Martes, 14 Abril 2026
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rollos de tela en la calle

Marimar Duarte

 

Hay lugares que sostienen un barrio durante más de cincuenta años…sin escuchar sonido alguno. 

Son locales que no necesitan escaparates con marcos de aluminios brillantes ni grandes anuncios. Les basta con abrir cada mañana y dejar que la vida pase por su puerta.

Durante muchos, muchísimos años, este local de telas ha sido uno de esos lugares. 

Más que una simple tienda de telas siempre fue un referente para encontrar lo que buscabas   Era como entrar en el espacio de trabajo de una costurera o de un sastre pero a lo grande, no era un negocio más. 

Era y sigue siendo un espacio sencillo donde los rollos de telas se guardan dentro, pero también salen a la calle, alineados y apoyados en la puerta, como si quisieran respirar el aire de la plaza.

El Kilo, nunca tuvo escaparates porque su expositor, era la propia calle.

Antes, no tenían tanta variedad y unos cuantos rollos aparecían en la acera, no muchos pero desplegando manchas de colores que anunciaban las estaciones mucho antes de que alguien lo dijera en voz alta o lo sintiera y bastaba pasar por delante para saber en qué momento del año estábamos.

Cuando se acercaba el carnaval, las telas se llenaban de brillo, de lentejuelas, de promesas, de diseños y de arquitecturas de disfraces y de risas, muchas risas ya se gestaban solamente con imaginártelos, al hacerlos o al ayudar a hacerlos y al disfrutarlos. 

Con el verano, llegaban los tejidos claritos. frescos y ligeros, algodones y muselinas, linos y sedas que parecían llamarte al moverse con la brisa pero cuando el invierno se acercaba, aparecían  rollos más gordos y más cálidos, invitando a imaginar abrigos, pantuflas, mantas o pijamas.

Era un lenguaje silencioso. Nadie tenía que explicarlo. 

Me imagino la cantidad de estimulantes conversaciones de parejas y de señoras que salían de misa, al pasar y ver diseños de ropas en sus mentes que la mayoría de las veces y de mano de los Burdas, se harían realidad. 

Muchos pasábamos por la placita de la iglesia por cualquier motivo: para encontrarnos con amigos, para pasear sin rumbo o para hacer un recado rápido al ayuntamiento o a la Recova . 

Y allí estaba siempre el almacén de telas, como un pequeño termómetro del tiempo, subiendo nuestro estado de ánimo. 

En una zona que durante años fue tranquila, incluso algo solitaria, entrar a comprar el textil que necesitabas tenía algo de acontecimiento porque ibas a por uno en particular pero siempre caía alguno más. 

Al abrir, el lugar despertaba la zona. La plaza se alegraba de esa chispa necesaria para expandir ese pequeño pulmón que era la plaza de la iglesia. 

Los rollos se abrían como banderas suavescada temporada y uno podía quedarse un rato tocándolos, imaginando lo que todavía no existía.

Con el tiempo, el negocio fue ampliando su mundo y a las telas se sumaron otros complementos, pequeños objetos que seguían girando alrededor del mismo gesto: diseñar, elegir, hilvanar, coser, y crear para transformar.  

Lo que para alguien sería un mantel, para cualquiera otro u otra era el repuesto de la loneta de una hamaca, una cortina o el tapizado de la silla heredada del salón. 

Y quizá, seguramente y sin proponérselo, este almacén del Kilo fue también el detonante para que otros comercios se animaran a abrir cerca. 

Como si su presencia hubiera demostrado que el lugar podía latir y que había vida posible detrás de esas puertas, las telas formaban parte de la metamorfosis de esa esquina estéril. De la rotura de la crisálida dos veces al día para desplegar alas coloridas de textiles tan variados en un escaparate espartano, las puertas del almacén. 

Hoy, cuando uno pasa por delante, sigue viendo los rollos asomarse a la calle, como siempre. Y es que algunos lugares no solo venden cosas sino que guardan la memoria de quienes han pasado por allí durante años y años. 

A veces los motores de un barrio no hacen ruido, sonríen solo con sacar unos rollos de telas a la puerta y dejan que el color haga su trabajo.


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