Más presupuesto, más presión

El comunicado del PSOE vuelve a recurrir al catastrofismo como si la sanidad lanzaroteña hubiera empezado a deteriorarse hace tres años. Conviene recordar que nunca antes Canarias había destinado tanto dinero a la sanidad pública como en los actuales presupuestos. Otra cosa es que décadas de déficit en infraestructuras, falta de profesionales y una población que no deja de crecer no puedan resolverse de la noche a la mañana.
Lanzarote arrastra un retraso histórico que ningún gobierno supo corregir cuando tuvo la oportunidad, tampoco los socialistas. El actual Ejecutivo de Coalición Canaria y Partido Popular ha impulsado inversiones y medidas para mejorar la capacidad asistencial, aunque la realidad demográfica de la isla, con cientos de miles de visitantes y una población flotante permanente, hace que cualquier avance quede rápidamente absorbido por una demanda creciente.
Eso no significa que no existan problemas ni que las reivindicaciones de los profesionales carezcan de fundamento. Las tienen y deben ser atendidas. Pero convertir cualquier conflicto laboral en la prueba de un supuesto "colapso" responde más a una estrategia política que a un análisis serio de una sanidad que necesita continuidad, planificación y menos demagogia.
La política del cuanto peor, mejor
Es legítimo que los sindicatos reclamen mejores condiciones laborales y más personal. Es más, muchas de sus demandas son razonables. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que algunas plataformas sindicales han elevado el tono hasta extremos claramente partidistas, mezclando reivindicaciones profesionales con discursos políticos que poco ayudan a encontrar soluciones.
Resulta curioso escuchar ahora al PSOE hablar de abandono cuando durante sus años de gobierno tampoco desaparecieron las listas de espera, la saturación del Molina Orosa o la insuficiencia de recursos para una isla que atiende a mucha más población de la que reflejan los censos oficiales. La sanidad de Lanzarote no empezó a tener problemas con este Gobierno; los heredó y ahora trata de corregirlos con más inversión que nunca.
Criticar es sencillo. Más difícil es reconocer que gestionar una sanidad sometida a una presión asistencial extraordinaria exige algo más que titulares apocalípticos.