Para mi hija Sandra.XIX aniversario
Por Pascual Calabuig
¡Otra vez hija mía!
Desde el cinco de abril de hace 19 años es tu ausencia lo que más nos apena y conmueve. Y aun así lo acojo con emoción porque , solo llegando a ese día en pie vivo y lúcido como hoy, podré escribir del recuerdo tuyo que resiste sin mengua hasta en padres y madres sentimentales que lo leen, y me dicen ser capaces hasta de ayudarme a escribir, aunque para ello tuvieran que mojar la pluma tomando como tintero el propio corazón que es lo que pretendo hacer yo mismo.
Pero, pensando que cualquier abril, incluido éste, puede ser el último, parece necesario fijar a la carta una doble función; ésta de cumplimiento puntual de promesa, y a la vez disculpa y despedida por si,.. cosas de la vida, se termina antes el recorrido.
Por todo eso, recordando que en aquella misiva del Abril de tu muerte te explicaba que, cuando en 1938, -cinco meses antes de terminar la Guerra Civil Española- murió mi madre en Valencia, yo sólo tenía 12 años, evidentemente, pocos para entender entonces la tragedia que es perder a quien me dio la vida; menos aún (añado ahora) cuando aquel doloroso impacto estaba saturado de desgracias, sufrimientos y muertes producto de la guerra que, otros cuatro hermanos y yo siendo pequeños, vivimos junto a madre y padre en zona portuaria, repetidamente bombardeada, y oyendo entre sirenas y explosiones ,los llorosos lamentos de tantas madres, incluyendo la mía, intentando agrupar a los hijos dispersos en la calle o el colegio.
Y si añado ahora este triste episodio de haber perdido a mi madre en plena guerra, solo es para mantener mi consuelo Sandra de que tú, que ya ganaste el cielo , estás ahora, ahí, no solo con ella , mi madre Carmen , valenciana a la que no conociste , sino también con mi suegra Antoñita Auyanet , canaria a la que sí conocías; o sea, que estás junto a dos abuelas que habrán desgranado ya la historia de la corta vida que tu no pudiste disfrutar ,como la disfrutan ahora con nosotros tus hermanos mayores Pascual , Javier, Jesús, y Carmela , que tanto te recuerdan porque eras la pequeña, cosa por la que ¡incluso ahora!, ¡ahora mismo! aunque ya pasó tanto tiempo, las lágrimas me enturbian la mirada, y me añurgo preguntándome
¿Por qué a ti no te quedaron también salud y posibilidad de seguir con nosotros, Sandra?
¿Por qué fuiste la última en venir y la primera en irte, Sandra?
Ni hay respuesta a nuestra infeliz pregunta ni somos tampoco el único padre y madre con igual amargura. Somos muchos.
Por eso, ésta, tu carta, nuestra carta pública desde hace diecinueve años, es también, otra vez, la carta de los que perdieron familiares jóvenes a los que no pudieron regalar cuanto soñaron.
Para terminar, y por si esto es lo último, te aseguro hija, que si edad o salud me impiden escribir de tu primavera rota, lo suplirán las oraciones que en misa, o donde estemos, ofrenda tu madre, o no faltará hermano o hermana que lleve el contenido de la carta siquiera sea dictada, a mis compañeros de la prensa, radio o la televisión para publicarla , porque si cada día de tantos años , junto a ellos, ya sea frente a cámara o periódico, o ante micrófono hablando para casi medio mundo, defendí a la tierra, a la familia y la vida canarias, nada mejor será que hasta el rincón celeste que tienes ahí con tus abuelas, llegue , junto al homenaje de familia y amigos, el beso que como firma va estampado en esa fotografía, última flor de tallo largo, que el más viejo rosal de tu jardín de Gáldar parece empujar siempre hasta lo alto para abrazarte.