OPINIÓN. La más triste Navidad
SI LE DIGO LE ENGAÑO. Por Miguel Ángel de León
Será la de 2011, y probablemente las que le sigan, las más tristes Navidades que se recuerdan para casi todo hijo de vecina, a excepción de políticos en ejercicio o los mil y un adosados de los mismos. Para el resto, el más negro carbón de la crisis que nos lega el malhadado José Luis Rodríguez “El Puma” (Zapatero, quise decir), que para lo que trajo de dicha al país mucha se lleva para su nueva casa, en la que vivirá tan ajeno a los sinsabores y padeceres ciudadanos como lo estuvo en Moncloa. Los amargos cuentos navideños de Charles Dickens suenan cada vez menos a historia-ficción…
Navidad nada más. Nada más que Navidad. Pero hemos engordado tanto el mito y la leyenda que le damos una importancia que no tiene. Ni el Papa de Roma tiene claro lo del nacimiento del Chinijo Dios; no les digo más. Benedicto XVI caía en esa cuenta elemental hace apenas unos años, como publicaron allá por 2008 todos los periódicos de la época, pero en esta humilde columna llevamos años recalcando esa contradictoria llegada al mundo en Belén del nazareno. Píquemelo usted menudito, cristiano, que lo quiero para la cachimba. Verdad es también que no es el único ni el más pequeño de los mil y un contrasentidos bíblicos, como es triste fama.
Con respecto a las habituales y no siempre sinceras sino muy forzadas felicitaciones navideñas, durante estos días se podrán volver a ver, escuchar y leer bobadas para casi todos los gustos y disgustos. Originalidad, muy poquita tirando a ninguna. Lugares comunes y frases hechas, a punta pala. Un fiel reflejo de este tiempo de perdición, a fe mía. Los que protagonizan las más tontas, falsas e interesadas siguen siendo los actores políticos, que felicitan de viva voz a todos los que tienen la desdicha de toparse con ellos en estas fechas, o a través de los partidos o instituciones públicas por las que se mueven y remueven a sus anchas. Pero no voy a poner ejemplos locales porque todos los conejeros estamos hasta algo más arriba de la coronilla de esa manera amoral que tienen los políticos de hacerse publicidad con los mensajes navideños (comidas de confraternización aparte, que por suerte van desapareciendo; una de las pocas buenas nuevas de la que ya nos hemos congratulado aquí en años anteriores).
A estas alturas del esperpento, empiezan a ser tan cargantes los comentarios favorables a la Navidad como los que se muestran abiertamente críticos con la misma. Ahí estamos casi todos de acuerdo. Pero no se trata de llevar la contraria por inercia ni por el gusto o regusto de nadar siempre contracorriente, aunque ello sea lo más sano en una sociedad adocenada como la actual. Lo que ocurre es que cada año parece más evidente e insufrible el inmenso engaño presuntamente festivo de la Navidad y la tácita obligación en la que se ve cada hijo de vecina de andar todo el día con una amable sonrisa de oreja a oreja, so pena de ser declarado sospechoso de tener poco espíritu navideño (gran pecado, vive Dios).
Medio mundo celebrará dentro de unos días el nacimiento de Jesucristo, pese a que no hay documento alguno, a excepción de Los Evangelios (que pueden ser tan apócrifos como los descubiertos siglos más tarde), que demuestre empíricamente la existencia de Cristo. Pero a estas alturas del negocio (el religioso, el comercial, etcétera), a nadie le importan esas menudencias.
En 2011, será tan fácil como siempre desear una feliz Navidad. Tenerla va a ser más complicado…