Martes, 21 Abril 2026
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Retrogaming en Canarias: por qué cada vez más isleños se enganchan a las consolas clásicas

 

En una tarde de agosto en Arrecife, con el calor pegando fuerte y poco apetito por salir, Adrián sacó del armario de su habitación una caja de zapatos que llevaba años sin abrir. Dentro encontró una Game Boy Advance SP, dos cartuchos de Pokémon y un cable link que ya nadie sabe para qué servía. Encendió la consola casi sin esperanza. La pantalla parpadeó. La batería aguantó.

Eso fue hace cuatro años. Hoy Adrián tiene una colección de más de ochenta títulos de Game Boy, pertenece a tres grupos de Telegram de retrogamers canarios y acaba de pagar 140 euros por un cartucho de Pokémon Oro con su caja original en estado impecable.

Su historia no es la excepción. En toda España, y Canarias no se queda atrás, el mercado del retrogaming ha vivido un crecimiento sostenido que pocos anticipaban. Lo que parecía una moda pasajera se ha convertido en un ecosistema completo con su propia economía, sus propias tiendas y sus propias reglas.

El retrogaming no entiende de latitudes

Hay algo curioso en el perfil del coleccionista canario. A diferencia del peninsular, que suele abastecerse de ferias físicas en ciudades como Madrid o Barcelona, el aficionado de las islas ha aprendido a moverse en el mundo online con una soltura que sus compañeros del continente envidiarían. La distancia que en otros contextos es un problema aquí se ha convertido en una ventaja: los coleccionistas insulares llevan décadas acostumbrados a buscar fuera lo que no tienen en casa.

Eso, combinado con el flujo constante de turistas —muchos de ellos europeos del norte con tradición gamer más arraigada que la española— ha creado en Canarias una comunidad retro especialmente curiosa e informada. Los grupos de Telegram, Discord y los foros especializados están llenos de perfiles isleños que a veces conocen el mercado mejor que coleccionistas con acceso a mercadillos presenciales semanales.

La Game Boy, en todas sus versiones, ocupa un lugar central en esta comunidad. No es casualidad: Nintendo fabricó más de 200 millones de unidades entre la original de 1989 y el Game Boy Advance SP de 2003. Eso significa que prácticamente toda persona que creció en los noventa tuvo una entre sus manos en algún momento. La familiaridad es el combustible de la nostalgia.

El precio de los recuerdos: el mercado que nadie vio venir

Preguntarle a un coleccionista cuánto ha pagado por su pieza más cara suele producir una de dos reacciones: vergüenza o orgullo. Pocas veces indiferencia.

El mercado de segunda mano de consolas retro ha experimentado una inflación considerable en los últimos años. Según datos de plataformas como PriceCharting —referencia global para la valoración de videojuegos de colección— los títulos de Game Boy con caja y manual original han visto subir sus precios entre un 40% y un 80% desde 2020. Algunos juegos japoneses de tirada limitada se han revalorizado aún más.

Las causas son varias. Por un lado, la pandemia metió a una generación entera de adultos en casa con tiempo libre y algo de dinero ahorrado. Por otro, plataformas como YouTube e Instagram han convertido el coleccionismo retro en contenido aspiracional: canales con millones de seguidores muestran estanterías perfectamente ordenadas, iluminadas con luz LED, donde cada juego ocupa su lugar con su caja y su manual.

Esa imagen —la colección completa, impecable— ha disparado la demanda de algo que escasea cada vez más: los accesorios originales en buen estado. Y ahí es donde el mercado ha encontrado un punto de tensión que ha dado lugar a soluciones creativas.

La caja importa: el coleccionismo más allá del cartucho

Hay una pregunta que todo coleccionista de retrogaming se hace tarde o temprano: ¿es suficiente con tener el juego?

La respuesta que da la comunidad, de forma casi unánime, es que no. Un cartucho sin caja es como un libro sin portada. Funciona, puedes jugar, pero algo falta. En el argot del coleccionismo, la diferencia entre un juego «loose» (solo el cartucho) y un juego «CIB» (complete in box, con caja, manual y todos los inserts) puede suponer el doble o el triple del valor.

El problema es que las cajas originales de Game Boy son, a estas alturas, prácticamente reliquias. El cartón se deteriora, los niños de los noventa no las guardaban con cuidado, y treinta años de sol, humedad y mudanzas han hecho el resto. Encontrar una caja de Tetris o de Super Mario Land en buen estado en el mercado de segunda mano canario es tan difícil como encontrar un billete de diez euros en la calle: posible, pero no es algo en lo que convenga basar un plan.

Ante esta realidad, una parte creciente de la comunidad ha optado por algo que hace cinco años habría generado más polémica de la que genera hoy: las reproducciones. Y no cualquier tipo de reproducción, sino piezas de calidad, fabricadas con materiales adecuados y con una fidelidad al original que el ojo no entrenado no distinguiría.

Tiendas especializadas como gbxtreme se han ganado un hueco en esta comunidad precisamente por ese nivel de exigencia. La diferencia entre un producto de calidad y uno mediocre es inmediata cuando lo tienes en las manos: el gramaje del cartón, el acabado de la impresión, los dobleces. Los detalles que el coleccionista nota en segundos.

Completar una colección sin hipotecarse: el papel de las cajas repro

Existe un debate filosófico dentro del coleccionismo que lleva años sin resolverse: ¿es legítimo completar una colección con reproducciones?

La posición mayoritaria, especialmente entre los coleccionistas que se especializan en cartuchos reproducción de juegos que nunca llegaron al mercado español, es pragmática: lo importante es la experiencia de jugar y de tener la colección organizada, no necesariamente que cada pieza sea original de fábrica. Eso sí, siempre con transparencia. Nadie en la comunidad seria mezcla reproducciones con originales para vender como si fueran lo mismo.

En ese contexto, las cajas repro game boy han encontrado su nicho natural. No están ahí para engañar a nadie, sino para cubrir una necesidad real: darle a una colección el aspecto visual que merece, especialmente cuando el original o es inasequible o directamente no existe en el mercado español.

La demanda de este tipo de producto ha crecido en paralelo al auge de los cartuchos reproducción de juegos japoneses o americanos que nunca tuvieron versión PAL. Si tienes el cartucho de Pokémon Snap funcionando perfectamente, tiene sentido querer también su caja.

Lanzarote y el retrogaming: una comunidad que crece en silencio

Puede parecer que un hobby tan específico como el coleccionismo de Game Boy no tiene demasiada presencia en una isla como Lanzarote. Pero los datos del grupo de Telegram «Retro Canarias» —que con casi 400 miembros es el punto de encuentro de la comunidad insular— cuentan otra historia.

Las peticiones de compraventa más habituales en ese grupo son precisamente cartuchos de Game Boy, consolas en buen estado y, en los últimos dos años, accesorios físicos: cajas, manuales, inserts de espuma. El turismo ayuda: los aficionados europeos que visitan la isla a veces traen piezas que no circulan en el mercado canario, y a veces se van con cartuchos que en sus países de origen ya no encuentran a buen precio.

Esta dinámica de intercambio informal, sumada al acceso al mercado online, ha hecho que el coleccionista canario sea en muchos casos más sofisticado de lo que podría esperarse. Sabe dónde buscar, conoce los precios internacionales y tiene muy claro qué es lo que quiere.

El manual, ese olvidado que regresa

Si hay un elemento que define una colección completa y que más escasea, ese es el manual de instrucciones.

En los años noventa, los manuales de Game Boy eran objetos pensados con cariño: llenos de ilustraciones, con descripciones de personajes, consejos de los propios desarrolladores y ese olor inconfundible a papel de imprenta que todavía hoy provoca reacciones viscerales en quien creció con ellos. Nintendo los cuidaba. Y luego, cuando llegaron los juegos con tutoriales en pantalla, los manuales desaparecieron sin demasiado ruido.

Hoy son piezas codiciadas. Un manual en buen estado puede añadir entre el 20% y el 40% al valor de un juego. Y encontrarlos en español es todavía más difícil, porque España no recibió todos los títulos que sí llegaron a otros mercados europeos.

La alternativa que ha ganado terreno entre los coleccionistas son las reproducciones de manuales, que replican el diseño original con fidelidad. Para el coleccionista que trabaja con cartuchos repro o que simplemente quiere que su colección tenga coherencia visual, las cajas repro game boy que incluyen también manuales e inserts se han convertido en una solución práctica que la comunidad ha adoptado sin demasiadas reservas.

¿Es rentable coleccionar videojuegos retro?

La pregunta que tarde o temprano se hacen los que llegan desde fuera del hobby.

La respuesta honesta es: depende. Para la mayoría, el retrogaming es un hobby con un coste real y sin garantías de rentabilidad futura. Los precios suben, sí, pero también pueden bajar si la generación que empuja el mercado pierde interés o si el volumen de reproducciones de alta calidad termina afectando la percepción de valor de los originales.

Lo que sí es cierto es que ciertos títulos con caja y manual en buen estado han demostrado ser activos relativamente estables. Juegos de tirada limitada, primeras ediciones, versiones regionales específicas: esos son los que los coleccionistas más serios vigilan con atención.

Pero para la mayoría de la gente que se acerca al retrogaming, la motivación no es financiera. Es recuperar algo. Una tarde de verano con la persiana a medio bajar, el sonido de la Game Boy arrancando, esa música que no ha envejecido un día. Eso no tiene precio de mercado. O si lo tiene, nadie lo ha tasado todavía.

El futuro del pasado

El retrogaming no es una moda que vaya a desaparecer cuando los millennials cumplan cincuenta. Tiene algo que otros coleccionismos no tienen: sus objetos siguen funcionando. Una Game Boy de 1989, con sus pilas, sigue jugable hoy. Eso le da una dimensión de uso que protege su valor y mantiene viva la comunidad alrededor de ella.

En Canarias, ese hobby ha encontrado un terreno fértil en islas acostumbradas a cultivar sus propias formas de ocio y a tender puentes con Europa a través de sus aeropuertos. Los coleccionistas lanzaroteños no son una rareza pintoresca: son parte de una comunidad global que ha decidido que algunos recuerdos merecen ocupar espacio físico en una estantería.

Y cuando esa estantería está bien ordenada, con sus cajas alineadas y sus manuales dentro, tiene algo de biblioteca personal. De archivo de una época en la que los videojuegos todavía cabían en el bolsillo del abrigo.


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