Lunes, 06 Abril 2026
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EL FORO DE LOS BALBOS. Por Mar Arias Couce

Después de dar la lata a propios y extraños durante semanas y de tener a mis hijos bailando rock and roll por los pasillos de la casa, por fin llegó el concierto más esperado del Malpaís 2011. El más esperado por mí, claro está. Loquillo regresó a Lanzarote, más de dos décadas después, y aunque yo no estaba por aquel entonces en la isla y no tuve ocasión de verlo en el Avendaño Porrúa, aquella misma gira la ví en otra parte de la geografía española con 17 años. Posteriormente tuve ocasión de volver a sus conciertos en varias ocasiones, pero en esta ocasión fue especial. No sólo por que todos los amigos y conocidos que tengo en la isla, pertenecientes a una misma generación dilatada no en diez sino en veinte años, estaban presentes en el recinto ferial, si no también porque algunos de ellos iban con sus hijos sobre los hombros, enseñándoles desde bien pequeños la buena música de los ochenta. Bien es cierto que muchas de las adolescentes de entonces, iban en esta ocasión con bolso y mucho más discretas que antaño. Que gran parte de los jóvenes rebeldes de los ochenta, peinan ya algunas canas (los que conservan su pelo) y arrastran barriguillas cerveceras incipientes, pero las ganas de divertirse eran las mismas. No tanto pensando en Loquillo, que como gran artista que es actuó de manera impecable (tal vez sin la espontaneidad de entonces pero con idéntica profesionalidad), sino mirándonos a nosotros, los que coreábamos las canciones que iba desgranando el artista catalán, me acordé de una divertida comedia en la que el actor inglés Hugh Grant interpretaba a un ídolo musical de los años ochenta que se ganaba la vida como podía dando conciertos para cuarentonas medio locas y chifladas por recuperar su juventud (el movimiento de cadera de Grant en esa película, amén de las múltiples payasadas que hace, es como dice una amiga mía, impagable). En esa comedia, todos piensan que la música de su época es la mejor y añoran tiempos perdidos, aún a sabiendas que no volverán. Es cierto que hemos cambiado las cremas contra el acné por las antiarrugas, que hemos pasado de ponernos uno o dos años a tratar de quitarnos cinco, de mirar a los chicos mayores a darnos cuenta de lo mayores que nos hemos hecho, de pedirles permiso a nuestros padres para que nos dejarán un rato más en la calle a pedirles, por favor, que se queden con nuestros hijos toda la noche. Pero seguimos siendo los mismos, disfrutando con la misma música, desgañitándonos (yo la primera) cuando escuchamos los primeros acordes de una buena canción. Por eso, porque en su día me hizo soñar con viajar a Los Ángeles, conocer el Tibidabo y aficionarme al martini, por hacerme recordar que la niña que fui sigue dentro de mí, a veces demasiado visible para quienes me conocen bien aunque no para los demás, por todo eso y mucho más. Muchas gracias, maestro.


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