Lanzarote: la isla que uno cree conocer… hasta que la descubre de verdad

Pepe Oneto
Más allá de sus playas y paisajes volcánicos, Lanzarote revela su verdadera esencia en sus Centros de Arte, Cultura y Turismo, donde naturaleza, gastronomía, sostenibilidad e identidad conviven en un modelo único que transforma la visita en una experiencia inolvidable.
Hay viajes que terminan cuando el avión toma tierra de regreso. Y hay otros que permanecen para siempre en la memoria porque, más que un destino, nos descubren una forma distinta de mirar el mundo. Eso es exactamente lo que me ha sucedido con Lanzarote.
El pasado 13 de julio tuve el privilegio de moderar y dirigir una jornada gastronómica organizada por la Cofradía Gastronómica La Isabela, presidida por José Luis Ruiz y con un vicepresidente tan activo y comprometido como Ángel Álvarez, verdadero motor de una entidad que trabaja con entusiasmo por la defensa y promoción de la cultura gastronómica. Aquella jornada fue impecable. Todo fueron muestras de afecto, hospitalidad, profesionalidad y cercanía. Me sentí como en casa desde el primer instante.
Mi gratitud se extiende igualmente a dos grandes empresarios, Domingo Rodríguez y Ramón Melián, cuya hospitalidad y generosidad representan a la perfección esa manera tan especial que tienen los lanzaroteños de recibir a quienes llegan a su tierra. Personas que engrandecen el nombre de la isla dentro y fuera de Canarias.
Aproveché aquella invitación para permanecer una semana en Lanzarote. Pensaba que conocía la isla. Como tantos otros, la asociaba a sus playas, a su clima privilegiado y a esos paisajes volcánicos que parecen sacados de otro planeta. Pero descubrí que estaba profundamente equivocado. Lo que realmente desconocía era el alma de Lanzarote.
Y ese descubrimiento tiene un nombre propio: Sergio Machín.
Con la sencillez de quien ama profundamente su tierra, Sergio tuvo la enorme generosidad de dedicarnos toda una mañana a Ángel Álvarez y a mí para enseñarnos algunos de los lugares más extraordinarios de la isla. No fue una simple visita turística; fue una auténtica lección de amor por Lanzarote.
El Mirador del Río, los Jameos del Agua, la Cueva de los Verdes, el Jardín de Cactus… Cada espacio superaba al anterior. Cada rincón transmitía la sensación de que naturaleza, arte, arquitectura, historia y respeto por el entorno podían convivir en una armonía casi perfecta.
Confieso que quedé absolutamente maravillado.
Aquellos lugares no son únicamente recursos turísticos. Son una declaración de principios. Son la demostración de que el desarrollo puede construirse desde el respeto al paisaje, desde la cultura y desde la identidad de un pueblo que ha sabido convertir sus singularidades en patrimonio universal.
Fue imposible no pensar entonces en la extraordinaria labor que realiza Ángel Vázquez al frente de los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote. Detrás de cada uno de esos espacios existe una gestión rigurosa, una visión de futuro y, sobre todo, una pasión contagiosa.
Hace algún tiempo tuve la oportunidad de compartir una comida con Ángel Vázquez. Recuerdo perfectamente cómo hablaba de estos centros. No lo hacía como quien gestiona una empresa pública. Hablaba con el entusiasmo de quien cree profundamente en lo que representa. Cada explicación iba acompañada de ilusión, conocimiento y orgullo. Sabía transmitir el valor de un proyecto único en el mundo.
Ahora, después de recorrer algunos de esos espacios, entiendo perfectamente aquella pasión.
Porque los Centros de Arte, Cultura y Turismo no son únicamente lugares para visitar. Son la esencia misma de Lanzarote. Son el reflejo del extraordinario legado que convirtió la isla en un ejemplo internacional de integración entre el ser humano y la naturaleza. Son una forma inteligente de entender el turismo, alejada de la masificación y cercana a la excelencia.
Y existe otro aspecto que me sorprendió gratamente: la gastronomía. En todos estos centros aparece como un elemento fundamental de la experiencia. No se trata únicamente de contemplar paisajes inolvidables; también se invita al visitante a conocer los productos de la tierra, la cocina local y la identidad culinaria de una isla que ha sabido convertir su territorio en una fuente inagotable de sabores.
Ángel Álvarez, que compartió conmigo aquella inolvidable jornada, quedó tan impresionado como yo. Ambos coincidíamos en la misma reflexión: nadie puede afirmar que conoce realmente Lanzarote si no ha recorrido estos espacios extraordinarios. Son ellos los que permiten comprender la verdadera dimensión de una isla absolutamente singular.
Y eso es precisamente lo que deseo transmitir desde estas líneas.
Lanzarote no es solo un destino de sol y playa. Lanzarote es cultura, es arte, es paisaje, es sostenibilidad, es gastronomía, es emoción y es inteligencia colectiva. Es una isla que invita a detenerse, a contemplar y a comprender que existen lugares donde el turismo puede convertirse en una experiencia enriquecedora para el visitante y también para quienes tienen la responsabilidad de conservar ese inmenso patrimonio.
Aún me quedan muchos rincones por descubrir. Muchos centros por visitar. Muchas historias por escuchar. Y esa es, quizá, la mejor noticia. Porque Lanzarote no se agota en un viaje; Lanzarote invita siempre a regresar.
Gracias, Sergio Machín, por enseñarme la isla desde el corazón. Gracias, Ángel Álvarez, por compartir conmigo una jornada que difícilmente olvidaré. Y gracias también a Ángel Vázquez por custodiar, impulsar y proyectar con tanta dedicación un modelo turístico y cultural que constituye uno de los mayores orgullos de Lanzarote.
Después de esta experiencia puedo afirmarlo con absoluta convicción: quien visite Lanzarote y no descubra sus Centros de Arte, Cultura y Turismo habrá conocido una hermosa isla; quien los recorra habrá descubierto, además, su verdadera alma.