Sábado, 13 Junio 2026
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Por Francisco Pomares 

  • Francisco Pomares
  • Cedida

Era mentira: nos dijeron que las joyas encontradas en la caja fuerte del despacho de Zapatero en el PSOE tenían un valor asumible, esos entre treinta y cincuenta mil euros, según aseguró públicamente el presidente del Ateneo de Madrid, amigo y portavoz de Zapatero en la aventura de explicar lo de las joyas de la abuela. Treinta mil pavos en joyas heredadas es algo compatible con la historia vital de una familia de clase media-alta, o con caprichos acumulados durante décadas. Pero ese millón largo de ahora no es compatible con ninguna explicación. No se trata tanto de la culpabilidad penal de Zapatero -que tendrán que determinar los tribunales- sino del arrasamiento de su credibilidad.

La hipótesis que nos vendió se ha derrumbado como un castillo de naipes ante el primer análisis serio. La joyería madrileña Ansorena (también casa de subastas), ha dejado el asunto como quien dice, visto para sentencia. No eran treinta mil euros, ni cincuenta mil. El valor de las joyas de la abuela es de un millón trescientos mil euros en una primera aproximación.  Los de Ansorena son expertos tasadores. Por eso se les encargo el peritaje a ellos.

Lo importante es que -por esa tasación-, la Fiscalía ha decidido investigar las consecuencias tributarias de la primera mentira descubierta. Es muy revelador es contemplar la incómoda comparecencia pública del presidente del Ateneo de Madrid, Luis Arroyo, sociólogo y consultor de comunicación política, que colaboró con Zapatero, y ocupando puestos vinculados a la Secretaría de Estado de Comunicación de su Gobierno. El hombre se ha visto obligado a pedir disculpas por haber transmitido una información que hoy sabe que era falsa de toda falsedad. No parecía ayer Luis Arroyo el portavoz arrepentido de una conspiración, ni el ejecutor de una estrategia política. Parecía simplemente un hombre avergonzado por haber repetido algo que sin duda creía cierto, porque confiaba en quien se lo había contado. ¿Seguirá confiando? Sus balbuceantes explicaciones ante los medios hacen pensar que al menos se ha instalado un espacio propicio a la duda. Como nos ocurre a todos los demás.

La presunción de inocencia sigue existiendo. Serán los tribunales quienes decidan si hubo delito fiscal o no, si las joyas proceden realmente de una herencia familiar, si fueron declaradas correctamente, si las cuotas defraudadas alcanzan o no los umbrales que convierten una infracción fiscal en un delito penal. Todo eso pertenece al terreno de la investigación judicial. Pero la credibilidad política funciona con reglas distintas. Zapatero compareció en el Senado con una seguridad casi desafiante cuando fue convocado a dar explicaciones por sus devaneos y amistades peligrosas en el caso Plus Ultra. En el Senado negó cualquier irregularidad. Descalificó las sospechas y presentó las acusaciones como una campaña de persecución política, lo mismo que ahora se hace de forma organizada desde Moncloa y el PSOE. Lo hizo Zapatero apoyándose en el capital humano acumulado durante décadas: la confianza de quienes estaban dispuestos a creerle.

Ese capital se ha agotado. Y cuando un político pierde la capacidad de convencer incluso a quienes le han defendido siempre, cuando quienes daban la cara por él deben salir después a rectificar y pedir perdón, el dilema deja de ser jurídico para convertirse en un dilema humano: Zapatero aspiró durante años a desempeñar el papel de referente ético de la izquierda española. No quiso ser únicamente un expresidente. Quiso convertirse en una autoridad moral. En alguien cuya palabra tuviera un valor especial dentro y fuera de su partido. Y a pesar de haber sometido al país a una tensión política innecesaria, provocando el inicio del hundimiento de los consensos sobre el pasado esforzadamente construidos en la Transición, porque le convenía electoralmente… a pesar de haber engañado a los ciudadanos negando la importancia de la crisis económica o mintiendo sobre los brotes verdes, a pesar de todo eso, Zapatero logró su propósito y pudo retirarse como un hombre que hizo las cosas mal, pero nunca robó. Por eso el deterioro actual resulta tan devastador: el PSOE gana tiempo con declaraciones cada vez más medidas, y Moncloa cabildea, pero una vez perdida la confianza ciudadana, ni las ruedas de prensa, ni los argumentarios conjuntados o las jornadas de reflexión puede recuperarla.

Quizá por eso Zapatero ya no intenta convencer a la opinión pública de su inocencia. Esa guerra está perdida. Su única esperanza es jurídica: que las pruebas obtenidas no sean válidas, que las acusaciones no puedan sostenerse o que las cantidades investigadas no alcancen los límites penales exigidos por la ley. Todos los ciudadanos tienen derecho a defenderse. Pero hay diferencias entre evitar una condena y recuperar el prestigio. Lo primero depende de los jueces. Lo segundo ya no arregla ni el medico chino. Las joyas pesan demasiado.


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