Lunes, 27 Julio 2026
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Por Laura Morant

Genuina, refrescante y electrizante armonía, enfrascada en un impecable y meticuloso efímero espacio apoyado en la pared del mar; con el cielo por techo y con el imprevisible viento por maltrecho aire acondicionado. Coronado por el mejor de los escenarios alzados en Canarias, con tres brillantes pantallas —La Niña, La Pinta y la grande, La Santa María— y esa perfecta entramada cúpula. ¡Señora! Toda una obra de arte preparadísima pa’ la batalla: atrapar cada nota, alumbrar como se debe y combatir, hasta llegar a la última estrofa y aplauso, contra cualquier atrevida ráfaga del Céfiro que quisiera herir el instante.

¿Qué describo? ¡Amiga! Lava Live Festival Lanzarote Music Festival, sábado noche, 24 de julio, concierto de Juan Luis Guerra. ¡Mítico! ¡Único! ¡Inigualable! Sí. Te lo has perdido. Una oda al amor sin rancia cursilería; el mejor de los discursos políticos contra el odio, el racismo, la xenofobia, el machismo, la misoginia. Sin oratoria, sin verborrea, sin convencer. La más pura y sincera expresión de solidaridad, compañerismo, hermanamiento, igualdad, comunidad e integración. Con música, ¡Señores! ¡Señoras! Y con la expresión en bailes y pensamientos materializados en letras. Pura brutal magia.

Con mis disculpas a los artistas anteriores —que con intención no fui a ver pa’ guardarme las energías— me acerqué al recinto exclusivamente a visitar al dominicano. Pero no me cabe duda de que Ana Mena, Juanma Restrepo, Ventura y Malpeis deleitaron a su público con su arte. Llegué con la inconfundible energía del DJ Renzzo El Selector, que cumplió su faena a la perfección, a la espera del artista solista más premiado en la historia de los Latin Grammy, con 31 galardones de 52 nominaciones.

Nos hizo antesala como buen caribeño. 21:34 horas. Peces, palmeras, ondas, colores brillantes, olas, dulces, confetis, paletas, caramelos, círculos gigantes cayendo. Color, colorines, colorinches. Rojo, azul, rosa, flores moradas, formas abstractas que laten: pum, pum… con la música. Humo, humo lila, ritmo. Siluetas de músicos. Una banda. Un vocalista, tecladista, gente de viento, un baterista, un bajista, el del saxo por ahí. En total, 14 o 15…. No sé. Todos elegantes, de uniforme, de azul. como el mar. Una figura en el centro: espigado y ligeramente encorvado, con bombín, la mano en el oído izquierdo. Un fondo… Azul,… como el mar, letras gigantes en neón rosa: DÍMELO PRONTO.

Entonces: Euforia. De todas, de todos. Gritos. Silbidos. Cantos:

Yo fui tocando mil veces. Ay, Rosalía. Pa’ que me abrieras la puerta. Ay, Rosalía. Pero tu amor enloquece, mira. Ay, Rosalía. Y a veces le da sordera. Ay, Rosalía…”.
Y desde ese “Ay, Rosalía” hasta la mítica “La bilirrubina” no hubo un parar.

Frase cliché, pero adecuada: Juan Luis Guerra se ha superado. Pero no a sí mismo. Supera con creces —y más allá— a muchos otros artistas: los nuevos, los de ahora, los viejos, los de antes. Con distancia y en tantos matices. No ha perdido su identidad: la ha mejorado, ha evolucionado, sin dejarse arrastrar por tendencias, pero añadiendo algo tan desconocido que no sé ponerle nombre. Le ha dado más ritmo a su ritmo para no agotar al espectador, pero tampoco dejarle parar, con una eterna continuidad en cada canción, hilada con una invisible nota musical. Ha refrescado la Bachata, el Merengue, el Son Cubano, el Pop Latino, el Rock and Roll, la Música Africana y el amado, eterno e improvisado Jazz, con el inconfundible saxo. Los ha fusionado, ha preparado una Mamajuana y allí las presentes nos la hemos bebido hasta la última gotita.

Ha sido tan inteligente en el orden y tino del concierto. Tan inteligente que me quito su sombrero y, señor, le hago una reverencia. Las primeras, las más nuevitas, y a estas las pone largas: “La travesía”, “Vale la pena”, “La llave de mi corazón”, “Como yo”, “Así bonito”, “Estrellitas y duendes”, mi preferida:

“Viviré en tu recuerdo. . Como un simple aguacero. De estrellitas y duendes. Vagaré por tu vientre. Mordiendo cada ilusión.
Las siguientes: un sin parar de grandes éxitos, canciones remasterizadas: “La hormiguita”, “Bachata en Fukuoka”, “Que me des tu cariño”, “Mi bendición”, “Frío, frío”, “Burbujas de amor”.

Otro matiz del artista filósofo y literato de la Universidad de Santo Domingo: descansa con generosidad a mitad de camino. Pero pa’ nosotras, nosotros, no hay tregua. Eso no. Y al micro cubren dos miembros de la banda 4.40. Seguimos: “DJ Bachata”, “Tú”, “Santiago en coche”, “Visa para un sueño”, “Como abeja al panal”, “El costo de la vida”.

“¿Quién es de Lanzarote?» Alzada de manos «¿Y de mi tierra?» Alzada de manos «¿De Cuba?» Alzada de manos «¿De Venezuela?» «¿Colombia?» Alzada de manos «¿Panamá?» Alzada de manos » ¡Ah, de Uruguay!» «¿Alguien más?”

En ese momento emergió una energía electrizante, contagiosa, colectiva. Desconocidos bailando en círculo, moviendo el cuerpo sin tino y alegre frenetismo. Sonrisas, sonrisas, sonrisas. No miraban ya ni al escenario. Disfrutaban entre ellos y ellas, con todas y todos. Ya lo he dicho antes: ¡Mágico! “Ojalá que llueva café en el campo”.

Los colores infinitos continuaban; las figuras imposibles, los relatos sin final en imágenes oníricas prometen rescatar para este presente el estilo Miami retro–vaporwave en la LED bautizada en estas letras mías como La Santa María.

Bailamos. Bailamos. Y bailamos: “El farolito”, “Las avispas”, “Bachata rosa”, “A pedir su mano”. Y bailamos paz, armonía y hermanamiento. Amor, sin cursilería. Sin morritos, ni espantos.

Y así nos finiquitó el tímido compositor de Jazz. Con la inofensiva “Bilirrubina” a tope. Porque nos finiquitó a gustito. Felices, radiantes, tras casi dos horitas que parecieron dos segundos de pleno disfrute sensorial sonoro. Grande el cantante del amor, la paz y la libertad, que sin palabra discursó la mejor defensa contra esta era que tanto está de moda del odio, racismo, corruptela y retroceso de las libertades y la cultura ¡Y la cultura! No nos despistemos.

¡Up! Otro matiz del cantante, con 40 años de trayectoria en este mundillo: 4 álbumes de estudio, 2 EPs, 2 álbumes en vivo, 55 sencillos y 251 canciones grabadas. Su generosidad llegó hasta el final con los créditos en las tres inmejorables, definidas y perfectisimas pantallas, como el remate de una gran película, nombrando a cada miembro de su equipazo, formado por decenas de mujeres. ¡Sí, señoras! Ellas, sonrientes, también estaban en el escenario. Con un gran GRACIAS terminó. Y qué menos que responder ¡A USTED, MAESTRO, GRACIAS MIL!

Y a la organización, por supuesto, que es de biennacida ser agradecida, y solo por traerlo tiene su gran mérito. Pero es que se me caía la baba ya solo con la acústica y el escenario ¡Qué regusto!

Por cierto, el temido y brabucón viento se rindió al primer milisegundo solo subir el grande a la tarima.

Pd: Texto elaborado artesanalmente (sin colaboración de la amiga IA).




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