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¿Por qué?, papi

Óscar Levy Beléndez, trabajador social y orientador laboral

 

Cada día, al ir al trabajo, soy testigo, y coprotagonista, de un hecho asombroso. Los conductores de la fila de coches por la que circulo, aun teniendo preferencia, van dando paso alternativamente, a esos otros que, al salir de la circunvalación, toman el desvío para entrar en Arrecife.

 

Si lo miramos con detenimiento, ese gesto, entregado al júbilo del más puro altruismo, es uno más de los innumerables actos de amabilidad, empatía y sensibilidad que se producen diariamente. En un mundo acostumbrado al ruido, se hace difícil, a veces, ver algo que es más frecuente de lo que pensamos: que lo bueno se impone con creces a lo malo.

 

Es éste, el de la naturaleza humana, un debate que suscita numerosas polémicas y posiciones encontradas. ¿Es el hombre, como decía Thomas Hobbes, un lobo para el hombre? o, por el contrario, según Roussseau y el concepto del “buen salvaje”, ¿somos buenos y es la sociedad quien nos corrompe? ¿Somos agresivos chimpancés o compasivos bonobos, con quienes compartimos el 99 % de nuestros genes?, tal y como plantea Pablo Simón en su libro: “Entender la política”. La respuesta, dicen los entendidos, la podemos encontrar en la ciencia. Y es que en lo más hondo de nuestro ser, tenemos las dos caras: la violenta y la bondadosa. Saberlo aporta tranquilidad: podemos elegir, pero, ¿cómo ir en una u otra dirección? ¿Y nuestros hijos e hijas?, ¿qué opciones escogerán?

 

El mío, de apenas dos años y medio, ya ha empezado, dicen que etapa, del Por Qué. Sin ir más lejos, el otro día, fue capaz de repetirlo seis veces consecutivas y ya casi sin resuello preguntar por qué las piedras de los charcos resbalan. Uno, como buen padre, se afana en contestar con suma tranquilidad y paciencia, tal y como aconsejan “El Gran Libro de Lucía, mi pediatra” y las últimas tendencias en educación asertiva. Son preguntas sencillas que lo van preparando para la vida. Uno, en cambio, con la madurez y sabiduría que dan los años, ha aprendido a escoger de entre todas las respuestas, la más certera, la que mejor se adapta al contexto, a utilizar el matiz exacto que requiere el momento, a darle, cual corte perfecto de bisturí, la profundidad precisa para un cerebro moldeable y aún muy poco desarrollado.

 

En esto andaba yo pensando, con la ingenua seguridad de quien se considera acreedor de sólidas argumentaciones pedagógicas, cuando, dando paso a uno de esos coches que se incorporaba desde la circunvalación, visualicé una imagen perturbadora en la que mi hijo, convertido de repente en un niño algo más mayor, me preguntaba con ojos vidriosos y voz quebrada: Papi, ¿por qué los mayores matan a los niños?

 

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