Hasta siempre, amigo

Orlando Umpiérrez García
Me cuesta escribir estas líneas sin que se me cierre un poco la garganta. Porque cuando se va alguien como Augusto, no se va solo una persona: se va una manera de estar, una forma de pensar con elegancia, de mirar con profundidad y de vivir con humanidad. Y, aun así, necesito hacerlo. Necesito dejar por escrito la alegría inmensa de haberme cruzado con él en esta vida… y el vacío que deja ahora, en mí y en el aire de la sociedad en la que vivimos.
A veces la vida te regala encuentros que no anuncian su importancia. Llegan sin ceremonia, casi por casualidad. Yo tropecé con Augusto así, y con el tiempo entendí que aquello no fue un simple cruce: fue una suerte. Porque encontrarte con una mente tan privilegiada no solo te despierta admiración; te obliga, sin imponértelo, a ser mejor: a pensar más claro, a medir más las palabras, a escuchar antes de responder. Augusto tenía esa clase de inteligencia que no necesita demostrar nada. No competía por brillar: iluminaba.
Pero si me preguntas por lo que más echo de menos, no es solo su lucidez (que era muchísima), sino su forma de estar. Augusto tenía algo raro y precioso: hacía fácil lo difícil. Convertía una conversación cualquiera en un lugar seguro. Podías llegar con prisa, con cansancio o con preocupaciones, y sin darte cuenta acababas respirando distinto. Había en él una calma activa: una presencia que ordenaba el ambiente sin dominarlo, como si llevara por dentro un sentido natural del equilibrio.
Y, sobre todo, tenía un humor finísimo, agudo, inteligente, pero nunca cruel. Un humor que no hería: afinaba. Te desmontaba una solemnidad absurda con una frase exacta, en el momento exacto, y te dejaba riéndote de ti mismo sin sentirte pequeño; al contrario, te sentías más humano. En tiempos donde se confunde ironía con desprecio, él tenía esa virtud escasa de la gracia que construye.
Luego estaba su don inmenso para contar historias. Aquí se me escapa una sonrisa inevitable, porque Augusto era un contador de historias grandísimo. No contaba anécdotas: construía escenas. Te ponía el lugar delante, te dibujaba los personajes, te llevaba por los detalles como quien sabe que ahí está la verdad de las cosas. Y cuando remataba, te quedabas riéndote, sí… pero también entendiendo. Porque en sus historias siempre había algo más: una enseñanza sin moraleja, una lección sin sermón.
Y hoy necesito decir también algo que para mí es esencial: su importancia pública para Lanzarote, su huella en lo colectivo, en lo que sostiene una isla.
Porque Augusto no fue solo el maestro brillante y el amigo querido; también fue alguien que entendió muy pronto que en Lanzarote el futuro se juega en dos tableros que lo condicionan todo: la planificación y el agua. Desde la responsabilidad pública se contribuyó a sentar bases de ordenación y de anticipación de necesidades en una isla donde cada decisión territorial pesa décadas; y esa visión no era teórica: era práctica, pegada a la realidad y a sus límites.
En materia hidráulica, su perfil técnico y su paso por responsabilidades vinculadas a obras y planificación dejaron una idea muy clara: sin infraestructuras hidráulicas no hay cohesión, ni desarrollo, ni dignidad cotidiana. Y esa conciencia se tradujo en empuje institucional para priorizar actuaciones de saneamiento, depuración y reutilización ,lo que después cristalizó en instrumentos y programas concretos.
Por un lado, el PSDR (Plan de Saneamiento, Depuración y Reutilización) tuvo reflejo específico en Lanzarote, hasta el punto de que la propia Dirección General de Aguas llegó a convocar asistencia técnica para redactar los proyectos contemplados en el PSDR para la isla. por otro, muchas de esas necesidades y obras terminaron teniendo encaje en el marco estatal, a través del Plan Hidrológico Nacional y su Anexo de inversiones, donde se recogen actuaciones en Lanzarote vinculadas a depuración, saneamiento y pluviales.
No digo esto para hacer un inventario frío de hitos, porque no es así como quiero recordarlo. Lo digo porque, cuando pienso en Augusto, no puedo separar al amigo del servidor público, ni al hombre del legado. Hay personas cuya inteligencia mejora una conversación; y hay personas cuya inteligencia, además, ayuda a ordenar el futuro de su tierra. Augusto para mí pertenece a esa estirpe.
Por eso su ausencia pesa doble. Pesa en lo íntimo: en esa tentación de querer comentarle cualquier cosa, en el impulso de buscar su mirada para confirmar que aún queda sensatez, en la certeza de que con él el mundo era un poco más habitable. Y pesa en lo colectivo: porque cuando se van personas así, se empobrece el aire. Se pierde una forma de conversar, de discrepar sin romper, de pensar sin gritar, de servir sin vanidad.
Hoy quiero quedarme con la gratitud. Con la alegría honda de haber coincidido con él. De haber aprendido a su lado incluso sin que él pretendiera enseñar. Y con una responsabilidad íntima: que su ejemplo no se quede en un recuerdo bonito, sino en una manera de estar un poco más digna, un poco más serena, un poco más humana.
Augusto, gracias. Gracias por tu humor, por tu claridad, por tus historias, por tu respeto. Gracias por tu huella en la vida de los que te quisimos… y por tu huella en la isla que ayudaste a pensar y a sostener.
Hasta siempre, maestro.
Hasta siempre, amigo.