La isla en llamas

Por Fabio Carreiro
- Lancelot Digital
Una huelga de basuras podría ser una noticia más en la sección de actualidad de un periódico como, por ejemplo, el Lancelot. En La isla en llamas, Mar Arias Couce convierte esa posible noticia en el principio de una novela negra. La escritora y periodista publica con Editorial Siete Islas una historia en la que el incendio de unos contenedores desbordados de basura en Arrecife, en medio de un conflicto laboral, se convierte en la puerta de entrada a un misterio que nos mantendrá en vilo hasta el final. Los nombres de los lugares han cambiado, pero no resulta difícil reconocerlos. Cualquier lector que conozca Lanzarote y la ciudad de Arrecife podrá reconstruir detrás de la ficción una geografía familiar y, con ella, algunos de los problemas que afrontamos, a diario, sus habitantes.
Esa cercanía entre lo inventado y lo reconocible constituye uno de los atractivos de la novela, pero también una de sus dimensiones más inquietantes. La condición de periodista de Mar Arias Couce resulta fundamental para entender esa cercanía y la mirada de la novela. Hay en La isla en llamas una atención especial hacia los detalles de la vida cotidiana, hacia aquello que suele quedar fuera de los titulares. La autora sabe que detrás de un contenedor ardiendo hay trabajadores, vecinos, decisiones políticas, conflictos sociales y una manera particular de gestionar una ciudad. Después del conjunto de relatos El hombre al que le gustaban las manzanas, publicado en 2020 por el Servicio de Publicaciones del Cabildo de Lanzarote, Arias Couce aborda ahora una novela de estructura policíaca protagonizada por la periodista Berta Muñoz y el policía Miguel Toledo, junto a sus amigos Paco y Gabi. Aunque debo reconocer que, de todos los personajes, sentí una especial debilidad por uno secundario: Brahim que, con su amor por la isla y su deseo de lograr un futuro mejor, sin necesidad de ocupar el centro de la trama, consigue hacerse un lugar propio en mi memoria como lector.
Durante un verano particularmente tórrido, los incendios de contenedores, la acumulación de basura y la aparición de un cadáver en Arrecife irán componiendo una trama en la que la investigación criminal terminará revelando también las diferentes capas de una ciudad. La novela comienza con una Arrecife que se deteriora. La basura se acumula, los malos olores, las ratas y las cucarachas invaden las calles y aquello que normalmente desaparece de nuestra mirada se vuelve omnipresente. Ahí aparece uno de los hallazgos del libro. Mar Arias Couce utiliza el humor y la ironía para hablar de un problema que solemos contemplar únicamente desde su dimensión administrativa. El fuego, por su parte, introduce un elemento casi simbólico. Alguien quema los contenedores, destruye pruebas y, en consecuencia, provoca la puesta en marcha de una investigación, pero también parece revelar una ciudad que ya estaba ardiendo antes de que aparecieran las llamas. No es casualidad que la ficción resulte tan cercana a la actualidad. La realidad de Arrecife es que ha conocido en los últimos años episodios de incendios de contenedores y conflictos relacionados con la gestión de los residuos.
La isla de Lanzarote y la ciudad de Arrecife aparecen a lo largo de la novela sin necesidad de ser nombradas constantemente. Están en las calles, en los recorridos de los personajes, en sus amistosas cenas, en el calor del verano… En la presencia de los turistas en condiciones desfavorables. Porque el turismo está presente de forma constante en La isla en llamas. En Lanzarote resulta difícil que no lo esté. Forma parte del paisaje económico, pero también de la vida cotidiana, de los precios (como el del vino, al que se alude en la novela), de la vivienda, del empleo, de las migraciones y de la manera en que se construye la imagen exterior de la isla.
Mar Arias Couce mira hacia la isla de quienes trabajan durante todo el año, de quienes necesitan encontrar un lugar donde vivir y de quienes utilizan diariamente unas infraestructuras y unos servicios claramente insuficientes para la población y los turistas que se encuentran en Lanzarote. Como ocurre en buena parte de la tradición de la novela negra, el asesinato es una forma de entrar en una sociedad, de descubrirla. En La isla en llamas, la investigación permite acceder a diferentes ambientes y poner en contacto a personajes que pertenecen a realidades distintas. Arias Couce incorpora cuestiones como la migración, el racismo y las desigualdades sociales, pero no necesita convertirlas en un discurso añadido a la trama. Aparecen encarnadas en personajes (Brahim y Rachid) y situaciones concretas (las acusaciones que sufren, la casa ocupada donde residen), en las relaciones que establecen entre ellos y en la manera en que una ciudad trata a quienes la habitan. Y junto a los conflictos aparecen también la solidaridad y la humanidad, como la del inspector Reguera, evitando que ese retrato social quede reducido a una sucesión de males. En este sentido, también aparece la política (el alcalde Umpiérrez, el concejal Páez) y, con ella, la corrupción y la responsabilidad de quienes toman decisiones, sin olvidar en última instancia, a quienes corrompen. La novela utiliza estos elementos sin abandonar su vocación de entretenimiento, pero introduce una mirada crítica hacia la gestión de lo público que resulta especialmente reconocible en una historia situada en Arrecife, donde tristemente la corrupción es una tradición de nuestra política. Tal vez por eso haya momentos en que uno desearía que la ficción estuviera más alejada de la realidad cotidiana. El personaje de Berta Muñoz permite, finalmente, a Mar Arias Couce introducir otra de las cuestiones centrales de la novela: el periodismo.
Y aquí resulta difícil no recordar que la propia autora conoce muy bien ese oficio desde dentro. Berta, en su condición de periodista sirve para plantear qué significa contar una historia y qué responsabilidad existe detrás de la información. El periodismo aparece así sometido también a su propia mirada crítica. Investigar no solo consiste en descubrir algo, tiene que ver con decidir qué hacer con aquello que se descubre. Un compromiso. En ese sentido, Berta puede leerse como una prolongación literaria de una pregunta que atraviesa cualquier ejercicio responsable del periodismo: ¿para quién contamos lo que contamos? La novela tampoco idealiza esa función. Berta no es una heroína que posee la verdad y la entrega intacta al lector. Es una periodista que intenta encontrarla y pone en ello todo su esfuerzo. Las nuevas tecnologías y las redes sociales forman parte también de la investigación y adquieren una función relevante en la resolución del misterio de la novela. Es un rasgo que sitúa la novela en el presente. La investigación criminal contemporánea ya no puede separarse completamente de la huella digital que dejamos a nuestro alrededor.
Pero la presencia de las redes introduce además una paradoja. Nunca habíamos tenido tanta información a nuestra disposición y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan complicado distinguir aquello que importa. La novela utiliza ese escenario tecnológico sin renunciar a los mecanismos tradicionales de la literatura policial. En la novela encontramos, por supuesto, pistas, sospechas, engaños, descubrimientos y falsas apariencias. La novela funciona porque sabe entretener, porque tiene ritmo y porque la investigación consigue arrastrar al lector hasta el final. Pero funciona también porque detrás del misterio hay una ciudad reconocible, con su basura, sus conflictos y sus miserias, pero sobre todo, con todo su potencial de belleza. Una Arrecife que existe más allá de los nombres inventados por la ficción. Con todo, La isla en llamas quiere, sobre todo, ser leída. Y quiere que el lector continúe leyendo. Es una historia entretenida, con sentido del humor y con un ritmo que empuja hacia delante. Una vez que comienzan los problemas y la investigación, los acontecimientos van sucediéndose con rapidez y el lector entra en esos mecanismos adictivos de la novela negra. Si se acercan a su librería más cercana y se hacen con un ejemplar, acabarán leyendo en una tarde La isla en llamas como si tuvieran fuego en las manos.