Se non è vero, è ben trovato

Por Antón R. Quintana
Hay una frase italiana que ha sobrevivido siglos porque describe con precisión una forma muy humana de relacionarnos con la verdad: se non è vero, è ben trovato. Si no es verdad, está bien inventado.
Durante mucho tiempo, esta idea se ha entendido como una forma de ingenio. Como la capacidad de construir relatos verosímiles, incluso brillantes, aunque no fueran del todo ciertos. Una licencia casi literaria, incluso simpática, que celebraba la inteligencia de quien sabía contar bien una historia.
El problema surge cuando dejamos de estar en un entorno estrictamente literario.
Hoy vivimos en una época en la que el relato ha ganado terreno a los hechos. Donde lo verosímil, lo impactante o lo emocional pesa, a menudo, más que lo comprobable. Y donde esa frontera difusa entre realidad y construcción narrativa ya no es un juego intelectual, sino un terreno resbaladizo con consecuencias muy reales.
Porque no todo vale.
En los últimos días, Lanzarote ha sido escenario de una polémica especialmente sensible en torno a la atención a personas mayores dependientes. Imágenes, testimonios, declaraciones cruzadas. Versiones que chocan, que se contradicen, que se amplifican. Y, en medio de todo ello, algo mucho más importante que cualquier relato: personas vulnerables y familias que viven con inquietud.
Cuando el objeto del debate son nuestros mayores, la tentación de construir un relato -aunque sea verosímil, aunque encaje, aunque "funcione"- deja de ser una cuestión retórica para convertirse en un problema ético.
Porque aquí no hablamos de ficción.
Hablamos de personas que no pueden defenderse por sí mismas. De hombres y mujeres que han vivido una vida entera y que, en su etapa más frágil, dependen completamente de otros. De familias que confían, que delegan, que necesitan certezas, no interpretaciones.
Y, sin embargo, asistimos con demasiada frecuencia a dinámicas en las que la realidad se mezcla con la narrativa, donde cada parte construye su versión y la proyecta con la contundencia de una verdad absoluta. En ese contexto, la famosa frase deja de ser un guiño cultural para convertirse en una coartada peligrosa: si no es verdad, pero parece creíble, basta.
No debería bastar.
Porque hay ámbitos en los que la duda no puede gestionarse como espectáculo ni como estrategia. La atención a personas dependientes es uno de ellos. Aquí no caben matices oportunistas ni lecturas interesadas. Aquí solo caben dos caminos: o hay deficiencias y deben corregirse con urgencia, o no las hay y debe demostrarse con transparencia absoluta.
Todo lo demás genera ruido. Y el ruido, en estos casos, no es inocuo: genera angustia.
Lo digo también desde lo personal. Quien ha tenido a un padre, a una madre o a un familiar en una situación de dependencia sabe que lo único que realmente importa es una cosa: la dignidad. La forma en que se cuida, se atiende y se respeta a esa persona cuando ya no puede exigirlo por sí misma.
Por eso, cuando esa realidad se ve envuelta en relatos enfrentados, en versiones que compiten, en discursos que buscan imponerse, lo que se resiente no es solo la verdad. Es la confianza.
Y sin confianza, todo se tambalea.
Quizá deberíamos recuperar el sentido original de aquella frase y devolverla a su lugar: la literatura, la anécdota, el ingenio. Pero sacarla, definitivamente, de los espacios donde lo que está en juego no es una historia bien contada, sino la vida -y la dignidad- de las personas.
Porque hay cosas que no admiten interpretación.
Y porque, aunque a veces lo verosímil resulte tentador, la verdad -en determinados ámbitos- no es una opción. Es una obligación.