OPINIÓN. Las razones de un incremento justificado y el nuevo orden
DESDE MI ISLA ATLÁNTICA. Por Antonio Coll
Desde el año 2000, el precio de venta al público del semanario Lancelot se ha mantenido inamovible a 2 euros hasta nuestros días. Los criterios básicos y justificados de incrementar 40 céntimos a la semana han sido, fundamentalmente, por la reconversión de sus páginas totales de blanco y negro al color, un paso cualitativo y competitivo muy importante que, no obstante, ha significado un incremento de los costes de producción. Por otro lado, la recesión económica que vive nuestro país, provocada o no, ha obligado a centenares y miles de empresas a recortar sus presupuestos en las partidas dedicadas a la inversión publicitaria. Si partimos de la base de que el comprador del semanario Lancelot sólo paga el 20 por ciento del coste real del producto, teniendo que cubrir la empresa periodística el 80 por ciento restante a través de la publicidad, circunstancia que fluctúa cada semana, sitúa a la empresa de la prensa de papel en una permanente incertidumbre para sobrevivir, ya que no puede definir una cuenta de explotación racional o lo más cercana a la realidad. Es cierto que la evolución tecnológica ha servido para reducir costes en todos los procesos de producción y elaboración, pero el fortalecimiento de las ediciones digitales en los últimos años igualmente está haciendo mella, porque la “tarta publicitaria” de las empresas, hoy con muchas dificultades de tesorería, optan por repartir, sin aumentar el presupuesto para la publicidad. Las subidas de impuestos, materias primas, transportes y un largo etcétera han influido también en la decisión del aumento de 40 céntimos semanales.
No podemos olvidar que un periódico es un producto industrial y comercial y tiene que aplicar la misma filosofía que emplea cualquier empresa del sector que sea si quiere sobrevivir. Pero he de advertir una diferencia sustancial: el beneficio de la venta de un periódico o revista no está intrínsecamente en el precio de venta al público, sino en las inserciones publicitarias, como ya señalaba anteriormente. Y un periódico es como un servicio público permanente que ha de distribuirse, según su periocidad, independientemente de los anuncios que contenga cada edición.
La empresa editora confía enormemente en sus fieles e incondicionales lectores que desde agosto de 1981 adquieren cada semana Lancelot. Yo, como fundador, estoy totalmente orgulloso de haber conseguido, con todo el personal humano que ha trabajado en esta casa, a lo largo de más de treinta años, una fidelidad inimaginable en los inicios de la publicación. Mantener un periódico en una isla periférica, lejos de los centros de decisiones, ha sido una ardua tarea, pero la noble misión de informar y opinar en una isla como Lanzarote ha sobrepasado los criterios racionales económicos y, a pesar de los periodos con más sombras que luces, Lancelot se ha mantenido en el mercado de la isla y de Canarias, convirtiéndose hoy en el único semanario de información general del archipiélago.
Soy consciente de que la permanencia del semanario Lancelot dependerá de muchos factores, entre los que se encuentra, por supuesto y principalmente, el económico. Pero con fórmulas imaginativas, nuevos proyectos y la complicidad y el concurso de parte de la sociedad lanzaroteña y canaria, estaremos en condiciones de no “tirar la toalla”, siguiendo con nuestra función pública de informar y de crear “opinión pública”, siempre en el contexto de la libertad de expresión y el derecho a la información que tienen todos los ciudadanos de Lanzarote y Canarias.
El nuevo orden político, económico y social que está por venir, si bien ya se están percibiendo los primeros brotes de que el cambio de época será una realidad más pronto que tarde, protagonizará un panorama totalmente distinto al actual sistema, obsoleto, frustrante para una gran mayoría de la sociedad y, sobre todo, corrupto.
La empresa editora de Lancelot, como cientos de empresas, autónomos y trabajadores, ha padecido y sigue padeciendo la huerfanidad del liderazgo político en la isla de Lanzarote, y ello ha provocado un estancamiento desde hace más de 20 años en inversiones públicas y privadas. La corrupción, las malas prácticas y una gestión de políticos analfabetos han llevado a la sociedad lanzaroteña a un precipicio sin retorno. El despilfarro en tiempos de vacas gordas creó un “monstruo” en todas las administraciones públicas que ahora pagamos todos con más impuestos y recortes salariales. A la misma vez más recesión, paro y cierres patronales. El Estado Español, sus corruptelas y permisividad, sobre todo en el caso del sector financiero -Cajas, entre otros- ha consumido al consumidor. Poco o nada podemos ya esperar de una clase política -una parte destacada- irresponsable, adulterada y corrompida. Y Canarias, como colonia ultraperiférica actual, deberá buscar su futuro sin la sumisión y el sometimiento de un Estado que nos maltrata, ultrajando nuestras riquezas, sin contemplaciones de ninguna clase. Pero ya se sabe, como dijo Sófocles, “el cielo nunca ayuda a quien no actúa”.
La prensa de papel vive un periodo de gran incertidumbre. Su positiva contribución a la marcha de la sociedad y su peso específico para denunciar atropellos o desmanes de los gobernantes convierte el papel de los medios, independientemente de su línea editorial, en un instrumento primordial para la comunicación colectiva y la cultura para la libertad. La isla de Lanzarote y Canarias en general necesitan de medios de comunicación libres y veraces.
Apelo a la comprensión de los miles de lectores de Lancelot y les agradezco su confianza y fidelidad en estos últimos 30 años y 11 meses. De ustedes depende de que el semanario Lancelot permanezca en la sociedad con los mismos anhelos y objetivos que primaron desde su nacimiento.