OPINIÓN. Imaginación al poder
EL FORO DE LOS BALBOS. Por Marias Couce
“Si hago así con los ojos”, señalaba el otro día el mayor de mis vástagos frunciendo ojos y frente como si la vida fuera en ello, “y muevo la cabeza cuando miro a la luz, las farolas bailan”. Por si semejantes declaraciones no fueran por si mismas suficientemente preocupantes, el padre de las criaturas apuntaba, acto seguido, “cuando yo era pequeño y hacía eso, veía los rayos láser de la Guerra de las Galaxias”. ¡Qué increíble el mundo de la genética! ¿Cómo será posible que semejante capacidad para idear chorradas sea hereditaria? Pues lo es, y como eso, otras muchísimas cosas, como por ejemplo las posturas en que duermen los niños, en mi caso, ambos idénticas a las de su progenitor, los gestos y hasta la manera de sentarse. Dicho esto, me temo, que mis hijos han heredado de mí, aparte de un sentido del ritmo inexistente y escasas condiciones para dedicarse a la canción, una imaginación desbordada. No existen límites en sus cabecitas locas y todo lo que imaginan creen que es realidad. Cuando de pequeña yo veía una película de terror, siempre era mucho peor en mi imaginación que en la pantalla del cine o la televisión (luego durante semanas, las secuelas y segundas partes mentales del filme me torturaban y me robaban el sueño). Cualquier pequeña cosa se convertía en un mundo e iba creciendo hasta esponjarse y doblar su tamaño. Por eso, tal vez, mis hijos se muestren convencidos de que han nacido en el espacio exterior, en una nave pequeñita que está “puesta” al lado de la luna, y no duden en comentarlo a quién les quiera escuchar. Alejandro afirma, incluso, que por las noches, los “malos”, le quieren robar la fuerza vital de su barriga, para pegársela al cuerpo con celofán (cinta de pegar, dice él). No se les puede reñir por soñar despiertos, al menos no seré yo (que sigo convencida de que un buen día me tocará el Gordo de la Primitiva) quién lo haga.
Por eso, me limito a sonreír cuando escucho los disparates que me cuentan. “Quiero ir a ver los abuelos de Cáceres”, me decía el mayor el otro día. “¿Quieres que vayamos a Cáceres ahora?”, preguntaba yo ingenua. “No, quiero ir al aeropuerto”. “Pero allí no están Alejandro”, apuntaba yo. “¿Cómo que no? Ahí los dejamos todos los años, y luego volvemos a recogerlos allí, y a mí me gusta su casa, que es muy grande”. En realidad, muchos políticos nos cuentan a diario historias mucho más rocambolescas y nadie les echa nada en cara porque se da por hecho, que esas mentiras, el autobombo y las historias imposibles, son gajes del oficio. A ellos nadie les intenta hacer cambiar, ni madurar y mejor nos iría si lo consiguiéramos. Ojalá además de la imaginación, estos hombres que manejan nuestros destinos conservarán la inocencia y el candor con que miran al mundo los niños.