Óscar Puente y la jauría

Carlos Espino
Dimitió Óscar Puente. Lo hizo, además, después de someterse a una durísima comparecencia que se podía haber ahorrado. Nadie podía obligarle, una vez tomada la decisión de marcharse, a soportar la vileza de la jauría, pero compareció, dio todas las explicaciones, respondió a las críticas y, entonces sí, se marchó.
La talla política del ya exministro ha quedado confirmada, al tiempo que se ha hecho evidente la condición miserable de quienes, una vez más, han jugado con los muertos.
Lo hicieron tras los atentados del 11de marzo de 2004, mintiendo sin rubor ni vergüenza sobre su autoría, colocando en la casilla de la mentira más repugnante su apuesta electoral: 192 cadáveres y más de 2.000 heridos contra un puñado de votos.
Repitieron la jugada en 2006, con el descarrilamiento del metro de Valencia, con 43 muertos y 47 heridos.
Los que ahora piden saber la verdad, borraron parte del contenido de las cajas negras la misma noche del siniestro e hicieron desaparecer el libro de averías del tren siniestrado.
No les bastó con eso y llegaron a contratar a una consultora de comunicación para preparar las declaraciones de los técnicos, instruyéndoles con un argumentario que blindaba la gestión política, desplazando la responsabilidad al maquinista fallecido.
Las víctimas y sus familiares pasaron un auténtico calvario hasta conseguir, catorce años después, que reconocieran su responsabilidad cuatro directivos de Ferrocarriles de la Generalitat Valenciana.
Lo mismo sucedió con la tragedia de Angrois, en julio de 2013, que causó la muerte a 80 personas, provocando heridas a más de 140.
Ahí si existía el famoso ERTMS, pero estaba desconectado por decisión política, para evitar retrasos. Por supuesto, el presidente gallego, un tal Alberto Núñez Feijóo, se negó de manera sistemática a que se abriera una comisión de investigación en el Parlamento gallego.
Luego llegaron los infames protocolos de la vergüenza y los 7.291 muertos abandonados en las residencias. La explicación, propia de una psicópata, de una auténtica desalmada, es que iban a morir igual, que Quirón no tenía sitio para tanto viejo.
Imposible olvidar los 234 fallecidos a causa de la DANA en Valencia, víctimas de la incapacidad de una consejera y de la ausencia de un president, absorbido por tareas mayores mientras se ahogaban aquellos a quienes debía proteger.
Eso sí, mantuvo informado telepáticamente a Feijóo, porque en el teléfono no figuraban ni llamadas ni mensajes, y lo forzaron a dimitir al año, cuando el dolor de las familias se convirtió en clamor durante el funeral de Estado.
Con ese historial, el Partido Popular ha tenido la desfachatez de exigir responsabilidades políticas a un ministro que desde el primer momento dio la cara y, lo más importante, facilitó toda la información que había a su alcance.
Y es ahí cuando se equivocó Óscar Puente. Nunca debió revelar lo sucedido en el Centro de Control de Atocha.
Tendría que haber comparecido ante la prensa diciendo que no tenía ni idea de por qué dos trenes habían chocado. Que vaya una mala suerte. Que mira qué casualidad.
Tendría que haber dicho que ni la AEMET ni la Confederación Hidrográfica del Júcar le habían avisado y que no sabía que existía el Es-Alert.
Lo triste es que a la jauría de chacales del Partido Popular y Vox se le unieron algunas voces de esa cosa que llaman izquierda a la izquierda de la izquierda que no se sabe bien dónde está.
El ministro ha señalado a un trabajador, clamaban indignados, cuando la única explicación de lo sucedido es, precisamente, la sucesión de instrucciones erróneas que emanaron del Centro de Control.
Por eso chocaron los trenes y eso es lo que contó el ministro. Luego podremos hablar si debiera haber más plantilla, más medios o más formación, pero la ciudadanía tenía todo el derecho a conocer la causa inmediata tras el siniestro.
Óscar Puente ha dado una lección de dignidad. Otros han elegido seguir siendo lo que son, una jauría de chacales.