La temática tuvo que ser reconstruida después mediante el discurso curatorial.
UNA OPORTUNIDAD PERDIDA
El festival podía haber mostrado que recuperar los aljibes no es solo conservar un bien histórico, sino prepararnos para el futuro. Lanzarote depende de una desalación sostenida, en gran medida, por combustibles fósiles, mientras el calentamiento del Atlántico acerca a Canarias fenómenos ciclónicos hasta ahora excepcionales. Ante una crisis energética, una avería o una catástrofe, recoger y almacenar el agua de lluvia constituye una reserva esencial y una forma de reducir nuestra vulnerabilidad.
También podía haber acercado a los artistas y a la ciudadanía a los sistemas tradicionales de captación de agua, al trabajo de quienes cuidaban los aljibes y al abandono de muchos de ellos.
Había agua suficiente para una reflexión artística, histórica, social y medioambiental profunda.
Sin embargo, casi nadie quiso alongarse.
Las trayectorias y los conflictos personales ocuparon el lugar que correspondía a la memoria colectiva. La temática tuvo que ser reconstruida después mediante el discurso curatorial.
No faltaba tema. Faltó profundidad.
El resultado es un título hermoso, pero en buena medida vacío: tan vacío como muchos de los aljibes abandonados que el festival invoca sin llegar realmente a mirar.