Miedo

Por Fco. Manuel Fajardo Palarea
Con ocasión de mi último viaje como senador por las islas de Lanzarote y La Graciosa y miembro de la Mesa del Senado del Reino de España a Costa Rica y El Salvador, con más algunas de las circunstancias que se están dando en la política española, pude comprobar cómo a veces el Estado devora las libertades que dan sentido a la democracia en el contexto de proteger su eternidad.
El que abusa del poder siempre intenta justificarse. Pocas excusas son tan eficaces como la seguridad. En su nombre, el autócrata puede vigilar, detener, amordazar y violar los derechos que tanto nos ha costado alcanzar. Lo que en tiempos normales sería algo intolerable aparece de pronto como una medida urgente. Casi inevitable.
Comienza identificando un peligro real o verosímil. Lo presenta como una amenaza existencial. Lo personifica. Se convierte en "el enemigo". Los que se oponen se convierten en ingenuos, cobardes o cómplices. En ese momento se enaltece y se autocorona como la única opción para frenar la amenaza. Como única barrera entre la sociedad y el caos total.
La complejidad es enemiga del terror
No importa que el peligro sea más complejo que el relato. La complejidad es enemiga de algo tan básico como el terror. Para el tirano vale más una detención masiva, un despliegue militar o una nueva cárcel que investigar las causas del delito, fortalecer la justicia o prevenir el reclutamiento criminal. Investigar exige tiempo, instituciones y resultados. Actuar con inclemencia e irracionalidad da, por el contrario, una imagen inmediata de control.
La violencia seduce porque parece resolver en días lo que la democracia no pudo resolver en años. También castiga a instituciones desacreditadas. ¿Que los jueces son lentos? No es por respetar el debido proceso, sino por proteger a delincuentes. ¿Que el Parlamento debate? Está obstruyendo el progreso. ¿Que la prensa investiga abusos? Debilita al Estado y hay que controlarla.
Si una organización defiende la presunción de inocencia, el debido proceso, está del lado de los criminales.
Así comienza la erosión de los derechos. No necesariamente con tanques en la calle, sino con una esmerada sucesión de decisiones aparentemente formales y legales. Te resultarán conocidas situaciones donde emergencias se prorrogan, donde parece que los tribunales responden a tendencias políticas, donde se enaltecen leyes que socavan la intimidad y privacidad, donde se procuran reformas electorales favorables a quienes piensan que pueden ostentar el poder YA, donde se intimida a la prensa y se amenaza a medios de comunicación con motosierras o bombas atómicas, o donde quienes no pensamos como los que se auto proclaman patriotas, personas de bien y buenos españoles, simplemente, nos vemos retratados como los nuevos enemigos indiscutibles de la nación.
El significado de la democracia
Es entonces cuando la democracia pierde su significado extenso y se reduce al mero derecho al voto. El gobernante que alcanza la mayoría, amparado en el poder conferido por el pueblo, modifica las reglas del juego, comienza a acaparar a los jueces y limita el derecho de los ciudadanos en aras de levantar los muros que los protejande las amenazas discernidas.
Lo que el ciudadano recuerda poco es que esos muros no están erigidos para protegerlo. Son las paredes de una cárcel construida con bloques de miedo. Las personas pueden ser detenidas pronto sin conocer la acusación. Son vigiladas por presunción de culpabilidad. Se les puede castigar por expresar una opinión.
Entonces, la seguridad se convierte en lo que dicta el tirano. La arbitrariedad estatal no constituye inseguridad. Los primeros en sufrirla son los que tienen menos recursos, a los que llamarán vagos y maleantes. Después llegan los extranjeros, que roban el trabajo a los dignos ciudadanos nacionales. Después, los jóvenes de barrios estigmatizados, a los que se detiene por parecer sospechosos de actos meramente imaginados. Por último, los opositores, que se convierten en cómplices necesarios de la nueva inseguridad al defender a los anteriores.
Luego eres tú, si te atreves a contradecir la palabra o a pensar por ti mismo.
Entonces, recordemos.
El miedo enaltece al tirano
Recordemos que un estado policial no se define por tener un número desproporcionado de agentes, sino por la sospecha que ocupa el lugar de la prueba, la detención que se convierte en pena, el silencio que se interpreta como aceptación de culpa y las fuerzas de seguridad del Estado que responden a una persona antes que a la ley.
Recordemos que las emergencias existen y pueden requerir medidas excepcionales, pero la excepcionalidad necesariamente implica una limitación, una justificación y una temporalidad. Si a las características otrora mencionadas no se les da la debida respuesta, la suspensión de cualquier garantía deja de ser una herramienta para dar seguridad y se convierte en un régimen de poder.
Recordemos que el miedo enaltece al tirano, que necesariamente debe hacer creer al pueblo que es insustituible. La alternancia de poder, la democracia, se convierte en una amenaza velada. Pero el pueblo debe recordar la historia. Debe recordar que la eficacia no borra a los inocentes encarcelados, a los pensadores fusilados ni a los torturadores convertidos en justicieros.
¿Cuál es entonces la alternativa?
La alternativa es un Estado sometido al derecho
No es la pasividad. Es un Estado firme y sometido al Derecho. Tener una policía profesional, estadísticas auditables, fiscales capaces de investigar, jueces independientes, programas de protección de testigos, políticas justas de prevención, atención a las víctimas y sanciones para quienes abusan de su poder.
Y sí. Es posible que la libertad sin seguridad se convierta en una promesa vacía. Sin embargo, la seguridad sin libertad es sinónimo de obediencia servil. Quizás Goya quería hablarnos de esto cuando pintó Saturno devorando a su hijo. De cómo una democracia se transforma en una autocracia. De cómo un padre devora a su hijo, la democracia, para alcanzar el poder. De cómo la oscuridad y el miedo, expresados en trazos agresivos sobre un lienzo, terminan dominando el espíritu de las personas y arrastrándolas hacia la bandera de la inhumanidad, aunque tenga los colores rojigualda y la lleven en sus muñecas.
Quizás sea una advertencia del pasado. Una advertencia que en el presente no debemos ignorar.
Fco. Manuel Fajardo Palarea, senador del PSOE por Lanzarote y La Graciosa.