Jueves, 05 Noviembre 2026
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Para Felisa

Concha de Ganzo

 

La primera vez que fui a su casa de Órzola no la vi. Yo estaba hablando con su marido, el pastor de cabras y poeta del norte, José Domingo de León. Estábamos en el patio, él sentado en el suelo, junto a su palo de cabrero ilustre. Y ella, Felisa, seguía dentro de la casa, sin asomarse, tal vez por timidez, o porque ya se sabía de memoria las coplas de José Domingo y tendría otros quehaceres. El pastor recitaba sus versos, llenos de palabras, con giros inesperados, palabras que no entendía, y llegué a pensar que eran sus inventos, pero no, están en el diccionario. José Domingo solo se encargó de guardarlas para que no se perdieran.

Al tratar de transcribir la entrevista, de recomponer aquellas coplas tuve que llamar a su casa. Mi ignorancia era tan grande que no entendía nada. Llamé y me respondió Felisa. Ella se reía con mis preguntas, con mi falta de lucidez. En realidad fue ella la que tradujo aquellas palabras que vivían retozonas en la memoria del cabrero de Órzola y esa charla y otras terminaron por aparecer en un libro: Coplas de un poeta del norte.

Entonces descubrí a Felisa Álvarez . Su sabiduría silenciosa, su ironía, esa manera de mirar, y de ponerse seria, y esos suspiros largos, prolongados, y sobre todo esas frases rotundas, certeras. Apenas le bastaban dos o tres palabras para decir tanto. Sobre la vida, sobre ella, sobre el paso del tiempo. Ella nunca lo llegó a sospechar pero siempre fue una mujer sabia.

La última vez que la vi fue en Haría en la presentación del libro de las coplas de José Domingo de León. Estaba feliz y sonriente. Rodeada de los suyos. Me alegré tanto de verla. Ya no hacía falta hablar. Con el tiempo, con esas conversaciones largas, espaciadas, con esos silencios,  aprendí a entenderla.

Dónde quiera que estés, gracias Felisa por enseñarme tanto, sin pretenderlo. Y un fuerte abrazo a toda tu familia.


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