Martes, 06 Octubre 2026
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 pagos

 

 

Al mismo ritmo que en la Península, los pagos móviles se han vuelto rutina en Canarias, aunque en un archipiélago que vive del turismo y depende de una red que llega por cable submarino nunca acaban de funcionar igual. La diferencia no está en la tecnología, idéntica a la de Madrid o Barcelona, sino en el contexto: conectividad desigual entre islas, una clientela extranjera que maneja otras aplicaciones y un efectivo que resiste allí donde el datáfono todavía no llega. Ese matiz, en pleno 2026, define cómo cobra un comercio de Arrecife y cómo paga un visitante en Playa Blanca.

Sobre la red que sostiene cada transacción se levanta todo lo demás, y por eso importa que Canarias roce una cobertura de 5G casi total. La fibra de al menos un gigabit alcanza ya al 90,6% de las viviendas, un despliegue que coloca al archipiélago entre las comunidades mejor conectadas del país. El detalle vive en el mapa interno, donde Tenerife y Gran Canaria concentran el tendido más avanzado mientras Lanzarote y Fuerteventura avanzan a otro paso, con zonas rurales y medianías donde la señal todavía flojea.

Sobre esa infraestructura circula ahora Bizum, arraigado en España como nunca. En apenas unos años ha dejado de ser una anécdota entre amigos para convertirse en cañería de pago cotidiana. Envío entre particulares, propina, gasto compartido y, cada vez más, compra en tiendas online, desde marketplaces como Amazon hasta cadenas de cine como Yelmo Cines o portales de viaje como Destinia y Baleària; el sistema se ha metido en terrenos donde antes mandaba la tarjeta de siempre.

Ese arraigo, que empezó en lo doméstico y terminó colándose en el ocio digital, explica que hoy industrias como los casinos con bizum enseñen hasta qué punto se ha asentado como pasarela fuera del comercio de barrio. No importa el nicho concreto, sino la señal que envía, la de un método pensado para mover dinero entre teléfonos que se acepta ya en entornos que exigen inmediatez y un registro limpio de cada operación.

Aquí asoma la primera gran brecha insular que casi nadie mira, porque Bizum es una herramienta doméstica, atada a una cuenta bancaria española. El turista alemán o británico que sostiene buena parte de la economía de Lanzarote sencillamente no la usa. Cuando el visitante extranjero pesa más que en casi cualquier otra región, apoyar la caja en un sistema nacional deja fuera a una porción enorme de la clientela que llena hoteles y terrazas cada temporada.

Bizum cerró 2025 con 1.237 millones de operaciones y 30,6 millones de usuarios, sus máximos históricos, con un volumen de 67.700 millones de euros y un pago en comercio electrónico que se disparó más de un 80% en un solo ejercicio. Es una potencia de red descomunal, pero circunscrita a quien tiene cuenta abierta en España, algo que en la Península apenas se percibe y que en las islas se transforma en una limitación estructural.

El visitante, por fuerza, tira de otro juego de herramientas, y la tarjeta contactless, Apple Pay o Google Wallet resuelven el pago sin fricción para quien llega de fuera. CaixaBank calcula que casi el 44% de las operaciones con tarjeta en España se ordenan ya desde el móvil o un wearable. La interoperabilidad europea avanza a paso lento, con puentes operativos hacia soluciones de Italia y Portugal, aunque sigue lejos de cubrir al grueso de los que aterrizan cada verano en el aeropuerto de Guacimeta.

Curiosamente, el efectivo aguanta justo donde menos se lo espera. En las guaguas de varias islas todavía hay que abonar el billete en metálico al conductor, y en Fuerteventura esa costumbre ha llevado a reclamar de forma expresa la incorporación del cobro con tarjeta y móvil para no dejar tirado al usuario ocasional. La foto casa con el avance desigual de la digitalización del comercio local, que separa a los negocios preparados para cualquier medio de pago de los que aún dependen de la caja física.

Más allá de la conectividad, en las islas pesa una peculiaridad fiscal que cambia el importe del ticket aunque no altere el gesto de acercar el móvil al datáfono. En el archipiélago no se aplica el IVA, sino el IGIC, con tipos por lo general más bajos. Para el comercio, la diferencia real vive en las comisiones que se lleva cada pasarela y en la calidad de la conexión, nunca en el impuesto que figura al pie del recibo.

Depender de la red es el otro gran diferencial insular. En un territorio fragmentado, una caída de cobertura o una avería en un cable submarino no incomoda, aísla, y deja sin cobrar a comercios que ya habían retirado el efectivo de la ecuación. De ahí que muchos negocios locales conserven el pago en metálico como red de seguridad, y no por nostalgia, sino porque saben lo que cuesta quedarse sin línea en plena temporada alta.

Queda, al final, un mapa de pagos a dos velocidades dentro de un mismo archipiélago, donde el residente resuelve casi todo con el móvil. El turista paga con su tarjeta de siempre y el pequeño comercio hace malabares para atender a ambos sin quedarse colgado de la señal. La tecnología ya está aquí; lo que todavía no ha llegado por igual a todas las islas es la red que la mantiene en pie.


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