Martes, 31 Marzo 2026
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Playa Honda playas

Por Ana María Doreste Buerles

 

La luz en Playa Honda no es un simple reflejo; es una presencia sólida que lo ocupa todo. Se enreda en la espuma que lame la orilla con una insistencia mansa y estalla en el contraste casi eléctrico de las tablas de surf y el color sintético de los bikinis que salpican la arena. Es una claridad tan cruda, tan despojada de artificios, que parece filtrar también la mirada de quienes caminamos por aquí, devolviéndonos una serenidad que solo se encuentra en estos costados del Atlántico, donde el horizonte no es una línea, sino una promesa de permanencia.

 

Caminar por esta orilla solitaria, en ese tramo donde el mar apenas se atreve a ser ola, me devuelve una sintonía que creía extraviada en algún despacho o en alguna sala de espera. Siento cómo el cuerpo, ese gran olvidado durante los meses de ruido y urgencias, empieza a dictar sus propias leyes. La piel es el primer órgano que agradece esta tregua; acepta el salitre y el sol sin protocolos, simplemente rindiéndose a un estado de gracia que, por su profundidad, termina por asustar.

 

Es entonces cuando aparece el remordimiento, esa sombra de incredulidad que nos persigue a quienes hemos hecho de la tensión una forma de vida. Me invade la extraña sensación de quien se ha escapado de puntillas de una fiesta aburrida o de una batalla perdida. Mientras el mundo sigue su curso acelerado, yo me descubro aquí, escondida en el paisaje, asistiendo a una curación que no figura en ningún manual de procedimientos.

 

Miro hacia el horizonte, hacia ese punto donde el azul se funde con la calima, y me asalta una sospecha recurrente: que en cualquier momento alguien podría señalarme desde la distancia, sacarme de mi escondite y obligarme a volver al orden, a la rutina del expediente y al rigor del reloj. Hay algo de clandestinidad en esta paz; parece casi ilegal haber encontrado un trozo de bienestar tan puro en medio de tanta inercia administrativa. Uno llega a pensar que, en la métrica de lo cotidiano, la felicidad sin causa justificada debería ser motivo de sanción.

 

Pero mientras esa llamada no llega, mientras el sistema no reclama su cuota de estrés, decido quedarme en mi tregua. Permito que este viento de Lanzarote, que a ratos me estremece recordándome que estoy viva, termine por desdibujar mis bordes. Me dejo llevar por él, disolviéndome entre la arena y el salitre con la paciencia de quien sabe que el tiempo es solo esto: un cuerpo dejando de ser un peso para empezar a ser, simplemente, isla.

 

Ana María Doreste Buerles


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