Martes, 07 Abril 2026
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EL FORO DE LOS BALBOS. Por Mar Arias Couce

Un mes. Ese es el tiempo que llevamos sin salir de casa los fines de semana con el objetivo de acabar por reducir al virus de la gripe, pero se ve que le ha gustado la compañía y se ha instalado de por vida entre nosotros. Primero fue mi hijo mayor el que cayó en sus redes, luego el pequeño, luego mi media naranja, que el pobre se quedó exprimido de la intensidad vírica del asunto, y finalmente, yo. Y, como no podía ser de otra manera, a mí me dio más variada y rara que a nadie, y además de las toses, las fiebres y las mucosidades varias, añadía a la lista de patologías una otitis de campeonato. No soy hipocondríaca. Mas bien al contrario. Huyo de los médicos porque me dan pavor y siempre voy cuando ya no tengo otro remedio, muchas veces demasiado tarde para solucionar nada. Esta vez, eran tan agudo el dolor de oídos que decidí no hacerme la fuerte y me fui, después de una tarde soportando dolores innecesarios, a Urgencias, donde me dieron un vademécum completo para mí solita y todos mis males. Al segundo día de la medicación, más mareada aún que al principio, decidí leerme los prospectos de todos los medicamentos que habían entrado temporalmente en mi vida. En qué momento se me ocurrió semejante idea. Uno de ellos, curiosamente el que tenía que tomar durante más tiempo, tenía una lista de posibles efectos secundarios más larga que la de los Reyes Godos. Nauseas, mareos, vómitos, desmayos, perforaciones (en ocasiones mortales –esto es literal, que digo que yo que menos mal que sólo en ocasiones porque tomarse un medicamento porque te duele el oído y morir perforada, que sé yo, me parece feo-), taquicardias, sarpullidos y una retahíla de cosas raras que te hacen pensar que estabas mucho mejor antes de tomar la pastillita de marras. Pese a todo, como soy mujer disciplinada, me obligué a tomar el perforador durante el tiempo que duraba la medicación. Cada vez que tomaba una pastilla me imaginaba con un boquete de cincuenta centímetros en medio del estómago (por aquello de la perforación, supongo) que, por otra parte, les resultaba la mar de cómodo a mis hijos a la hora de darme sus cosas para no tener que cargar con ellas. Afortunadamente, la medicación se comportó comedidamente con mi organismo y no me salieron varias cabezas, ni escamas de dragón (al menos que yo haya notado que, como cada vez me miro menos en el espejo por falta de horas en el día, todo puede ser). Cuando ya parece que la gripe está dejándome tranquila, el mayor se ha vuelto a reenganchar y ya ha llegado a casa tosiendo y moqueando. Sospecho que hemos entrado en un bucle sin fin. Yo creo que el problema es que no me estoy planteando las cosas con perspectiva porque podríamos firmar un contrato eterno con una compañía farmacéutica para representar todos sus productos antigripales y así, al menos, vivíamos del tema. Seguro que si llegáramos a firmarlo, nos curábamos todos de golpe y nos mandaban a paseo. Así no hay manera.


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